La historia patria de la cuarta transformación

La historia patria de la cuarta transformación

El 27 de septiembre de 1821, con la entrada del ejercito Trigarante a la Ciudad de México, se consumó la independencia de la Nueva España y regiones aledañas. Ya desde el 24 de agosto de aquel año se habían firmado los Tratados de Córdoba, entre Agustín de Iturbide y Juan de O´Donoju, para establecer la retirada de las tropas españolas y declarar la independencia del territorio. Era un espacio geográfico muy amplio: desde Oregón, en los Estados Unidos de América, hasta Bocas del Toro en Panamá(aproximadamente 6902 km de largo). No surgió de ahí una república democrática con la soberanía depositada en el pueblo, sino un Imperio Mexicano con un emperador: Agustín de Iturbide. No duró mucho: la coronación de este tuvo lugar el 21 de julio de 1822 y su abdicación fue un 19 de marzo de 1823. La forma imperial de gobierno fue disuelta en abril de ese año. Fue hasta octubre de 1824 que se declaró la primera constitución en la que el nombre del nuevo país era “Estados Unidos Mexicanos”, su forma de gobierno una República Federal Representativa y su religión el catolicismo. De acuerdo con la “política de la memoria” del actual gobierno (véase Guillermo Hurtado “La política de la memoria del lopezobradorismo. El tema de las conmemoraciones” La Razón 30/01/2021) la independencia es la “primera transformación”, aunque el historiador nacional, Andrés Manuel López Obrador, tiene la tendencia a reconstruir racionalmente la historia mexicana. No le interesa lo que aconteció en los hechos, sino la narrativa del “espíritu patrio” que se eleva por sobre las contingencias. De tal manera que la primera transformación no empieza, ni acaba, con Iturbide sino con Miguel Hidalgo. Es decir, en la “reconstrucción racional” Iturbide es un tropiezo, un mero azar, una fluctuación despreciable. Lo esencial está en “Los sentimientos de la nación” de Morelos: la igualdad y el gobierno republicano. Y esto esencial es el movimiento secreto de las cosas, la ascensión de la realidad brutal plagada de católicos, monárquicos, vendepatrias, secesionistas y traidores al refinado y puro concepto de la unidad nacional laica en torno de las demandas de los oprimidos. Según el punto de vista del obradorismo, la sucesión de transformaciones nacionales es una épica cuyo héroe es el pueblo, que se desprende, en la primera transformación, del yugo colonial y construye una nación. Sin embargo, permanecen otras servidumbres: en la segunda transformación el pueblo se sacude las tinieblas de la religión mientras que en la tercera se rompen los privilegios de los hacendados para fincar los derechos sociales. Ya se sabe, se postula que la cuarta transformación derrotará a la corrupción. De nuevo, es parte de la reconstrucción racional de la historia de México asumir que cada transformación postulada implica un logro de amplias repercusiones que se objetiva en una constitución. Esto es claro si se enfatizan las discontinuidades. En la independencia la constitución de los “fundadores” (Morelos, Hidalgo) existió como proyecto, nunca como realidad y cuando al fin hubo una, la de 1824, generó disputas de larga duración. Aún más, los primeros hacedores del país sostenían las tradiciones políticas medievales, estaban bajo las enseñanzas de Tomás de Aquino o Francisco Suárez, mientras que en la época de la Reforma los autores eran otros, opuestos a los ya citados: John Locke, Benjamín Constant o Sismondi. Hoy, la cuarta transformación se posiciona como opuesta al “neoliberalismo”, aunque el uso que hace de la palabra sea más bien como símbolo de un monstruoso opositor antes que el resultado de una meditada reflexión económica. ¿De verdad la “austeridad republicana” es antoneoliberal? La izquierda mexicana generó, durante el “periodo neoliberal” abundante bibliografía contra las políticas de austeridad de Miguel De Lamadrid. Virginia Aspe Armella, en su “Los dilemas políticos de las transformaciones de México” (Tópicos. Revista de filosofía 58 ene/junio (2020)) trata de probar que el ideario filosófico de la cuarta transformación es anarquista, con raíces en Fourier antes que en Marx. Entonces. “el estatismo con el que ahora se opera se irá desplazando hacia las autonomías de las comunidades regionales”. ¿Quizá por eso el énfasis en que sean los Estados locales los que asuman el problema financiero de las universidades estatales? ¿Tal vez reside ahí el impulso a la creación de cien universidades a lo largo de las diferentes regiones del país? ¿Es esa la explicación de la hechura de carreteras sin medios ingenieriles sino con la pura astucia del pueblo? Aquí cabe recordar que, si de utopías se trata, los mares de limonada y el sexo ilimitado prometidos por Fourier, mucho más propios de una radical utopía de la abundancia, calan hondo en las fibras íntimas de los laicos, mientras que las políticas de austeridad y vida frugal de una reiterativa utopía de la miseria son parte de los sueños de todos los creyentes. Ahora bien, se ha mencionado que la narrativa histórica de López Obrador es una reconstrucción racional, es decir, una historia teleológica, o filosófica, cuyo movimiento secreto es el espíritu de los pueblos. Tal posición es idealista, como idealistas son todos los marxistas agazapados bajo palabrería materialista. Desde el realismo filosófico la historia no tiene sentido, ni guía, es aleatoria. He ahí una distinción fundamental. ■

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