112007

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Romina siempre estuvo ahí, a quién quiero engañar. Sería como negar el elefante de la habitación, a pesar de tenerlo enfrente y percibirlo con mis órganos sensoriales. Sería tonto mentir sobre esta certeza, quizás de las pocas existentes en mi vida. Romina estuvo ahí, se llevó el revólver a la sien y disparó, pero luego se levantaría para repetir una y otra vez la misma acción, negando y queriendo abrasar su infinitud. Pobre de ella.

Por otro lado, Falina, su hermana gemela y un tanto más carismática (aunque esto es un decir, pues depende de su estado de humor), abraza con mayor alegría su infinitud, sabiendo que lo finito es absurdo: para qué negar al paquidermo si ya sabemos su naturaleza y su buena memoria.

A la segunda la conocí desde antes de que supiera su trascendencia en mi vida. Mi padre solía leernos a mi hermano y a mí, incluso solía hacer teatro guiñol con nuestros juguetes y peluches. No recuerdo las historias, pero sí sé que tenían un fin de entretenimiento —la escena que más recuerdo es cuando estuve enfermo, con fiebre, y mi padre contó una historia a partir de un gato de peluche que mi madre aún conserva. Luego, fui interesándome en lecturas más o menos acordes a mi edad, hasta que de un momento a otro comencé a leer libros más complejos e incluso abstractos.

No sé en qué momento comencé a escribir, quizás si le preguntara a mi abuela materna ella dirá que la escritura es mi parte inherente y que fue un salto natural: solía dibujar y luego esas imágenes se volvieron letras. Ella conserva esos primeros dibujos, como si fueran tesoros —acá es cuando la vuelvo un dragón que custodia tesoros y secretos.

Mi padre se hizo con una computadora, de esas con pantalla de ojo de pescado, y yo solía estar frente a ella, pretendiendo. Tecleaba palabras sin sentido, bromas e incluso insultos; transcribía los mensajes de los productos comestibles, las recetas de cocina de mi madre que solía rescatar de algún programa matutino, las cuentas de mi padre y los mensajes extraños de mi hermano. Tecleaba hasta que de un momento a otro la transcripción dio paso a historias, en las que personajes buscaban instrumentos mágicos y perros escapaban de casa para luego volver y contarle a sus dueños sus vivencias. En un momento, pensé que estas historias venían de los libros que me presentó Falina, que me leyeron mis padres. Me obsesioné saber si éstas provenían de algún lado hasta que un tío, el sacerdote de la familia, me dijo que esas historias venían de mi cabeza.

Escribí un cuento sobre un árbol de cristal en una colina. Sus manzanas reflejaban la luz del sol y las personas creían que eran de oro. El texto fue el favorito de mi padre, incluso lo imprimió y se lo dio a leer a sus amigos. Luego, ya no supe qué pasó con ese cuento y sus copias impresas. Jamás supe si quedó registrado en alguno de los disquetes de mi padre. Luego, me obsesioné con reescribirlo y usaba la memoria de mis padres, pero nunca daba en el punto. Un intento se volvía una historia distinta y así hasta que finalmente me di por vencido. Es imposible escribirlo, siempre que intento hacerlo no es la copia que fue. Así, supe de Romina y comprendí su existencia, la escritura.

Sin embargo, seguí escribiendo, no estoy seguro si lo hacía para que mis primos me leyeran o es alguna imagen que tomé de “It”. No estoy seguro y no importa. Seguí haciéndolo porque quería ser escuchado, pero pronto supe que mi Romina era un desastre. No era la de Poe, Kafka y tampoco los Grimm. No lo era y eso me frustraba. Así que intenté contar historias nuevas con sus voces: si no pude con mi cuento, menos con ellos. Sin embargo, nacieron historias, muchas de ellas destruidas o simplemente olvidadas —la tragedia de las nuevas tecnologías es su impredictibilidad, pues un solo error y la información se borra.

Luego, de un momento a otro, dejé a los muertos en paz y me escribí historias. De todo lo que siempre quise leer y que no había en las bibliotecas familiares. Escribí cómo Dios conversaba con el diablo y se perdonaban, cómo la serpiente verde en lugar de tragar monedas de oro se comía esmeraldas y dejaba un halo de vegetación; y seguí escribiendo, incluso luego de que un profesor de la preparatoria se interesó en publicarme en un suplemento. Uno de mis primeros cuentos los publiqué en noviembre del 2007, unos días después de mi cumpleaños. A diferencia de otros textos, sí tengo respaldo de esa publicación.

Continué escribiendo hasta que, bueno, ahora estoy frente a mi teléfono móvil y reflexiono sobre mi escritura, creyendo que haré un encuentro único, pero en realidad es solo mirar las huellas en la nieve y ver cómo éstas brillan cual manzanas áureas. ■

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