Emilio decía que mi trazo era así

Emilio decía que mi trazo era así
Emilio Carrasco Gutiérrez (1957-2020). Foto de Lina Carrasco.

La Gualdra 454 / Emilio Carrasco. In memoriam

 

 

Cuando conocí a Emilio, la instrucción como alumnos del Taller de Artes Plásticas de la UAZ se transformó. Habíamos visto la libertad, lo lúdico de trazar e intentar crear, con o sin color, una expresión artística, por parte del talentoso Alfonso López Monreal; nos habíamos acompañado del también maestro serio -tan serio que a veces creo no comprendía la seriedad del trabajo- Alejandro Nava. ¿Qué más podíamos pedir? En ese tiempo, jóvenes y ávidos de conocer el arte y el mundo desde que se origina, no imaginábamos que Emilio sería también un maestro en el arte realmente impactante.

Una y otra y otra vez nos hacía dibujar y dibujar, con la entereza de un catedrático recién llegado de la Madre Patria, quien había absorbido una gran sensibilidad del arte y su forma de nacer desde la amplia religiosidad creativa. Recuerdo preguntarle por qué no debíamos ver el papel cuando dibujábamos, y que Emilio contestara: “Ah, pues porque generalmente tenemos tanto en nuestra cabeza, conocimiento adquiridos, prejuicios y un sinfín de problemas y alegrías, que cuando vemos al modelo o cualquier punto a dibujar y bajamos la mirada al papel o en el futuro al lienzo, las imágenes serán totalmente transformadas en ese preciso momento por tu pensamiento. Y no digo que posteriormente no puedas ver lo que dibujas, pero primero debes dibujar sin prejuicios, sin alteraciones, plasmando de la forma más pura o lo menos alterada posible. Ya después, cuando domines la técnica, ya entonces podrás hacer lo que quieras con ella”. Ese era Emilio. Los alumnos éramos en ese entonces Chicho Pereira, Gonzalo Lizardo, Cuauhtémoc, Claudia y Mirna -de quienes me acuerdo sin problema-, pero había algunos más, perdón por omitirlos…

A Emilio le debo  el sobrenombre del “Duro” porque decía que mi trazo era así, que lo debía soltar más y dejar la tensión para dibujar, para pintar; cuánta razón tenía. Gracias a él y a Ehrenberg -me parece que también participó Huerta-, en alguna ocasión nos andaba cargando la justicia por una exposición que hicimos de rostros, manos y pies en yeso y algunos grabados, dibujos  y pinturas con los que hacíamos alusión al Día de Muertos, en lo que ahora es la Plazuela Goitia. Para esa muestra hice algunos dibujos de mi abuelo con la técnica que nos enseñó Emilio -en la que trabajábamos sin ver el papel-, mi padre los conservó y guardó para él, para su corazón y el mío.

Un día Emilio me dijo: “Duro, ya no vas a ser pintor, tú ya eres más ingeniero que nada, ah, pero eso sí: rescatable en tu crítica”. En en ese tiempo, Emilio compartía conmigo la idea de que a veces los críticos de arte exageraban por más doctos que fueran en la materia. “No solamente les traté de enseñar que fueran buenos artistas o conocedores de arte -aunque sea en su mínima expresión-, para mí lo más importante es que mis alumnos sean buenos seres humanos”, me dijo la última vez que lo vi en su casa en Guadalupe. Feliz de que le visitaran. Ahora estamos tristes de ya no poder visitarle, más sí de recordarle. Fue, es y será un buen hombre: Emilio.

 

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