Política de energía: soberanía y la ruta limpia

Política de energía: soberanía y la ruta limpia

La economía moderna inicia con una aplicación energética: la fuerza del vapor. La conversión de calor en movimiento fue una revolución que permitió poner una máquina que moviera un motor sobre unos rieles y el transporte masivo cambió la historia, del mismo modo las máquinas para hilar y formas de movimiento mecánico que aceleró la producción de manufacturas. Luego se organizó esa energía con estrategias organizacionales nuevas, como las cadenas de montaje tipo Ford, para incrementar la productividad hasta el cielo. Es lo que Chaplin retrata en ‘Tiempos modernos’. 

Luego viene la electricidad, la cual se convierte en el signo mismo del proyecto civilizatorio. Con ella, se estimula la investigación de la conductividad de energía, que parecía la conversión de los hombres en dioses. No es gratuito que se use electricidad en la función divina de crear vida en la novela del doctor Frankenstein. Pero la electricidad depende del movimiento cambiante del magnetismo, por eso, se ocupa algo que provoque movimiento, y este se convierta en electricidad. Así, comienza el camino por conseguir energéticos que hagan mover bobinas y diversificar las formas de la energía que acelere el transporte, las fábricas de todo producto y la misma forma de vida que se refleja en el hogar lleno de tecnologías. Entre los energéticos más productivos por baratos y fáciles de usar están los de origen fósil: carbón, petróleo y gas. 

Como podemos ver, hay una dependencia orgánica entre lo energéticos y la economía de un país. si no hay energéticos se derrumba toda la economía. Pero además, el mundo tiene un condicional esencial: se debe contar con las llamadas energías limpias porque las de origen fósil han provocado el efecto invernadero que ha cambiado el clima peligrosamente. En suma, son dos los imperativos contemporáneos: (1) asegurar la energía suficiente para la vida nacional, y (2) hacerlo con energías distintas a las fósiles. Para el primer imperativo es importante no depender de fuentes extranjeras de energías, porque entre más dependencia es mayor la vulnerabilidad; y para el segundo imperativo se requiere que se construya la soberanía energética sobre la base de hacerlo con energías limpias. 

El Gobierno Federal ha planteado conseguir la soberanía energética por medio de centrar su conducción por el Estado, y no está mal; sin embargo, lo hace también con un centro poco sustentable: en el petróleo, el gas y el carbón. El gobierno de Peña impulsó las energías limpias con inversión privada y contratos injustos para el interés público, eso ya ha quedado claro. Sin embargo, no se ven intenciones de que el propio Estado, bajo la visión de la soberanía energética, impulse un proyecto basado en las energías alternativas. El petróleo seguirá un tiempo siendo la energía hegemónica, sin embargo, como el camino de la conversión del mismo es largo, es necesario implementar el desarrollo estratégico del uso del sol y el aire que lo supla. En suma, requerimos soberanía y ruta limpia, en la política energética de México. 

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