Línea 12 y la deshumanizada clase política

Línea 12 y la deshumanizada clase política

No importa quién esté en el gobierno, no importa si es proceso electoral, nada es más vil que lucrar políticamente con la desgracia de la gente.

Este país es proclive a los accidentes y a las desgracias; desde mi punto de vista por acción, por omisión y por geografía, pero particularmente la Ciudad de México padece dos condiciones muy particulares, su orografía y su corrupción… aún existe, nunca ha dejado de existir. Desde que era un departamento suscrito al gobierno de la república y se ganó a pulso los títulos de la ciudad más corrupta del mundo y una de las más peligrosas del orbe, el entonces Distrito Federal vivió sus mas obscuros días, la policía era realmente un parapeto. De día se uniformaban y ubicaban a sus víctimas, de noche las secuestraban y las ganancias iban a parar a comandantes, burócratas de mediana responsabilidad y hasta a los altos mandos del gobierno. Luego llegó la alternancia en la ciudad con el asenso de Cuauhtémoc Cárdenas a la jefatura de gobierno, se intentó romper el imperio de la corrupción… no se pudo, estaba enquistado en lo más profundo del sistema, en realidad era parte esencial de la vida económica de la ciudad, de ahí a todos les tocaba algo. Lo más que se pudo hacer y a fuerza de mucho trabajo y perseverancia y a riesgo de perder la vida, el nuevo gobierno perredista se concentró en limpiar la secretaría de seguridad pública, por medio de la profesionalización y capacitación, además de exámenes de confianza. En unos cuantos años los índices bajaron, no se resolvió por completo el problema, pero permitió percibir un ambiente más seguro para los capitalinos, eso fue suficiente para que, hasta la fecha, un mismo grupo político siga gobernando la gran ciudad. Sin embargo, como lo dije, el tema de la corrupción solo quedó en pausa, solo se mejoraron los procesos para poder evadir el cerco que diferentes instituciones comenzaban a hacer al gobierno federal y al de los estados, en sintonía con las políticas más modernas de transparencia y de fiscalización del gasto, pero siempre había una forma de sortera esos candados y llevarse una tajada del presupuesto. Aquí quiero hacer una aclaración, la corrupción de la que hablo, la padece el país entero, pero por ser el tema esencial el lamentable accidente en la línea 12 del metro, me concentraré en la ciudad de México.

El principal problema del país no es la corrupción, ni siquiera la inseguridad, es sin duda la impunidad, madre de casi todos los problemas públicos en México. Impunidad significa que no hay consecuencia para quien cometa cualquier delito que lacere a la sociedad, que no hay responsabilidad para ningún funcionario que incurra en malas prácticas, corrupción o negligencia. También significa que tenemos leyes sin dientes… y mientras esto siga pasando, nada en lo profundo va a cambiar.

Eventos lamentables como el de antier en la línea 12 del metro, se viven por decenas o centenas a lo largo del país. Tenemos una zona sísmica bastante extensa y activa, desde el centro hasta el sur del país. Tenemos (aún en la actualidad) autoridades corruptas y constructores corrompidos o corrompibles, dando como resultado de ambos factores, un caldo de cultivo ideal para la que sucedan las desgracias por corrupción y negligencia.

La autoridad es voraz, no le importa la calidad en las obras, lo mismo le da que sea una pavimentación en firme, que un puente elevado o una extensión de servicio de transporte público que va por aire, el objetivo es que el constructor haga su “magia” y le saque la mayor utilidad posible a la obra, sacrificando la calidad de los materiales y por ende, poner en riesgo la vida de la población.

Sin embargo, este fenómeno no es privativo de una ciudad, ni de un gobierno emanado de algún partido, les ha pasado a todos en muchos lados. Lo más importante de la desgracia de la caída de la trabe de la estructura de la línea 12, fueron las perdidas de las vidas de las personas, eso debería ser suficiente para reflexionar sobre la levedad del ser y el que hacer de las autoridades, por su puesto que urge un peritaje para fincar o deslindar responsabilidades, pero eso después. Lo único que no estaba permitido y está ocurriendo, es sacar o pretender sacar raja política de la desgracia, práctica que muy a menudo ocurre y nos hace ver como buitres, nos deshumaniza por completo y hace ver a los políticos como enterradores de números.

Que sirva este y los cientos de textos de indignación, tristeza y solidaridad con los deudos, para insistir, más bien exigir, una nueva forma de hacer obra pública en el país. Que se derrumbe todo lo mal hecho si es necesario, nada vale más que una sola vida. ■

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