La fuga de lo mediato

La fuga de lo mediato

En su blog de Nexos José Woldemberg cargó un archivo titulado “¿Se vale disentir?” el 9/09/2020. Contiene una frase que vale la pena reproducir: “Digámoslo pronto y sin rodeos: la más vil de las personas puede tener razón y el hombre más impoluto puede estar diciendo una retahíla de burradas. Y, sin embargo, el espíritu de cuerpo, el alineamiento inercial, la mecánica de la confrontación, las ansías por mantener una identidad intocada y en el extremo cinismo, las campañas propagandísticas, los intereses mezquinos, empujan hacia un agrio debate sobre las personas y no sobre sus planteamientos”. Desviar, en una discusión, la atención de los argumentos a las personas que los esgrimen es una falacia bien conocida: el argumento “ad hominem”. Esta posee una estructura muy sencilla: si A hace la afirmación p, pero A es vil, entonces se descarta p. ¿Dónde está el error? En la inexistencia de una relación necesaria entre el proceder moral de la persona A y la verdad de sus afirmaciones. ¿Cuál es la finalidad de usar este tipo de argumentación? Provocar respuestas emocionales, mezclar las pasiones con las cogniciones en detrimento de estas últimas. No todas las falacias apelan a los sentimientos, muchas de ellas, como la falacia de “afirmación del consecuente”, surgen de errores lógicos. Pero otras, como la falacia “ad baculum”, utilizan el miedo o, es el caso de la falacia “ad crumenam”, invocan el dinero y la posición social. Una de las bondades de un régimen de gobierno liberal es la indiferencia que pretende establecer respecto a los sentimientos de las personas, por ende, intenta de manera explícita evitar las mixturas de pasiones e ideas. ¿Qué puede tener de malo confundir corazonadas, filias y fobias con razonamientos? ¿no podría ser una manera diferente de aproximarse a lo real? Algunos pensadores, e.g. S. Espinosa Proa, N. Guzmán y L. Villegas “La selva y el concepto” (2019) Taberna Libraria, Zacatecas, México, tras sesudas cavilaciones acerca de las hipótesis de Lucien Levy-Bruhl, Claude Levi-Strauss o Pierre Clastres, creen prudente criticar el imperialismo de la razón para enarbolar las virtudes del pensamiento de los pueblos “primitivos”, a los que por corrección política les denominan “pueblos otros”. ¿Cuáles son los principios de ese pensamiento divergente? Si nos guiamos por las indicaciones de la referencia citada podemos señalar dos afirmaciones clave. Una de ellas estipula que los “pueblos otros” mezclan de manera cotidiana razones y emociones, la otra que la contradicción no les resulta reprochable. Desde este punto de vista la moralidad de una persona tiene mucho que ver con sus argumentos porque razones y emociones son un todo indisoluble. Así, nos dice Guzmán en la página 71: “Los sueños son verdades que deben tomarse en serio. Incluso no solo son verdades, no solo anticipan el futuro, lo que acontece en ellos implica la responsabilidad de sus agentes: se castiga a la mujer cuyo marido ha soñado que comete adulterio; un hombre sueña que alguien lo amenaza y tiene todo el derecho a reclamar a quien lo ha agredido en sus sueños”. Entonces, si alguien es malintencionado, aunque razone bien, sus argumentos deben ser desdeñados porque busca un mal. Pretende, sin decirlo, desde su mala entraña, pervertir una acción, desencaminar un proyecto, subvertir con fines aviesos algo de suyo bueno.Desde esta posición una retahíla de burradas, si son honestas, dichas desde la sinceridad del corazón, deben valer más que mil esquemas lógicos impecables. Espinosa Proa desbroza, con una cita en la página 14, la utilidad de los mitos: “Aunque sea un discurso inverificable que no pretende un carácter argumentativo, el mito está investido de una eficacia mayor aun cuando transmite un saber de base compartido por todos los miembros de una comunidad dada donde, de hecho, puede desempeñar el papel de instrumento de persuasión con un alcance universal”. Parece quedar claro que la defensa de los “pensamientos otros” conlleva una posición: no importa el argumento sino la persuasión, nada de filosofía sino sofística. Esta postura se proyecta en el plano político como rechazo por los gobiernos que no representan las íntimas creencias, aunque parezcan míticas, las prácticas ancestrales, no importa cuán ruines aparenten ser. Ahí donde Woldemberg cree poder discernir principios de aplicación universal para discriminar gobiernos ineficaces de eficaces, los pensadores de la otredad le recuerdan que avenirse a lo universal es un error: lo particular es inabarcable por el concepto. Algo que no se discute en el libro “La selva y el concepto” es por qué, si los “pueblos otros” carecen de Estado y se rigen por la “lógica de la desapropiación”, son una pluralidad de pueblos y no una única comunidad. Si son varios es porque mantienen una identidad a través de sus mitos y prácticas sociales, es decir: el mito une, y lo hace a través de principios sustantivos de vida, aunque sean inverificables. Quienes no creen en ellos abandonan la comunidad, y si son brujos, fundan otra. Tal es el germen del Estado en la concepción antiliberal de Carl Schmitt. No una maquina indiferente cuya eficacia se puede medir, sino una formulación orgánica que hace latir los corazones de sus creyentes. Escapar de eso es volverse moderno. ■

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