■ Alba de papel Tiempo de mujeres

■ Alba de papel Tiempo de mujeres

El despliegue de especulaciones, a partir de lo que parece inminente respecto a la paridad de gubernaturas para el próximo proceso electoral de 2021, que será votado en los próximos días por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, pone sobre la mesa la importancia de entender la paridad como un principio constitucional contra la exclusión, en un país donde más del 50 por ciento de su población, son mujeres, con una acentuada problemática en sostenibilidad, violencia de género, salud física y educación.

La designación de cuatro damas a puestos clave por el gobierno federal, ha promovido el revuelo acerca del papel femenino en la toma de decisiones, en un hemisferio cultural e histórico, donde las mujeres por lo general nunca ostentaron un poder manifiesto para conseguir un poder público, pues se mantuvieron al margen de tan tortuosa escalada por estar al frente.

Que se sepa –salvo extraordinarias excepciones-, no fue su propósito intencionado destacar en esferas políticas, científicas, económicas o culturales, pues sabían por anticipado que esos espacios estaban destinados a los hombres, y esto era y sigue siendo, totalmente aceptado y esperado por ellos.

Ya sea iniciativa pública o privada, con salarios menores a los percibidos por los varones, las mujeres enfrentan hoy día, por un lado, una reformulación teórica sobre lo dicho por Simone de Beauvoir en el Siglo 20, “La mujer no nace sino que se hace…”, un paradigma que de algún modo ha sostenido el feminismo mundial, y que ante la pandemia se resignifica bajo parámetros e responsabilidad; y por otra parte, en este nuevo Siglo, se le demanda a ese poder femenino, bregar a favor de la vida, la cultura, la salud física y mental, el trabajo equitativo, la familia y el medio ambiente.

Bajo la lupa del poder mediático, en forma temporaria, se habla de la incursión femenina en distintas esferas de la vida pública, de “su tiempo ahora y aquí”, pero olvida reconocer que siempre ha sido su tiempo, porque inefablemente ha permanecido en pie de lucha desde distintas trincheras por hacer una familia mejor, un barrio más seguro, un espacio habitable y con calidad de vida, se ha esforzado por mejorar un producto, vender, trabajar, estudiar, generar riqueza.

Para la mayoría de las mujeres -incluso para quienes ha sido “obsequioso” algún tipo de logro o prebenda-, no ha sido fácil abrirse paso en un ámbito masculinizado, donde no sólo los hombres lo han viciado, sino que también, algunas mujeres que accedieron a él, se mimetizaron bajo la perspectiva de competitividad y liderazgo, impunidad y corrupción, con la ambición única y egoísta, de ganar poder.

De modo, que el tiempo de las mujeres ha existido desde siempre, bajo distintas circunstancias de sobrevivencia y lucha constante por el reconocimiento los derechos de sangre, de libertad y poder sobre su cuerpo y mente, de libre elección sobre sus aspiraciones y gustos, de trabajo y justicia de frente a un futuro incierto.

Esas son las prerrogativas que ideológicamente las han acompañado siempre, pero desafortunadamente, no todas logran salir adelante, porque un porcentaje significativo de ellas, sucumbe a la violencia indiscriminada, a la delincuencia, al abandono paulatino del germen de su grandeza, porque desdeñan su propia fuerza interior y su espíritu transformador.

Quizá la razón principal de este deterioro, sean la ignorancia y la pobreza, que año tras año, las debilita, a pesar de que muchas de ellas, en su mayoría amas de casa y empleadas domésticas aportan casi un 25 por ciento al PIB; muchas más trabajan en la economía informal generando también una riqueza significativa para México, que para muchos ha sido un descuido brutal de las autoridades, la forma de abordar la economía subterránea, que si bien sí reconoce su creatividad, es incapaz de crear esquemas fiscales benignos y una adecuada sistematización de saberes y oficios en toda la geografía nacional.

Al respecto, en territorio zacatecano, sus mujeres son extraordinariamente emprendedoras, combativas, en solitario ante el fenómeno migratorio, van adelante con su arenga de que querer es poder, y no sólo limpian sus casas, sino que siembran y cosechan, tejen y destejen en espera de sus hombres, bailan las danzas que bailaban los machos, conducen taxis y camiones, se abren paso sin cejar en medio de muchas dificultades, son madres, hijas, hermanas, empleadas, profesionistas, ciudadanas.

Este es nuestro tiempo, de trabajo constante y sufrido, por el que otras féminas con poder político y social, deberán transformar con un discurso distinto al varonil, en un intento de dejar atrás la misoginia y el individualismo, para pensar desde la diversidad, en la identidad colectiva femenina para reagruparnos y fortalecernos.

Auguste Comte escribió: “Superiores para el amor, mejor dispuestas a subordinar siempre el sentimiento a la inteligencia y la actividad, las mujeres constituyen espontáneamente unos seres intermediarios entre la Humanidad y los hombres”, que se abogue porque no haya subordinación, sino equilibrio para que prevalezcan la razón y la justicia.

La capacidad de lucha femenina, no tiene límites, tiene a pesar del infortunio, una clara conciencia de que su primera tarea es aprender a protegerse a sí misma, y a ser compasiva y generosa con la causa ajena. Es esa “otredad” sensible la que le otorga un gran poder a la mujer del Siglo 21. Aquí la autoridad de su aprendizaje por la libertad, más allá de la dominación, que en rigor, no sólo se debe a la jerarquía masculina, sino a la autoinmolación que le provoca su falta de educación, quebrantamiento familiar y desconsuelo social.

Que no se olvide que por lo general, es una mujer la que ha de mostrarnos el camino a seguir. ■

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