Estados Unidos y la aldea demagógica

Estados Unidos y la aldea demagógica

Los Estados Unidos, y muchos otros países, son arrastrados por el populismo. El descrédito de la política tradicional lleva al poder a antipolíticos que impugnan el statu quo y personalizan la conducción de la cosa pública valiéndose de las redes sociales, las cuales permiten eludir la mediación inherente a la prensa, la radio y la TV. Es el caso de Donald Trump. Pero no nos engañemos: no se trata de que la gente decida. El populista no apuesta por una democracia directa, sino por una representatividad que suprime a otros intermediarios y lo convierte en el único depositario e intérprete de la voluntad popular. Concentra el poder porque monopoliza la representación.

La era de la ira que vivimos propicia esa heterodoxia. Todo aquel que navegue con la bandera antisistémica y un discurso estridente y conspirativo –usualmente impostado, por cierto– crea base social. El caso Trump es aterrador. Un análisis racional lleva a concluir que es lo opuesto a la imagen que le granjeó apoyo electoral y le garantiza la fidelidad de su grey: critica a la élite económica bajo cuyos privilegios se hizo millonario y a la cual, como presidente, favorece con reducciones de impuestos; ataca a los medios por faltar a la verdad desde su talante de mentiroso compulsivo; se proclama nacionalista bajo la sombra de vínculos inconfesables con Putin y de acusaciones de presionar a gobiernos extranjeros para interferir en las elecciones de su país. Pero a sus seguidores no los guía la racionalidad; los mueve una fe ciega que los vuelve propensos a abrazar lo inverosímil.

Para entender las contradicciones que incubaron el fenómeno conviene leer el nuevo libro de Jorge Castañeda, Estados Unidos: en la intimidad y a la distancia (Debate, 2020). Si bien el actual presidente no es objeto de su estudio, la obra exhibe la obsolescencia del pacto social estadunidense y explica cómo la creciente desigualdad y la política identitaria han desconectado al sistema de la heterogeneidad real (pp. 113-147). Fue Donald Trump quien capitalizó esa disfuncionalidad con su proyecto de reavivar la hegemonía blanca. Jorge sostiene que es un problema estructural, no coyuntural o personal. Coincido: aunque desde su vertiente empresarial el establishment no vio con malos ojos al entonces candidato republicano y no pocos magnates respaldan hoy su reelección, las cúpulas intelectual, periodística, política y militar están alarmadas por sus amagos de rechazar los resultados electorales si no es reelecto (acicateado por encuestas adversas, afirma que los demócratas maquinan un fraude electoral en su contra vía el voto postal). Trump embiste contra un modelo democrático ciertamente diseñado para la homogeneidad, sin reformas institucionales que lo acerquen a la realidad, pero su embestida no va al aggiornamento, sino a la restauración.

Abro un paréntesis para calibrar el peligro del antirracionalismo en el escalofriante ejemplo de “QAnon”. Esta expresión conspiracionista, que se sembró hace cuatro años con señalamientos de una supuesta mafia pederasta jefaturada por Hillary Clinton en el sótano de una pizzería en Washington, ha crecido hasta convertirse en una secta cuasi religiosa de alcance internacional. Q, su líder anónimo, envía en cibermensajes crípticos a sus feligreses (unos dicen que es una suerte de whistle blower, otros que es el mismísimo Donald Trump). La marea arrastra llamados a asesinar a Clinton y una hipótesis de que el hijo de Kennedy no murió en el famoso avionazo y está ayudando a limpiar la corrupción del Deep State. Hace días hubo una manifestación en Alemania en la que se pregonó que Merkel es heredera de Hitler, y Trump un ángel enviado del cielo (véanse los reportajes sobre QAnon en The Atlantic).

Hay quienes se preguntan por qué los populistas se niegan a revertir, una vez que son electos, el desquiciamiento y la polarización que suscitan. He aquí mi respuesta: si se comportaran como estadistas y gobernaran racionalmente para todos, desmovilizarían a su base y perderían el control de su partido y su capacidad de detonar ingobernabilidad en caso de emergencia. Sí, sus gobiernos pueden resultar saludables en la medida en que nos muevan a corregir las fallas que dieron origen a la crisis democrática, pero por sí mismos hacen daño. El populismo es intrínsecamente polarizador, incluso en un país de clase media como Estados Unidos: su fuerza emana de la división de la sociedad y de la reivindicación del pueblo contra sus opresores, por lo que es incapaz de procurar reconciliación y armonía. Vuelvo a concordar con Castañeda: el problema de fondo es la desigualdad y la exclusión. Reitero la tesis que ya he pergeñado: estos tiempos de enojo y obnubilación permiten racionalizar la irracionalidad y volcar el fervor en teorías conspirativas que potencian el culto a la personalidad y ayudan a perpetuar en el poder al adalid.

El demagogo no es causa, sino efecto. “Como hemos visto con Trump”, concluye Jorge Castañeda, “de vez en cuando saldrán a relucir los que el mundo podría considerar los rasgos menos atractivos de la civilización norteamericana” (p. 363). El perspicaz análisis de Jorge abre brecha y estimula la reflexión. Yo creo que los viejos estereotipos de Estados Unidos se invierten: su excepcionalismo se vuelca hacia adentro y su estandarización se extiende hacia afuera. Y sospecho que la pulsión de sepultar cualquier vestigio de la Ilustración y globalizar la aldea de la demagogia acecha a la humanidad.

Related posts

Banner Home Videos 578 x 70
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ
¡Suscríbete!
Suscríbete a nuestro Boletín Informativo para recibir las noticias más recientes de La Jornada Zacatecas en tu e-mail
TU EMAIL AQUÍ