Poesía accidental

Poesía accidental
Dante Gabriel Rossetti. Beatriz acompaña a Dante en el recorrido por el paraíso.

La Gualdra 479 / Elucubraciones

 

Muchísimas veces manejamos conceptos que nos resultan sumo familiares. A veces, incluso, hasta les dedicamos la vida. Tenemos una honda sensación de conocimiento íntimo, lo que nos exime de definiciones tan laboriosas como insuficientes. Pero nomás tratamos de definirlos, nos percatamos que los conceptos se vuelven inesperadamente resbaladizos. Claro, una persona que se dedica a la poesía, por ejemplo, no necesita detenerse a definirla. Puede sentir el deseo de hacerlo, pero a priori no lo necesita para desempeñarse en su arte. Se han propuesto numerosas definiciones e, incluso, se podrían inferir quizás  tantas definiciones como poetas, a partir de su lectura. El poeta y ensayista francés Yves Bonnefoy nos dice, con acierto, que la poesía es una “propedéutica de la democracia”. Muy bien, pero ¿nos ayuda esta aserción a entender de manera plena la esencia de este arte? Claro que no, y tampoco creo que fuera su intención.

Muchas personas asocian el concepto de poesía con la rima y con la métrica, pero éstas no son ni necesarias ni suficientes. Si uno escribiese, por ejemplo, los octosílabos siguientes: “Los cajones con cubiertos/Han quedado bien abiertos”, a nadie en su sano juicio se le ocurriría decir que forman un poema. No quisiera generar expectativas luego traicionadas, desde ya aviso que no trataré de elaborar una definición plena y satisfactoria, tan solo me propongo explorar algunas ideas, guiado por el filtro caprichoso de mi subjetividad, limitado por este diminuto espacio y por mi ignorancia, y sin la menor veleidad de universalismo.

El “poeta por antonomasia”, Dante Alighieri, estampó de manera duradera la figura del autor consumido por las brasas de una pasión casta y no correspondida. A los doce años, se enamoró locamente de Beatrice Portinari, con la que apenas intercambió algún saludo (eran tiempos del amor cortés). Según Jorge Luis Borges, il Sommo Poeta escribió la Divina Comedia con el único fin de crear, en literatura, un encuentro que nunca se había dado en la realidad. Este encuentro imaginado se produce después de atravesar Dante los nueve círculos del Infierno y escalar las siete cornisas del monte Purgatorio, en el Paraíso, tercera y última parte del poema; y pareciera que toda la arquitectura de la obra hubiese sido diseñada para darle cabida. La inverosímil creatividad del poeta toscano no solo nos legó un monumento escrito que sigue desafiando los siglos, sino que llegó a ser el modelo de un tono poético peculiar, copiado incluso en varios idiomas: el dolce stil nuovo; y su impacto fue tal que contribuyó a establecer el dialecto toscano como matriz de la lengua italiana. Quedó, además, la idea del infortunio amoroso como carburante paradigmático del sentir poético.

Mas la postura poética de Dante no agota el abanico de posibilidades. La poesía mística volcó el sentimiento amoroso en los arrebatos de la fe, como Teresa de Jesús, con sus celebérrimos versos:

 

“Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero”.

 

La poesía barroca de Quevedo, en cambio,  parece empeñarse, a veces, en complicar ad libitum las estructuras sintácticas, para lograr una suerte de mareo más o menos propicio a la generación del efecto poético:

 

“(…) Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Médulas que han gloriosamente ardido (…)”.

(Amor constante más allá de la muerte).

 

El amor seguía siendo un tema relevante, pero ya no era el único, ni cortés, y Quevedo podía divertirse (y divertirnos) con sonetos de lo más variopintos, como este A una nariz:

 

“Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un pez espada muy barbado (…)”.

 

Con el tiempo, otras posturas se abrieron paso, cambiando de mil maneras el sentir poético: un Pablo Neruda renegando de su poesía sentimental, para incorporar temáticas sociales y políticas (Explico algunas cosas) al estallar la Guerra civil española; un Fernando Pessoa proclamando “el poeta es un impostor”, encaramado a algún heterónimo, como para probarnos su teoría que el poeta no siente lo que expresa, solo se contenta con provocar, en nosotros, las emociones que finge sentir. Nos cuesta creerlo, porque cuando éstas brotan en los lectores, son muy reales y conmueven en sumo grado.

Ya lejos de la postura romántica, o de la figura del “poeta maldito” (que omito solamente por carecer de espacio), un Antonio Gamoneda se atreve, en clave hermética, con temas hasta entonces prohibidos a la poesía: el hospital, la enfermedad, los fluidos corporales de la agonía:

 

“Eres como la flor de los agonizantes

Que es invisible mas su aroma entra

En la sombra nasal y es la delicia

Todo en la vida, durante algún tiempo (…)”

(El libro del frío, Ciruela, 1992)

 

A lo largo de los siglos, la poesía se fue liberando de las amarras formales que la mantenían atada a los códigos de cada época (sospecho que hoy tiene otros, que no termino de vislumbrar).

También puede surgir, inesperada, de manera “accidental”, como sucede a veces en algunos palíndromos, en los cuales prevalece la búsqueda de la simetría. Le tomo prestado éste a Pablo Nemirovsky, hermano de un servidor, a modo de ejemplo:

 

Ni fósil óseo, ni soñado daño, sino eso: liso fin” (1).

 

Así como la escultura se fue encaminando desde la materia pétrea, metálica o leñosa, hasta un ideal casi inmaterial (me refiero al concepto de esculturas gaseosas), la poesía puede hallarse fuera de la pura métrica, de la rima, e incluso de la palabra. Vladimir Nabokov ve en el ajedrez un terreno propicio para la poesía. En una obra (Poems and Problems, McGraw-Hill Book Co, 1969), reúne sus dos pasiones porque, sencillamente, son la misma. Algunos ajedrecistas, como Mijaíl Tal o Alexéi Shírov (quien haya visto su 47… Ah3 contra Veselin Topalov, se quedará pasmado para siempre), son conocidos por procurar profundísimas emociones mediante jugadas, o ideas, con intenciones abiertamente artísticas.

Sucede algo casi fisiológico cuando nos embruja una obra de arte, cuando se produce el efecto poético. Algo, o alguien, parece tocar el arpa con nuestras vísceras, tensándonos los músculos y la piel, haciéndonos vibrar al unísono junto a los testigos de la emoción.

En el siglo XIX,  cuando la gente discutía en París acerca del arte, sobre la influencia de la tradición, el ambiente y demás, James McNeill Whistler decía escuetamente: “el arte ocurre”. Yo creo que la poesía, simplemente, ocurre.

 

 

  • Pablo Nemirovsky, Del otro lado del otro lado, editorial Milena Caserola, 2013.

 

*Traductor, profesor de la Universidad d’Evry-Universidad Paris-Saclay.

 

 

 

 

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