Desde Chile. El derecho de vivir en paz

Desde Chile. El derecho de vivir en paz

La Gualdra 461 / Río de palabras

 

 

Hace un par de días atrás escuchaba a Bob Dylan en el computador: “Vi diez mil oradores de lenguas rotas / Vi pistolas y espadas en manos de niños pequeños / Y es dura, dura, dura / Muy dura la lluvia que va a caer”. Desde entonces han pasado dos mil días. Son largos los días en Santiago de Chile. Hace dos días la Navidad estaba escondida detrás del presidente, que anunciaba un veto a la ley que le daría plata a la población (su plata, de sus propios ahorros para poder sobrellevar la pandemia económica), ahora se escucha el trineo del viejo pascuero, el Santa Claus chileno, a dos cuadras de mi casa; son cortas las horas y los meses en Santiago de Chile.

“Es tan corto el amor y tan largo el olvido”, Neruda, en una frase que será escrita cada vez que alguien la lea o recuerde, o Margaret Atwood, rock star a sus 80 (“El cuento de la criada”) diciendo: “Escribir es un acto de esperanza”, entonces ahora escribo una carta abierta a esa esperanza que es tan solitaria. Estoy escribiendo para un diario que está tan lejano en kilómetros terrestres y desde entonces mis uñas han crecido una barbaridad.

Hace casi exactamente un año atrás la sociedad chilena estalló en las calles, el sistema económico que ordenaba nuestras vidas, quizás el más neoliberal de los sistemas en América, quizás el más brillante y capaz, había desbordado un río, el río que conduce los más profundos sentimientos de injusticia. Habíamos estado mirando desbordados, pero no lo sabíamos, cómo el 1% de la población se llevaba el 90% de los recursos, y sí, es cierto, había televisores y autos y equipos de toda clase en nuestras casas, pero los meses estaban inundados de deuda en el caudal de ese mismo río, los estudiantes deben trabajar para costear sus estudios, la salud es aberrante y las jubilaciones insólitas y abrumadoramente distantes del valor de la vida media.

Quizás algo sepa el mundo que Chile es el experimento de los Chicago Boys, tiernos maestros del Excel del nuevo mundo, que al amparo de la dictadura formaron en Chile torrentes de capital debido al torrente de la inequidad. Pero a pesar de que el panorama suene triste, hay esperanza. Precisamente esa es la esperanza, ahora sabemos que la tristeza y la injusticia ahogan a un mar de gente y que esa gente se rebela frente a la tristeza, y el desamparo y la depresión (Chile fue durante los últimos años el país con mayor índice de depresión, de tristeza), no era depresión dijeron en las calles, era neoliberalismo.

Yo salía de Morelia hacia Chiapas el día de la rebelión, y en un video mi hija de 17 años lanzaba con máscara antigases, televisores a una de las grandes fogatas en el centro de Santiago, Chile ardía y mi hija estaba en el mismo lugar en que yo no estaba, yo estaba en México el país más bello para vivir la rebelión, pero al mismo tiempo estaba ahí en la sangre de mi hija, que como miles de su generación saltaron los torniquetes del metro un día antes para dar la fuerza que requiere el choque. Estoy orgulloso, ha pasado un año, pero no han pasado días siquiera, es tan corto el tiempo entre una revolución y la vida. Hoy, hemos aprobado con más del 70% de los votos, una nueva constitución que será escrita por la gente a través de representantes paritarios y incluyentes, los pueblos originarios tienen escaños definidos y vemos cómo el futuro se mueve en otra dirección, han y hemos liberado las aguas de ese río de tristeza hacia cauces de esperanza, y aunque parece que han pasado siglos, recién estamos comenzando. (Entre paréntesis, gracias a nuestros heridos, a nuestros muertos y a nuestros presos, es decir gracias al dolor).

Una canción sonaba en las protestas: “El derecho de vivir en paz” de Víctor Jara, cantautor al que le sacaron las uñas y fue muerto en el golpe de estado de Pinochet: “Nuestra canción / Es fuego de puro amor / Es palomo palomar / Olivo de olivar / Es el canto universal / Cadena que hará triunfar/ El derecho de vivir en paz”. Una canción de esperanza y de paz. Ayer escuchaba a Bob Dylan en el computador y parecía que solo pasaron días desde que Salvador Allende, en el año 1973, horas antes de su muerte dijera, mediante la señal de una radio bombardeada: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.

 

 

 

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