El arquero y la flecha

El arquero y la flecha
Saturnino Herrán. Nuestros dioses.

La Gualdra 484 / 2021 Año de Ramón López Velarde

 

En 1916, en diciembre, Ramón López Velarde escribe un texto que titula “La última flecha”. En un poco más de dos páginas, el poeta establece una posición existencial: la duración y el sentido de la vida individual. Cita a Montaigne: “[…] que la muerte me atrape cultivando las coles de mi jardín imperfecto…”. El poeta desarrolla una metáfora donde cada día del año es una flecha que se dispara, pero esta flecha se construye por pequeñas saetas, que en el texto de Lemaitre, “La leyenda dorada”, narra cómo las once mil vírgenes, en grupos sucesivos, recibían la muerte en una pradera bajo la saeta, y al morir lanzaban “pequeños gritos modestos […] Nuestras flechas han ido matando a las horas cuyas quejas compendiadas y humildes, se suman hoy, para engrandecer la voz de protesta del año que fallece…”.

El poeta se refiere a esas horas que componen los días, a cómo “las cándidas mártires estaban hechas de nuestra propia sangre, modeladas por nuestra propia fantasía, caldeadas por nuestra propia pasión, hemos sido suicidas y seguiremos siéndolo, solo los inmortales no se suicidan […] Nosotros nos gastamos sin remedio por más que la divinidad nos penetre […] Nuestra última flecha será milagrosa porque seremos tan veloces que alcanzaremos a dispararla y a recibirla, desempeñando, en un solo acto, el flechador y la víctima”.

Para 1916 la intuición de lo que en unos años más será el Dasein de Heidegger -traducido literalmente como “estar siendo aquí y ahora”- figura clave de la obra fundamental del filósofo alemán, El ser y el tiempo, produce en el poeta una epifanía, un ver la luz de golpe, y esto sucede en el estudio del pintor Saturnino Herrán:

 

“[…] en el estudio de un pintor amigo, yo consideraba poco ha, el monumento erigido a los muertos en el cementerio del Père Lachaise. Del doble cortejo que por la derecha y por la izquierda entra al orco, las figuras que más atraen mi conmiseración radical son las de las niñas y las de los ancianos puros, porque a los unos y a los otros se les arrebata el rédito, sin que hayan disfrutado el capital, en cambio, las parejas ya no pujantes, todavía no seniles, acceden al umbral plutónico en el instante ideal: el que separa la vigencia de la decrepitud. El brazo masculino y el brazo femenino concertaron su última flecha, y para no sostener un arco inoficioso, se adelantan hacia el reino plutónico”.

 

Para Ramón la existencia es el hacer, el crear, el disparar la flecha, el asaetear las horas que forman los días, estar siendo aquí y ahora, y eso tiene un principio que es después de niño, y un final que es antes de la decrepitud, ser siendo; ni el niño ni el anciano son ser siendo. Ramón intuye el vocablo clave de Heidegger y expresa la preocupación de Nietzsche… en el origen de la tragedia se describe la lucha entre la perfección y la destrucción; el ideal apolíneo y el ideal dionisiaco, y esta lucha genera la creación, el estar aquí y ahora, el ser, la creación, la obra de arte. El autor de este proceso no lo puede intuir antes de ser y tampoco puede inmortalizarse en él; para el creador la creación es su vida y su muerte: “[…] nuestra última flecha será milagrosa porque seremos tan veloces que alcanzaremos a dispararla y a recibirla desempeñando en un solo acto, el flechador y la víctima”.

Ramón y el doctor Pedro de Alba compartían un grupo político bohemio que, según cita Marco Antonio Campos, “el consultorio del doctor se ocupaba más de esas reuniones que de recibir pacientes”; estaba en la casa contigua a la casa-estudio de Saturnino Herrán, donde también se reunían. Para Campos, en ese grupo, se conforma un trío, integrado por Ramón López Velarde, Saturnino Herrán y Manuel M. Ponce; se sobreentiende que el nudo de la discusión de ideas se concentraba en ellos tres, tendrá esto que ver conque cinco años después, en 1921, en “Novedad de la Patria”, ensayo preparatorio para la construcción-creación del poema “La Suave Patria”, Ramón escribía: “Un gran artista o un gran pensador podrían dar la fórmula de esta nueva patria. Lo innominado de su ser no nos ha impedido cultivarla en versos, cuadros y música…”.

Asumimos que el centro de esas discusiones era la patria. Se dice que Saturnino Herrán participaba vigorosamente sin dejar de pintar y trabajar en la paleta. En el contexto de la revolución posterior a la muerte de Madero, las preocupaciones como constan en diferentes citas de Ramón eran ¿qué sigue para la patria, qué clase de patria se está creando? Ramón todavía la ve como una creación histórica y política, y de ahí las preocupaciones sobre cómo será la nueva patria posrevolucionaria, ¿un nacionalismo revolucionario?

Cinco años después, Ramón descubre la patria, que ya ha estado, que siempre está y estará hasta que México desaparezca como tal: territorio, habitantes y culturas, que deje de ser el estar siendo ahí, donde se expresa el ser siendo aquí y ahora del mexicano. En “Novedad de la Patria” Ramón nos comunica:

 

“[…] el descanso material del país, en treinta años de paz, coadyuvó a la idea de una Patria pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado, han sido precisos los años del sufrimiento para conseguir una Patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa […] Nuestro concepto de la Patria es hoy hacia adentro. Las rectificaciones de la experiencia, contrayendo a la justa medida la fama de nuestras glorias sobre españoles, yanquis y franceses, y la celebridad de nuestro republicanismo, nos han revelado una Patria, no histórica ni política, sino íntima… La miramos hecha para la vida de cada uno, individual, sensual, resignada, llena de gestos, inmune a la afrenta, así la cubran de sal. Casi la confundimos con la tierra”.

 

La preocupación y la necesidad de recuperar un concepto de patria llevan a Ramón a descubrir el ser ahí de la patria y hay un salto de conciencia, de nuevo una epifanía, donde un concepto subjetivo e ideológico, histórico-político de patria va a ser sustituido de manera obvia, natural, por la realidad de la patria, no histórica ni política, ni ideológica, sí existencial. Esto es, una descripción de la patria, no una definición. El poema “La Suave Patria” es la descripción existencial de la patria, es una patria que está siendo ahí. ¿Cómo conectamos la epifanía de descubrir la patria con la epifanía de descubrir el ser en el tiempo?, esto es 1916.

En ese año, Saturnino Herrán culmina su primer proyecto de mural oficialmente, presentando un friso que titula Nuestros dioses, que a la manera del friso del cementerio de Père Lachaise, consta de una doble procesión hacia un punto central, y donde en un lado están los indígenas con sus ofrendas a sus dioses y del otro lado van misioneros sacerdotes, acompañados por soldados y conquistadores. Ambas procesiones, confluyen en la imagen de la Coatlicue; terrorífica piedra tallada asociada a la fertilidad, una especie de madre naturaleza que absorbe dentro de la piedra al Cristo de la sangre.

¿Por qué discuten en el estudio de Herrán, Ramón y él sobre el friso de Père Lachaise y no sobre el friso al óleo que tendría las dimensiones finales de 13 m. x 2.30 m.? Es lógico pensar que Herrán le muestra los dos frisos, el del cementerio y el de nuestros dioses, Herrán se inspira en el del cementerio para hacer el de Nuestros dioses con la diferencia de que en el francés las almas van hacia el infierno y en el de Nuestros dioses, no almas sino personas concretas, van a fundirse en una piedra, creando una nueva vida que, para Ramón, dado su catolicismo, no dejaba de ser una propuesta sacrílega: la fusión material del cuerpo de Cristo en el cuerpo de la diosa de la fertilidad, Coatlicue. Este es absorbido por ella creando al nuevo hombre: el mexicano, que ya se encuentra en la sociedad mexicana, pero con mucha más fuerza entre la masa popular como los hijos de la Virgen de Guadalupe.

Coatlicue, Tonantzin, la Virgen Guadalupe… como las creadoras del ser mexicano, donde no cabe, por estrecho, el concepto del mestizaje. Herrán anticipa en su tema plástico La raza cósmica de Vasconcelos; la figura del mestizo para Herrán es totalmente limitada y para Ramón, por influencia de él también, aunque literariamente la va a utilizar como el “café con leche de tu piel”; pero, si revisamos línea por línea “La Suave Patria” de ninguna manera podemos asumir que el mestizaje sea el concepto fundamental. Citamos el intermedio del poema:

 

“Cuauhtémoc”

 

Joven abuelo: escúchame loarte,

único héroe a la altura del arte.

anacrónicamente, absurdamente,

a tu nopal inclinas el rosal;

al idioma del blanco, tu lo imantas

y es surtidor de católica fuente,

que de responsos llena el victorial,

zócalo de cenizas de tus plantas.

 

Aquí entendemos que en México se crea un nuevo catolicismo, una religión en sí, diferente del catolicismo europeo. Rezo permanente y en voz alta, al que se le agrega el canto y la música popular, en los hechos, una nueva religión practicada por los creyentes, no así por la jerarquía católica y las altas clases dominantes, de ahí que, todo el poema nos habla de lo popular mexicano, del clima y la geografía mexicana, pero sobre todo de la mujer mexicana. Para Ramón y Saturnino Herrán la patria es totalmente femenina:

 

Patria, te doy de tu dicha la clave:

sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;

[…]

Sé igual y fiel; pupilas de abandono;

sedienta voz; la trigarante faja

en tus pechugas al vapor; y un trono

a la intemperie, cual una sonaja:

“la carreta alegórica de paja”.

 

La femineidad como concepto y vivencia, va a ser compartida por Ramón y Herrán, así como el día es una flecha y las horas son las once mil vírgenes, cuyas gargantas son atravesadas por saetas y esas horas son suicidas, son momentos únicos de vida y creación que se funden en la obra de un día y se consolidan en un año; de ahí la epifanía de descubrir la existencia como un momento en movimiento, un estar aquí y ahora siendo en el tiempo; un tiempo que se acaba para cada quién, no el tiempo biológico, sino el tiempo del ser, ser algo, ser alguien haciendo algo, el tiempo de la creación que es finito; recordemos la explicación de la metáfora “…las niñas y los ancianos puros que se les arrebata el rédito antes de gozar el capital…”, no fueron, no son las de la existencia, pues son los creadores que van a dejar de serlo en el momento crítico que se acercan a la decrepitud; morir joven es la divisa, la vida creativa como un suicidio permanente, así la muerte de Herrán como la de Ramón.

Podemos trazar una línea conceptual en la cita de Montaigne, “…que la muerte me atrape cultivando las coles de mi jardín imperfecto”. Para octubre de 1919 en la oración fúnebre a Saturnino Herrán escrita y leída por Ramón López Velarde, vuelve a aparecer Montaigne, pero en la persona de Herrán:

 

“[…] si solo la pasión es fecunda, procede publicar el nombre de la amante de Herrán. Él amó a su país; pero usando de la más real de las alegorías puedo asentar que la amante de Herrán fue la Ciudad de México, millonésima en el dolor y en el placer. Ella le dio paisaje y figura; él la acarició piedra por piedra, habitante por habitante, nube por nube […] en la solemne y copiosa obra de Herrán, apologética de la ciudad, blanquean la col y la flor de la metrópoli…”.

 

Esto es una clara alusión a “…que la muerte me atrape cultivando las coles de mi jardín imperfecto”, Montaigne. Para Ramón, la Ciudad de México es el jardín imperfecto de Herrán, donde lo atrapa la muerte cultivando las coles y las flores de ese jardín. Pero esto no se detiene ahí, el poeta José Emilio Pacheco dice: “López Velarde cumplió treinta y tres años cuatro días antes de su muerte. Estaba enfermo de una bronconeumonía que contrajo al irse a pie, conversando acerca de Montaigne con un amigo, desde el Teatro Lírico hasta su casa en Avenida Jalisco 71, hoy Álvaro Obregón 73, en la colonia Roma…”.

Montaigne en 1916, diciembre; Montaigne en 1919, octubre; Montaigne en 1921, junio. ¿De qué se habló en el estudio de Herrán en 1916, donde ante la ausencia de Pedro de Alba, que tuvo que irse a vivir a Aguascalientes, Herrán y Ramón son los ejes de las discusiones del grupo, donde el músico Manuel M. Ponce empieza también a formar alianza con ellos dos?

Por el contenido del ensayo “La flecha” podemos inferir que el sentido de las conversaciones era la creación artística, pero a su vez la teoría plástica; o sea, contenido y forma que deriva a que el contenido es igual o más importante que la forma; es decir, que la obra, en sí, es afirmación y propuesta, donde no es separable la forma y el contenido, pero que la creación es un momento existencial de potencia y acto, donde esta, la potencia, si bien es determinante, se pierde en el tiempo, no con la muerte biológica sino que con la muerte del ser creativo, en una edad media denominada el inicio de la decrepitud: los niños y los ancianos están fuera de esa existencia, unos por inocencia otros por decrepitud y ese tiempo de creación, esas horas, se ven como un suicidio permanente, que se ilustra con la poderosa metáfora de que el arquero puede ser más veloz que la flecha y alcanzarla, para que esta lo alcance a él.

Todo lo anterior nos lleva a comprender el poema “La Suave Patria” como la última flecha del arquero Ramón López Velarde. El arquero y la flecha se encuentran con la muerte. Ramón y Saturnino evaden la decrepitud y el poema “La Suave Patria”, la última flecha, viene a ser una construcción común: Ponce, Herrán y Ramón. Si bien está escrito por Ramón con ellos dos ausentes, en la fundamentación del ensayo “Novedad de la Patria”, Ramón los incluye cuando dice “un gran artista o un gran pensador podrían dar la fórmula de esta nueva patria, lo innominado de su ser no nos ha impedido cultivarla en versos, cuadros y música”.

Es evidente que el poema está concebido en esas tres dimensiones, en versos, cuadros y música. Es obvio que la música es Manuel M. Ponce, los cuadros es Herrán y los versos son de él, y a esto le llamamos el resultado de una epifanía; descubrir la patria como la realidad siendo ahí con todas sus manifestaciones y esencialmente femenina, ante ello proponemos un mínimo ejercicio, un experimento mental, donde podemos ver y escuchar el poema como un poema sinfónico, visual, coral; esa femineidad que muestra el poema, es la femineidad que muestra la obra de Herrán, llevada al extremo de fundir lo femenino y lo masculino en la figura de “La tehuana”, donde gráficamente la vulva y el falo están integrados, no sugeridos; “La tehuana” es la frontera del hombre y la mujer donde acaba el retrato de Rosario su mujer, y donde acaba el de él en ese rostro.

Herrán y Ramón fueron mas allá de la amistad, comparten fielmente vida, creación y muerte. En nuestro experimento mental un músico escoge de todas las partituras que produjo Manuel M. Ponce, los acordes para las escenas del poema, un curador familiarizado profundamente con la obra de Herrán escoge las imágenes de toda su pintura y un poeta le da voz a esa música y a esas imágenes: Ramón. Supongamos la superposición coral en escenario: imagen, voz y sonido.

Este ejercicio nos permite ver y entender realmente el poema y darle significado al enorme sentido descriptivo que tiene, es un poema para verse y escucharse, pero tiene que estar acompañado: voz, imágenes, música, porque eso es México. Vicente Quirarte, poeta y escritor nos dice: “Ramón López Velarde nunca se conformó con lo que tuvo y era consciente de que sus lectores aún no habían nacido, que ese diálogo habría de establecerse con el paso del tiempo”, y agrega: “A 100 años de la muerte del autor, todavía no tenemos un texto definitivo de su obra”.

Giorgio Agamben, filósofo, antropólogo e historiador del derecho y la cultura jurídica del ser humano, se hace la pregunta ¿qué es lo contemporáneo?: “¿De quién y de qué somos contemporáneos? y, sobre todo, ¿qué significa ser contemporáneos?”. Cita a Nietzsche que publica Consideraciones intempestivas, con las cuales quiere ajustar cuentas con su tiempo, tomar posición respecto del presente. Esta consideración es intempestiva -se lee al comienzo de la segunda “consideración”- “porque intenta entender como un mal, un inconveniente y un defecto, algo de lo cual la época, con justicia, se siente orgullosa, esto es, su cultura histórica, porque pienso que todos somos devorados por la fiebre de la historia y deberíamos, al menos, darnos cuenta de ello”.

La cita y la explicación de Agamben se refiere a que lo “histórico” se vuelve una moda y un discurso político que no nos permite ver, sentir y comprender lo que está sucediendo. Citamos nuevamente a Ramón López Velarde:

 

“[…] el descanso material del país, en treinta años de paz, coadyuvó a la idea de una Patria pomposa, multimillonaria honorable en el presente y epopéyica en el pasado, han sido precisos los años del sufrimiento para conseguir una Patria menos externa, más modesta y probablemente mas preciosa […] nuestro concepto de Patria es hoy hacia adentro. Las rectificaciones de la experiencia, contrayendo la justa medida la fama de nuestras glorias sobre españoles, yanquis y franceses, y la celebridad de nuestro republicanismo, nos han revelado una Patria, no histórica ni política, sino íntima…la miramos hecha para la vida de cada uno, individual, sensual, resignada, llena de gestos, impune a la afrenta, así la cubran de sal, casi la confundimos con la tierra”.

 

Ramón López Velarde en su epifanía de descubrir la patria coincide con Nietzsche y se adelanta a Agamben en que lo contemporáneo no es la neblina histórica de lo heroico y epopéyico que no nos permite ver el tiempo real, cotidiano y que nos escudamos en la historia y en lo grandioso para ocultar el ser en nuestro tiempo real: la patria no es una epopeya, no es una épica, no es algo heroico para celebrar y recordar y menos un futuro histórico-filosófico para alcanzar. Agamben dice:

 

“La contemporaneidad es, pues, una relación singular con el propio tiempo, que adhiere a este y a la vez, toma su distancia; más exactamente, esa relación con el tiempo que adhiere a este a través de un desfase y un anacronismo […] Quienes coinciden de una manera demasiado plena con la época, quienes concuerdan perfectamente con ella, no son contemporáneos ya que, por esta precisa razón no consiguen verla, no pueden mantener su mirada fija en ella.”

 

Hoy existencialmente siempre será la patria, íntima, sensual, descriptible, cantable, amable, siendo, estando ahí para que nosotros estemos siendo aquí y ahora en ella… Lo que el poeta y escritor Vicente Quirarte nos sugiere es que la poesía de Ramón López Velarde es el ser en sí de Ramón, alcanzado por él de lo que ya el filósofo Kant había anticipado: “el ser en sí, la conciencia en sí, es inexplicable”.

López Velarde, el poema, su vida y la patria, es la fusión del ser en el devenir del tiempo, por ello, el poema desde que se creó es contemporáneo hasta la fecha y hasta la destrucción física de México y lo mexicano.

 

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