El real de minas y ciudad de Zacatecas de Pedro Valencia y Rivera de Bernárdez

El real de minas y ciudad de Zacatecas de Pedro Valencia y Rivera de Bernárdez

Según lo describe el cronista Pedro de Valencia1, en las afueras del real minero y ciudad y algunos vecinos en sus propias casas, eran dueños de huertas de verduras y frutas de como duraznos, melocotones, manzanas y peras traídas de Castilla, adaptadas a su clima seco y templado con inviernos fríos que su ubicación de 23 grados en la parte septentrional propiciaba.

Para 1600 contaba ya con 300 casas en su mayoría de adobe cubiertas de tejamanil y cuatrocientas, según lo refiere Valencia en el momento en que redacta sus “Relaciones…”, (1608). Con una traza urbana irregular, pintoresca y caprichosa, a los costados de la calle principal, bordeando el arroyo mismo que atravesaban cinco puentes, se extendía “de norte a sur más de dos mil quinientas varas usuales”2. Pequeñas calles y callejones desembocan en aquella. A lo largo del caserío, se encontraban cuatro plazas, entre las que sobresalía la Plaza pública principal conocida como del “Pirámide”. Cercano a estas plazas un templo (parroquia) en que se practicaban los ejercicios espirituales. Plazas y plazuelas servían lo mismo al comercio que al esparcimiento.

En los suburbios del núcleo de españoles que tenían la categoría de vecinos, se asentaron los barrios o pueblos de indios, segregados estos según su nacionalidad de la que procedían. Los tlaxcaltecas en Tlacuitlapan, los mexicas en Mexicapán, los de Texcoco en el barrio del Niño Jesús y los tarascos en San José y Tonalá Chepinque. Por cierto sería en estos barrios donde entre los años de 1698 y principios del siguiente se examinaría por órdenes de la Audiencia de Guadalajara, a los naturales por parte de los frailes de los conventos a los que pertenecían sus respectivas parroquias, sobre el aprendizaje que tenían de la religión cristiana y del castellano3. Parroquia y conventos formaron parte del obispado de Guadalajara. Las órdenes de regulares o frailes mendicantes, edificaron con el apoyo de patronos y fieles sus propios templos, algunos de los cuales tenían un convento adjunto. Tal cosa ocurrió con los franciscanos que al decir de Rivera Bernárdez, en 1567 fundaron iglesia y convento. Les siguieron los agustinos que tras su arribo en 1576 iniciaron la edificación de su templo en 1600. La siguiente orden en llegar fue la de los jesuitas en 1574. Lo primero que hicieron al llegar a la ciudad fue instalarse en la garita de San Sebastián, con el tiempo establecerían su casa residencia. En 1616 gracias al donativo de don Vicente Saldivar comenzaron con la fábrica material del colegio y el templo. A partir de 1616 fundaron el Colegio de la Concepción que muy pronto fue conocido como “Colegio grande”, ahí enseñaban lo mismo primeras letras, gramática latina en los niveles de mínimos y menores, retórica a los medianos y letras o humanidades y retórica en el nivel de los mayores. Ya en el siglo XVII hicieron su aparición los dominicos, juaninos, mercedarios y carmelitas con templos y/o conventos más modestos.

Dentro de las encomiendas que le dieron a estas corporaciones religiosas fue la de procurar dar la instrucción religiosa y enseñanza del castellano incluida su lectura y escritura a los indios. Fundaron doctrinas a efecto de llevar a cabo su labor catequística. En consecuencia, se repartieron dichas funciones para desempeñarlas en los barrios o pueblos de indios. Así por ejemplo, la doctrina de San José estaba a cargo del clero secular, las de Tlacuitlapan y Mexicapán era administrada por padres franciscanos donde acudían indios, españoles y mulatos, la de Chepinque formada por indios tarascos, era atendida por religiosos agustinos.

Al referirse al carácter y modo ser de sus habitantes, Rivera de Bernardez menciona que: “… pues siendo esta de naturaleza colérica, muy propia de los belicosos ánimos zacatecanos, parece tiene dominio en ellos ocasionando rixas (sic), pleitos y atrocidades…. en esta ciudad siembran sus moradores repetidas discordias, cogiendo por fructo (sic) continuas guerras, e inquietudes”4. Para este cronista, la cuarta parte de las defunciones, obedecían “al violento impulso del acero”. Para ilustrarlo, está el siguiente ejemplo: en Febrero 1793, el Alcalde Francisco de Iparrea, se dirigió al encargado del Primer Regimiento, diciéndole que, “como la ociosidad es la madre de todos los vicios”, estos se encuentran muy arraigados en el populacho, debido a que no trabajan en las minas. Por tal razón proliferan los insultos, embriaguez, rapiña, amancebamientos, riñas y demás escándalos. Con el fin de corregirlos, la autoridad municipal solicitaba que se les enviara a trabajar en las minas según lo dispuesto por el art. 13, título 12 de las novísimas reales ordenanzas, y que se refiere a que los ociosos y vagabundos de cualquier casta y condición se les debe obligar a trabajar en las minas5.

Referencias:
1 Pedro de Valencia, “Relación de Nuestra Señora de los Zacatecas 2, en Humanistas españoles, Pedro de Valencia, Relaciones de Indias, Vol. V, España, 1995, pp. 291-301.
2 Joseph Rivera de Bernárdez, 2Descripción breve de la muy noble ciudad de Zacatecas”, México, Imprenta de José Bernardo del Hogal, 1732, p. 4.
3 Sobre el adoctrinamiento y castellanización como parte del proceso evangelizador de los indios de la ciudad de Zacatecas puede verse el artículo de Leonel Contreras Betancourt, “La enseñanza del castellano y la doctrina cristiana entre los indios de Zacatecas, 1699 y 1730, en Memoria conocimiento y utopía, Número 2, otoño, México 2006, pp. 7-23.
4 Joseph Rivera de Bernárdez., op. cit., pp. 16-17.
5 AHEZ. Fondo Ayuntamiento, serie actas de cabildo. L. 79, fjs. 24-24 v. 1793. ■

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