La inmoralidad tiene quien la avale

La inmoralidad tiene quien la avale

Es humano y comprensible pensar que todos en su lugar haríamos lo mismo. Que se les lincha por la envidia de no haber sido los afortunados que se enteraron a tiempo, o peor aún por no ser lo suficientemente “listos” para buscar la vacuna contra covid fuera de la fila como los famosos 33 sí lo hicieron.

Es entendible, insisto, pero equivocado. Sé de primera mano de cuando menos tres personas que tuvieron la oportunidad de recibir la vacuna antes de tiempo y se negaron a hacerlo.

Bien por esos ciudadanos porque es esa actitud la que mantiene el contrato social, la que concreta la retórica de “ser comunidad” y la que cumple en los hechos con el amor al prójimo que seguramente ayer domingo fue discurso de varios de los conocidos como “los 33 Gandallas” aunque fueron más que esa cantidad.

Innegable es que hay falta de empatía y de colectividad en esta actitud, pero también es cierto que hay incomprensión y desconocimiento porque los responsables de la vacunación no solo no impidieron la gandallez y explicaron la inmoralidad en ella, sino que la consintieron y avalaron al permitirlo y aún peor, al argumentar que no había más requisito para recibir la vacuna que la edad, pese a la existencia de unos lineamientos técnicos que marcan la prioridad de la vacunación.

Que el ciudadano no los conozca puede perdonarse, pero no así la autoridad, que además de ejercerlo tendría que exponerlos y socializarlos.

No hacerlo, y además convalidar la actitud egoísta de los adelantados constituyó un aliciente al “sálvese quién pueda” muy alejado de la fraternidad, o el “por el bien de todos primeros los pobres” que promueve el gobierno federal para el que trabajan.

Al contrario, tendría que explicarse que es autocomplaciente pensar que “los adelantados” no hacen daño a nadie porque en los lugares donde hoy se vacuna no hay contagio, pues los datos oficiales al respecto se basan en las confirmaciones por PCR, pruebas poco accesibles en estos lugares.

Y aún suponiendo que así fuera, los responsables de la vacunación debieron explicar que el objetivo primordial es disminuir la mortalidad, incluso más que disminuir el contagio. Y que evidentemente las posibilidades de unos y otros de enfrentar esta enfermedad acerca más a la muerte a la población de Villa de Cos que a la de Bernárdez.

En este mismo diario Alejandro Ortega Neri reportaba hace unos días que sólo el 2.16 por ciento de la población en Villa de Cos tiene acceso a algún medio de comunicación en casa y solo el 9.53 por ciento es derechohabiente en una institución de seguridad social.

En cuanto a lo sanitario, la tasa de camas de hospitalización por cada mil habitantes en Villa de Cos es de 0.43, es decir, ni una; y para Cuidados Intensivos la tasa es de cero.

¿Cuántos minutos tardarían los adelantados en la fila de vacunación en llegar a un hospital en caso de enfermar? Probablemente un cuarto del tiempo que les llevó llegar al lugar donde fueron inoculados.

“¿Pero para qué empiezan por allá, si ni se quieren vacunar?” insistirán algunos que sin más evidencia que el prejuicio, asumen que la resistencia a la ciencia es intrínsecamente rural. Y los más temerarios hasta considerarán un acto casi heroico haber salvado algunas dosis del desperdicio.

Asumen que entre la población elegida técnicamente como prioritaria y ellos, no había puntos intermedios, es decir, población de comunidades cercanas, del siguiente grupo etario prioritario o gente con comorbilidades de la propia comunidad que tendría preferencia por razones epidemiológicas.

Olvidan también que se aplicaba en este caso la vacuna Astra Zeneca, única disponible en ese momento y que requiere una refrigeración sencilla, por lo que su traslado hasta esa población era mucho más fácil que lo que serían las elaboradas por otras empresas como pfizer, aplicada en centros médicos con más infraestructura.

Probablemente es mucho pedirle a un ciudadano cualquiera tener en consideración todas estas razones técnicas que influyen en estas determinaciones. Pero para quienes tienen sobre sí la responsabilidad de la vacunación más grande de la historia no es ni siquiera poco, es lo mínimo. Si esto además ocurre en el gobierno que se enorgullece de decir que “por el bien de todos primero los pobres”, entonces también se carece del mínimo compromiso.

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