Los valores patricios de la élite Versus el principio de igualdad del Estado

Los valores patricios de la élite Versus el principio de igualdad del Estado

Hablar de la empresa, ir al club y toparse con los amigos “de mucho apellido”, que incluso dicen tener el medallón de la primogenitura y, saber por qué en los herederos de sociedades novohispanas, la riqueza económica no lo es todo, también importa cierto abolengo en los apellidos con olor a la colonia y antepasados nobiliarios. Los círculos son de varias generaciones y narraciones de antiguas posesiones que ponen de relieve el objeto más preciado de las élites: el status. Cuando una niña bien o un ‘mirrey’ compran un vehículo, no adquieren un medio de transporte, se apropian de un medio de reconocimiento. Compran la mirada de los otros.

Muchas crónicas de las costumbres de las élites muestran los códigos de entendimiento y reconocimiento entre estas familias. Y uno de los códigos es la procuración de lugres y tratos exclusivos. El valor de la exclusividad es central en su escala axiológica: un vehículo o una prenda de vestir es más valioso si es más exclusivo. Por ello, es característica la pertenencia a ciertos clubes deportivos, ciertas universidades, restaurantes, hospitales y hasta depósitos mortuorios. Las élites económicas tienen fluida comunicación y pertenencia con las políticas. Forman la nata de patricios que controlan la producción de la riqueza y la distribución del poder político.

Así las cosas, en el contexto de una enfermedad que ‘ha sido democrática,’ de una propagación que no ha respetado clase social, y la forma de atención que ha recaído en el sector público, el valor de la exclusividad se ha visto fuertemente lastimado. El hecho de que las vacunas no se distribuyan por vía de compra, implica que se adquieren sin principio de exclusión. El precio de un producto en el mercado es justo el operador del principio de exclusión. Por tanto, la élite se encuentra en problemas: le urge hacerse de un bien (la vacuna), pero no hay forma de conseguirlo en el mercado (bajo criterios de exclusión) y su urgencia llega a los mismos límites de toda la población: a la desesperación. Si no hay capital financiero que le resuelva su exigencia, hace uso de otro capital para conseguirlo: el capital social. La capacidad de influencia, confianza y redes de interés con los responsables de la aplicación de la vacuna para conseguir (antes que el resto de sus iguales) ser inmunizados. Su privilegio depende del manejo de sus capitales, en este caso no financieros, pero sí el capital social propio de su condición de élite.

El evento en el municipio de Villa de Cos exhibió a la delegación federal de Zacatecas susceptible del tráfico de influencias. Y como no: los mismos apellidos se mezclan en el grupo dirigente asociado a la delegación federal y los beneficiarios que recibieron la vacuna de forma ilegítima. El reclamo social de esa acción provocó una alta ola de inconformidad plebeya que exigía igualdad de trato como personas, independientemente de las marcas de ropa o de vehículo o de capital acumulado. Es un reclamo relevante porque exige que las instituciones públicas realmente lo sean y se trate bajo el estricto principio de igualdad a patricios o plebeyos, en tanto todos somos personas con valor único y absoluto. Y ya.

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