Lecciones de la pandemia

Lecciones de la pandemia

Hace casi un año, cuando en México comenzó la Jornada Nacional de Sana Distancia y el cese de actividades productivas y comerciales no esenciales por la pandemia de Covid-19 en el mundo, un pesado manto de incertidumbre se tendió sobre la mayoría de la población en todo el planeta. Nadie sabía, a ciencia cierta, que sucedería, porque los especialistas decían que la presencia del coronavirus SARS-CoV-2 se prolongaría algunos, tal vez muchos meses, mientras otros aseguraban que el Covid-19 había llegado para quedarse.

Mucho se especuló sobre el origen del nuevo virus. Algunos investigadores lo atribuyeron a China y sus tradiciones gastronómicas; otros se atrevieron a asegurar que había sido creado en laboratorios farmacéuticos, ávidos de un fuerte impulso para acrecentar sus siempre fabulosas ganancias. Otros sospechaban que se trataba de un arma de guerra bacteriológica para instaurar un nuevo orden económico y político mundial.

Futurólogos y analistas de todo jaez se apresuraron a lanzar personalísimas interpretaciones sobre lo que debería avizorar la humanidad. De entre toda aquella masa de desordenadas especulaciones, una verdad se abría paso poco a poco: fuera lo que fuese, la llegada del extraño virus era una advertencia de que la humanidad debía cambiar radicalmente su forma de vida.

Filósofos, historiadores, científicos y sabios ya desde hace mucho proclaman que el planeta no puede soportar más agresiones ni depredaciones. El calentamiento global, tormentas de lluvia y nieve totalmente atípicas, fuera de tiempo y lugar; incendios forestales, sunamis, desgajamiento de cerros, aludes, hundimientos de tierra, fracturas geológicas, sismos de gran magnitud, devastadoras inundaciones, todo aquello que genéricamente se ha denominado como “furia de la naturaleza”, ahora tan frecuente, parecen gritar al mundo que se acerca a una inmensa hecatombe.

Cuando a la humanidad el Covid-19 ya le ha arrebatado más de 2 millones 140 mil vidas, tiende a consolidarse la idea de que los terrícolas debemos modificar radicalmente una buena parte de nuestras costumbres, so riesgo de sucumbir ante la actual u otra nueva forma de castigo.

En el trabajo ya se configuran cambios radicales. El teletrabajo es nueva realidad para muchas empresas, desde pequeñas hasta grandes consorcios. Algunas ya caminaron un buen trecho, mientras otras procuran adaptarse totalmente a la modalidad impuesta por las circunstancias. La burocracia administrativa en las empresas privadas y en los aparatos de gobierno tenderá a reducirse, no solo por los intentos de frenar avances de la pandemia, sino por las enormes y múltiples ventajas que representa el cibertrabajo.

Las nuevas formas de producción online traerán aparejados cambios sustanciales en las relaciones laborales. Los sindicatos serán mermados en número y poder, porque las contrataciones de personal sufrirán cambios sustanciales. Al reducirse la jornada presencial, serán innecesarias grandes oficinas, y por lo tanto, grandes edificios. ¿Qué será de los rascacielos, de los majestuosos centros financieros y de negocios? Al hacerse vía internet la mayor parte de las transacciones, ¿será necesario mantener los viajes de negocios, y por ende, los hoteles de gran lujo serán rentables? También las formas de movilidad dentro de las ciudades y hacia el extranjero se reducirán.

En los hogares también habrá modificaciones tan radicales que quizás deban incluir espacios laborales y aulas de estudio. El comedor familiar volverá a ser usado diariamente. Ahora padres e hijos desayunan, comen y cenan a la misma hora. La escuela, igualmente, no volverá a ser como la que predominaba antes del 2020.

Visto así, el futuro puede ser bastante difícil para mucha gente, mas también podrá ser mejor si gradualmente se avanza hacia la era de la plena digitalización del quehacer humano.

En la coyuntura actual, con un desplome económico generalizado en todos los países, con la excepción de China, la “nueva normalidad” se ve bastante más complicada en latinoamérica, donde según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, los 33 países que la integran sufrirán caídas promedio de 7.8 por ciento en el producto bruto interno. México no está tan mal como la mayoría de los países de la región, pero su crecimiento, que según los más optimistas presagios alcanzará el 4 por ciento en 2021, será insuficiente para contrarrestar las pérdidas sufridas el año pasado.

Cualquiera que sea el futuro, una certeza debemos abrigar: el mundo, y cada uno de los seres que lo habitamos, debemos cambiar, superar la mezquindad de los egoísmos; vencer la avaricia, las enfermizas ansias de poder, la corrupción y las conductas perniciosas y delictuosas. Sólo así podremos ser mejores y restaurar nuestro mundo. ■

*Director general del Issstezac

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