Juan Manuel de la Rosa: paisaje existencial del semidesierto zacatecano

Juan Manuel de la Rosa: paisaje existencial del semidesierto zacatecano

Pasar por el desierto, mejor: caminarlo, es una experiencia interior de condensación vital. El modo de ser del semidesierto es la condensación. Un cactus o un arbusto como la gobernadora o la candelilla comparten la densidad sustancial provocada por la ausencia del elemento que facilita la vida, el agua. Tiempos lagos y lentos hacen aparecer de pronto flores ante pequeñas lluvias. Los sabores son intensos que llegan a ser agarrosos (como el peyote) y de colores ocres como las serpientes o las hojas que no brillan. El tiempo es lento: semillas laten años y florecen un día de lluvia, que revela un modo vital: la espera. La próxima llegada en latencia. Caminar el desierto es poner los pies y respirar el aroma del orégano sobre un mundo latente. El agua es el despertar de ese mundo y su florecimiento. Mientras eso ocurre, la espera domina el tiempo. Y en esa espera, la vida está condensada.

Cuando una poética nace del semidesierto captura su tono vital, y lo hace a través del color. Hay un expresionismo selvático lleno de gritos que aúllan una vida frenética. Su opuesto es la poética del desierto: haikú sereno de amarillos y rojos ocres que ponen una vida latiendo. También el sabor de rojo-cochinilla (carmín) como el sabor del cactus: intenso y de lenta duración. Los contrastes existenciales de amarillos difuminados con el negro en los ojos de personajes fantasmales de grabados sobre papel, hacen una plástica que viajó por el mundo mostrando el alma de estas tierras. Juan Manuel de la Rosa bien iba por Viena o California o Egipto, viajando siempre: migrante. La vida del desierto tiene dos rasgos contrarios y complementarios: fragilidad y fuerza. Eso vemos en sus grabados: un ‘hombre’ negro que viaja en medio del amarillo del papel. Y una constante en los estampados: los ojos tachados. ¿Por qué los personajes no tienen luz en sus ojos? Porque ven hacia dentro. Como un cactus: tiene sus ojos volcados al interior.

Un poeta es un mediador. Como otros mediadores: los adivinos, chamanes, sacerdotes o profetas, el poeta une dos mundos. El sentido del mundo es revelado a través de palabras o, como es el caso, a través de materiales plásticos. De la Rosa es un poeta plástico del sentido existencial del desierto zacatecano, viajando por el mundo. Su obra conforma conceptos-sentientes hechos con tinturas, papel o cerámica. Y además, con la exquisitez de un artista que quiso ser chef.

Sus obras tienen la brevedad y la síntesis del haikú para lograr la condensación del tono vital del desierto. En la sabrosa conversación que sabe disfrutar de un café condensado compartía con los amigos la charla amable de una sensibilidad auténtica. Ahora recordamos al artista zacatecano migrante y viajero y universal: Juan Manuel del Rosa. Ahora es inmortal saboreando la paciencia de la semilla que espera la futura lluvia de la resurrección. Nos queda su obra: el paisaje existencial (conceptual) del semidesierto zacatecano.

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