Alba de Papel Los niños que ya no son…

Alba de Papel Los niños que ya no son…

Una fecha es un dato duro, sea para celebrar o para conmemorar y registrarla en la memoria individual y colectiva; el pasado 30 de abril suponía lo primero, frente a un estrés de miles de infantes mexicanos, confinados en asfixiantes hogares, carenciados en su mayoría de una educación nutricia que los contenga con suficiencia, en estos duros momentos de sufrimiento social.

Nada que celebrar cuando prevalece una problemática de proporciones dramáticas sobre la ineficacia de leyes y programas de protección de la niñez, que la están llevando al abismo y al modelaje en el porvenir, de una personalidad adulta que podría ser más dañina al tejido social del que tanto nos quejamos.

Una lista negra de más de150 mil niños huérfanos a causa de la muerte de sus padres por el coronavirus, una cifra no cuantificada de otros miles que abandonaron su educación primaria, debido a la falta de equipo y tecnología, sometidos al horror del pésimo servicio de internet y a la falta de cobertura en zonas marginales, reducidos al tiempo disponible de progenitores que deben trabajar a una escala de mucha tensión.

La responsabilidad recae de forma natural (por razones históricas y culturales) en la mujer, que si ésta ha formado una familia monoparental (no tiene esposo), su compromiso es mayor y su preocupación es doble, ya que también debe trabajar para sostenerla, ¿Y sus hijos? Si son uno, dos, tres o cuatro, deberán arreglárselas, y en muchos casos, compartir el teléfono celular o una computadora, con la fatiga que produce estar en contacto con estos artefactos.

Hay mujeres que dejaron de trabajar para acompañar a sus pequeños hijos en clases, reuniones y elaboración de tareas, pero al hacerlo, tuvieron que renunciar a la constancia de su trabajo – informal-, lo que se traduce peligrosamente en escasez económica y preocupación financiera, ya que no existe un sistema de financiación exclusivo para mujeres que responda a la necesidad creciente de féminas, que son madres solteras, cuyo rasgo visible es la desigualdad y el desamparo de sus críos.

En forma siniestra, nos avergüenza una estadística repugnante de niños y niñas abusados sexualmente, muchas veces acosados al interior de sus propias familias, o dentro del tráfico y redes de pederastia que al prostituirlos, los matan en una lenta agonía que socialmente cobrará factura de manera irreversible.

Se suman a esta triste lista, los niños que trabajan y son explotados sin piedad en campos, granjas, mercados, calles, arrojados en muchos casos, a la migración forzada, a la delincuencia impuesta, burlados infamemente por una criminalización regulada, que sólo deja al descubierto, la vileza de nuestra humanidad.

Un niño, una niña, es una persona que siente, que piensa, que sueña, que aprende, que requiere que sus primeros objetos de amor que son sus padres o quienes los sustituyen, les transmitan amor, seguridad, confianza; no basta la proveeduría, sino la certeza vincular de que es apreciado, tomado en cuenta, que ha aprendido pese a su rabieta de niño, de la importancia de los límites, de hablarle con la verdad, donde asuma que el no, es un organizador de la vida y que en esta breve andadura de su ciclo vital de desarrollo, es profundamente amado.

Para Freud, el niño al jugar es un poeta; para todos, es un ser natural y extravagante que moldea y colorea al mundo, porque le da sentido y esperanza para un mundo mejor y de no cambiar el rumbo, un panorama aciago se cierne sobre él y determinar más consecuencias que vendrán, no es posible saberlo, pero en perspectiva, se vislumbra desolación.

Los que somos ahora: hombres y mujeres sabemos que la infancia nos marcó, a algunos (excepcionalmente) con alegría y seguridad para labrarse una personalidad y una vida con menos descalabros; para otros, ha sido de entumecimiento interior que ha cincelado una vida en constante desasosiego e inseguridad; otras vidas han sido permeadas por el resentimiento y la violencia, con una furia indecible y demoledora.

Octavio Paz, además de poeta y ensayista maravilloso, era un filósofo, como personas adultas, bien entendemos lo que significa el siguiente texto: “Mis palabras, al hablar de la casa, se agrietan. Cuartos y cuartos habitados sólo por sus fantasmas, sólo por el rencor de los mayores habitados. Familias, criaderos de alacranes: como a los perros dan con la pitanza vidrio molido, nos alimentan con sus odios y la ambición dudosa de ser alguien.”

Hay por supuesto, una lealtad invisible imbricada en nuestro inconsciente, que nos hará rechazar y negar tal aseveración, pero por ahora, reflexionemos con esperanza por una vida mejor para la infancia, es posible lograrlo, si cada quien da lo que esté a su alcance ofrecer en consideración y bondad, porque cada familia se convierta en tutora y defensora de los niños y de las niñas, más allá de los propios; que las instituciones y los gobiernos, optimicen sus leyes y prácticas legales a favor de ellos; que se note nuestra humanidad en una mayor afectividad colectiva. ■

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