Administración, política y vida cotidiana en el Zacatecas tardío colonial

Administración, política y vida cotidiana en el Zacatecas tardío colonial

Entre las principales funciones de los cabildos novohispanos estaban las de recabar las alcabalas, vigilar el abasto del que se surtía la ciudad de otras partes, su administración en los pósitos y alhóndigas, cuidar el precio de la carne y la existencia de vino (de mesa), y todos aquellos asuntos de interés público.

Durante los tres últimos lustros del siglo de las luces, doscientos años después de que Pedro de Valencia escribiera sus Relaciones…, seguramente la ciudad de Zacatecas había cambiado, pero, no obstante, la minería con sus alzas y bajas, al lado del comercio seguían siendo las actividades principales de sus habitantes. La traza urbana con sus calles, plazas y templos se conservaba en lo fundamental, con algunas modificaciones y nuevos edificios y residencias. Los barrios o pueblos de indios con su población flotante según las bonanzas y crisis mineras, fenómeno que también repercutía en la movilidad de la población, seguían existiendo; algún panteón y otro hospital cambiaron de lugar. El antiguo templo de San Francisco se incendió y se edificó uno nuevo en la vecina villa de Guadalupe, junto al mismo, dependiendo de la misma orden seráfica, se fundó al despuntar el siglo de las luces, el Colegio de propaganda fide.

Como parte de la vida cotidiana y de la cultura material ocurrían un sinnúmero de acontecimientos, unos más trascendentes que otros. Festivos y amantes de las fiestas paganas en las que se mezclaban la simbología religiosa con las tradiciones y el folclor seculares, en su celebración no faltaban los conflictos entre los zacatecanos.

En 1774, como ocurría cada año en las procesiones de Semana Santa, sucedieron escándalos y pleitos entre miembros de diferentes cofradías. Para evitar o por lo menos calmar las riñas, se integraron “rondas”, que no eran otra cosa que grupos de personas encargadas de vigilar y velar la paz y el orden de la ciudad especialmente por las noches. Los encargados de organizarlas eran los regidores, tanto propietarios como honorarios. Se integraban diariamente durante los días que duraban las festividades y operaban en forma rotativa.

1784, el año anterior a la reapertura del colegio seminario y del establecimiento de las dos escuelas de primeras letras de la ciudad, se caracterizó por una fuerte sequía cuya consecuencia fue la escasez de maíz. El Ayuntamiento por medio de su corregidor y presidente, atendiendo una de las necesidades y preocupaciones cotidianas de la población, “determinó cuerdamente enviar por los vientos donde se creyó no haber escasez, tres comisionados” con la encomienda de comprar y remitir maíz, todo el que pudiesen, “librando para esto 130 y tantos mil pesos que de propios y arbitrios tiene en sí, sin gravar al público en cosa alguna”. Temiendo sufrir calamidades de no conseguir el necesario grano.

Los granos, sobre todo el maíz, necesario para la dieta de los zacatecanos y como forraje para la gran cantidad de mulas que ocupaban en su trabajo mineros y comerciantes, requería para su almacenamiento de un lugar apropiado.

Entrado ya el siglo XIX, previo al movimiento independentista, en 1808, la escasez de maíz como una consecuencia de las leyes que operan en el mercado, mismas que se agudizan en años de sequía, propicio el encarecimiento del cereal. El cabildo informó al vecindario que el precio del maíz fluctuaba entre los 22 y 28 reales, habiéndose comprado hasta en 30 (comprado y expedido). Aunque no llegó a faltar dicho grano, se llegó a vender acompañado de trigo. Los comisionados se vieron en la necesidad de comprar 300 fanegas de maíz nuevo de riego, como una medida de precaución por si llegaba a faltar.

En ese mismo año, pero en otro orden de ideas, encontramos que Zacatecas no era precisamente una ciudad limpia. En calles, callejones y plazuelas se acumulaban basura y charcos de agua hedionda. Proliferaban además muladares. Para darle otra imagen a la ciudad y fomentar la higiene entre sus moradores, a quienes tiraban basura o mantenían el frente de su casa sucio, el Ayuntamiento acordó la multa de seis pesos, o 3 días de cárcel a quienes no podían pagar, ordenando su aplicación a los alcaldes ordinarios y de cuartel a fin de evitar la suciedad de las calles.
Referencias.

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