El futuro de los museos: recuperar y reimaginar

El futuro de los museos: recuperar y reimaginar
Francisco Goitia, Cabeza de ahorcado, óleo sobre tela. Museo Francisco Goitia- Secretaría de Cultura- INBAL.

Editorial Gualdreño 479

 

Este es el lema del Día Internacional de los Museos, a celebrarse este 18 de mayo… qué gran reto, reflexiono ahora sobre todo lo que se puede recuperar y las posibilidades infinitas de reimaginar cómo es que deberían enfrentar estos espacios no el futuro, sino el presente de esta nueva realidad.

¿Qué es lo que se podría recuperar? Para empezar, lo más importante: la idea de que estos espacios culturales albergan no solo piezas y objetos, sino una parte importante de nuestra memoria histórica y cultural. Los cuadros, las esculturas, las máscaras, los objetos ceremoniales, los murales y los documentos que son exhibidos en los museos cobran vida a partir de la información que pueden brindarnos, del aprendizaje que puedan detonar en nosotros como espectadores, de la reflexión generada a partir de su visualización, del placer de sabernos otros a partir de haberlos visto, del placer estético e intelectual que pueden despertarnos si observamos con meticulosidad, con curiosidad por ver más allá de lo inmediato. ¿Puede recuperarse la experiencia del asombro? Por supuesto, lo confirmo cada que vuelvo a ver lo que hay en cada uno de los recintos museísticos que tenemos en nuestra ciudad; digo la verdad cuando digo que no dejo de maravillarme ante sus acervos, aunque haya acudido a estos lugares incontables ocasiones.

Ir a un museo requiere de voluntad y tiempo, disposición y darnos la oportunidad de descubrir cosas diferentes, de vivir experiencias distintas a las cotidianas. Vuelvo a ellos con frecuencia, la mayor parte de las veces por cuestiones relacionadas con mi trabajo, cuando se trata de hacer registros fotográficos para esta publicación -por ejemplo-, cuando desde el Clúster tratamos de idear nuevas formas de promoción y visualización o cuando llevo a mis alumnos a que conozcan su patrimonio; otras, regreso a ellos por el puro placer de sentarme en una de sus bancas teniendo frente a mí una portentosa obra de arte.

A propósito de mis alumnos, cuando voy con ellos, suelo preguntarles qué se esperan antes de entrar y luego, en el recorrido, hago preguntas sobre los distintos códigos que pueden ubicar en las piezas… les invito a identificar algunas pistas que pueden brindarnos posteriormente una mayor información sobre el contexto social, cultural e histórico de lo observado; lo que más me gusta es la plática final, en la que los jóvenes terminan hablando de lo que vieron, lo que sintieron, lo que experimentaron. En este último momento es cuando reafirmo que uno nunca deja de aprender y que siempre hará falta ver lo que tenemos en frente con una mirada desprovista de prejuicios. Me emociona escuchar a los espectadores, y a veces, también me preocupa.

La preocupación surge cuando escucho de ellos cosas como que no sabían todo lo que uno puede aprender en estos espacios; y más me preocupo todavía cuando me dicen que las personas no suelen visitarlos con más frecuencia porque tal vez consideran que son “lugares aburridos”. Uno de mis alumnos me dijo recientemente que la experiencia de ir en grupo y con una guía adecuada de lo que podrá descubrirse, es muy diferente a llegar al museo solo y recorrer sus salas sin que medie ningún tipo de información. Tiene razón. Un caballo famélico de Francisco Goitia, por ejemplo, no será más que un caballo flaco a punto de morir de hambre, pintado en un lienzo, si no conocemos de su contexto. Y eso me lleva a la segunda cuestión: el tema de la “re-imaginación”.

No podemos “re-imaginar” el futuro ni el presente de los museos si seguimos situándolos en el pasado; si seguimos pretendiendo que, con el hecho de tenerlos, abrir sus puertas con horarios establecidos -y por lo visto inamovibles-, procurando su limpieza, estamos haciendo lo correcto. La razón por la que los ciudadanos no van a estos espacios es porque nos hemos preocupado más por presumirlos que por promoverlos, por abrirlos que por modernizarlos: ahí están -como la puerta de Alcalá- “viendo pasar el tiempo” y no nos hemos permitido imaginar que el deterioro va también de la mano de la falta de amor e imaginación para propiciar que estos sitios se conviertan en una buena experiencia de vida. Gran reto el que tenemos para conservarlos, pero más todavía para que incorporen nuevas tecnologías que ayuden al espectador a disfrutarlos, a comprenderse a partir de lo que ahí se exhibe. Siempre requerirán más presupuesto, es cierto, pero también, y hay que decirlo: más compromiso por parte de nuestros gobiernos. Mientras tanto: vamos a nuestros museos, yo invito.

Que disfrute su lectura.

 

 

 

 

 

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