Muchos partidos, pero en el plano nacional sólo dos proyectos distintos

Muchos partidos, pero en el plano nacional sólo dos proyectos distintos

El proceso electoral que se está desarrollando y que conduce a la jornada electoral del primer domingo de julio aparece muy complejo e ininteligible, lo que puede generar un mayor alejamiento de los electores, ya que da la impresión de que ni siquiera los candidatos pueden explicar las diferencias entre partidos y, mucho menos, entre las distintas corrientes dentro de los mismos. Espero que esta columna ayude, así sea un poco, a esclarecer el debate democrático actual.

Primero algo de historia. Durante la década de los años 70 entró en crisis el sistema de partidos que se asemejaba a un sistema solar: el PRI-gobierno en el centro y girando en torno de él unos cuantos partidos sin capacidad de cuestionar la hegemonía priista. En 1976 José López Portillo fue designado candidato a la Presidencia por el dedazo tradicional, mientras que el PAN, fundado en 1939, ni siquiera tuvo capacidad para designar su candidato. Se derrumbó la ficción de la democracia mexicana, denominada por Vargas Llosa “la dictadura perfecta”. A partir de entonces, una parte del empresariado inició su tránsito hacia la derecha electoral en diversos estados y municipios, mientras que las izquierdas se fortalecían en segmentos del campesinado, en el sindicalismo (muy incipientemente) y entre los estudiantes y la intelectualidad, lastimados por las represiones de 1968 y 1971. La ruptura de la corriente democrática del PRI y su convergencia con las izquierdas en la elección de 1988, y el fraude para imponer a Carlos Salinas, condujeron al aglutinamiento de los sectores progresistas en el PRD, y a un transexenal cogobierno de hecho entre los neoliberales priistas (encabezados por Carlos Salinas) y los panistas que presumían su triunfo cultural al apoyar las reformas estructurales, que se mantuvo vigente las siguientes tres décadas, hasta el triunfo de AMLO en 2018.

Inexorablemente, el neoliberalismo a la mexicana, con corrupción, violencia e inseguridad, condujo a la ruptura de sus lazos con los sectores populares (sus organizaciones obreras y campesinas dejaron de ser representativas) cuyos integrantes migraron, paulatina pero constantemente, hacia las izquierdas en las elecciones presidenciales. Sólo el fraude electoral de 2006 impidió que AMLO asumiera como presidente de la República, abriendo un periodo de intensificación de la captura del Estado por las mafias de poder de cuello blanco y del crimen organizado, coordinadas por gente como Genaro García Luna, hoy sometido a proceso judicial en Estados Unidos. Al mismo tiempo, el desplazamiento hacia la derecha de diversas fuerzas socialdemócratas europeas, que a partir de los años ochenta asumieron al neoliberalismo como única alternativa, hizo sentir sus ideas en México en sectores pequeños pero influyentes de la intelectualidad, así como en las corrientes del PRD que acordaron con Enrique Peña Nieto la firma del Pacto por México en diciembre del 2012 y, en los hechos, la conformación del polo político que hoy enfrenta al gobierno de la Cuarta Transformación (4ª T).

Esa es la configuración básica del nuevo sistema de fuerzas que está operando en el proceso electoral en curso. Por un lado, Morena y otras fuerzas que apoyan la 4ª T, y por otro, el polo que intenta detener los principales programas federales, pero que consideran inconveniente políticamente reivindicar el proyecto neoliberal, aplicado durante 6 sexenios con resultados trágicos para la mayoría, lo que les ha impedido difundir una narrativa propositiva. Intentan imponer el silencio sobre el pasado, de manera que en asuntos como la pandemia del coronavirus los voceros de la 4ª T no deben referirse al estado de desmantelamiento en que se encontraba el sistema público de salud, sin capacidad para producir vacunas y, mucho menos referirse a las comorbilidades como la hipertensión, la diabetes y otras, causadas por la mala alimentación y padecidas por amplios segmentos de la población. Y lo mismo pasa en cuestiones fundamentales como la seguridad y la economía. Esas son las razones de fondo que conducen a que su narrativa no va más allá de criticar asuntos particulares con resonancia mediática, o de construir y difundir mentiras evidentes como la de que la CFE es incapaz de generar energía eléctrica de fuentes renovables. Simplemente tratan de ocultar que hoy, la empresa del Estado genera la mayor parte de ese tipo de energía en México, cantidad que se incrementará con nuevas turbinas en las grandes hidroeléctricas.

Un problema casi insuperable de los neoliberales mexicanos es haber difundido que el gobierno encabezado por AMLO chocaría frontalmente con el nuevo gobierno de Estados Unidos, llevando a México a situaciones insostenibles. Su pragmatismo los condujo a confundir sus deseos con la realidad. Ni siquiera se molestaron en estudiar la plataforma programática aprobada en la convención del Partido Demócrata; por ello no asumieron que tiene una orientación claramente antineoliberal y que en varios asuntos, como el fiscal, es claramente más izquierdista que el del gobierno mexicano. Nunca imaginaron que en el tema migratorio también existiera una coincidencia en la necesidad de abordarlo integralmente y de enfrentar las causas de fondo del fenómeno; ya se vislumbran avances importantes que beneficiarán a millones de personas con empleos en las regiones expulsoras y construcción de esquemas de trabajo para que la migración sea segura y ordenada.

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