Diez minutos

Diez minutos
Carlos Martín Briceño

La Gualdra 482 / Décimo Aniversario

 

El primero en entrar fue Mauricio. Yo me quedé afuera, en la semioscuridad del pasillo de aquel hospital, arrepentido por no haber tenido el valor para decirle a mi hermano menor algunas palabras que lo reconfortaran.

Mamá había pedido que llegáramos puntuales. El horario de visitas para los enfermos en terapia intensiva era muy estricto.

–Vengan solos, entrarán uno por uno. Máximo diez minutos –recalcó por teléfono.

En una sala de espera, Lorena platicaba con mamá. Las vi de reojo: tenían las manos entrelazadas. Pinche Lorena. Ella había tenido mucho que ver con todo esto. Fue la primera en presionar a mamá para que autorizara a los médicos hacer “lo que fuera necesario”.

Cuando Mauricio volvió venía muy alterado. Me di cuenta que tenía el rostro transfigurado por la pena. Lloraba. Traté de abrazarlo, pero él, tajante, me rechazó.

–Apúrate, carajo, todavía faltan Lorena y mamá.

Atravesé la primera puerta y me topé con un lavabo de acero inoxidable y un gancho donde colgaban batas, guantes y cubrebocas. Mientras intentaba colocarme correctamente la bata, pensé en cuánto me hubiera gustado que mi padre muriera de un paro cardíaco y no de estos putos infartos cerebrales. Probablemente él hubiera deseado lo mismo. Ya con el disfraz, me encaminé al área de terapia intensiva. Al entrar el olor a cloro, alcohol y desinfectante hizo que comenzara a picarme la nariz. Separados tan solo por unas frágiles mamparas de plástico, había allí una veintena de lechos. Me llamó la atención que hubiera tanta gente visitando a sus enfermos. Si lo que necesitaban estos pacientes para reestablecerse era tranquilidad, en este lapso no la iban a encontrar.

Papá, vestido con una de esas feas batas azules, dormía profundamente. Estaba conectado a numerosos tubos y una máscara de oxígeno le ayudaba a respirar. En su cráneo afeitado, resaltaban las costuras brillantes de la operación. Una enfermera le tomaba el pulso.

–¿Cómo está? –dije, para romper el silencio.

–Estable, joven –respondió, esbozando una benévola sonrisa.

–Ah…

–¿Es su papá? Tiene un corazón muy fuerte –agregó, abriendo mucho los ojos.

Levanté la mirada y traté de sonreír.

–¿Usted cree que se recupere? –pregunté, fingiendo desconocimiento, aun cuando mi madre me había advertido que los médicos pronosticaban bajísimas posibilidades.

–Solo Dios sabe –respondió, colgándole la responsabilidad a la divina providencia.

¿Y para que chingados lo operaron?, me entraron ganas de gritarle, pero además de que ya sabía la respuesta –para bajarle a la familia la mayor cantidad de dinero posible–, no quise verme como un idiota.

Cuando la enfermera se retiró ya había transcurrido más de la mitad del tiempo que me tocaba. Observé con detenimiento la gran cantidad de cables y aparatos que mantenían a mi padre con vida artificial. ¿Y si desenchufaba la máquina de oxígeno? Recordé que alguna vez, cuando comenzaba a desvariar por los primeros micro infartos, mientras lo llevaba en mi automóvil al médico tuvo un inesperado repunte de lucidez. Me dijo que a su edad ya no le tenía miedo a la muerte, que había vivido una buena vida y formado una gran familia. “Lo que sí no quiero”, enfatizó, “sería acabar como tu tío Alfredo, tirado en una cama sin poder hablar ni comer, obligado a que otros te limpien las nalgas”. Tres meses después me encontraba junto a mi padre en la sala de cuidados intensivos de este hospital, observando cómo el destino, coño, lo llevaba justo hacia lo que tanto temía.

Coloqué mi mano derecha sobre una de las suyas y hablé en voz queda.

–Papá, soy Ricardo, ¿me escuchas?

Silencio. Lo único que se oía era el ritmo de su respiración dificultosa.

Volví a intentarlo, pero esta vez le apreté la mano y subí la intensidad de mi voz.

–Papá, ¡soy Ricardo!

Nada. Solo el sonido de su respiración. Coño. Inútil, mi padre jamás volvería a estar con nosotros. Por unos segundos pasó por mi cabeza la idea de arrimarme al respirador artificial y desconectarlo. ¡Sería tan sencillo! Me acerqué al enchufe pero una mezcla de conciencia y cobardía me hizo vislumbrar lo que sobrevendría. Imposible. No estaba listo para jugar a ser Dios. Vi en mi reloj que ya le había robado cinco minutos a Lorena. Derrotado, me acerqué a darle un beso a mi padre en la frente y di media vuelta para retirarme.

 

* Mérida, Yucatán.

 

 

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