Ruelas, subjetivo*

Ruelas, subjetivo*
Julio Ruelas. Implacable. Ilustración para un poema de Amado Nervo. 1901.

La Gualdra 447 / Aniversario Luctuoso de Julio Ruelas

 

 

Puede el Dibujo, según su tendencia, interpretar sus formas tangibles o sugerir los fenómenos del espíritu; y conduce a semejante distinción, no una ligereza de análisis, como parecería a primera vista, sino la consideración de la esencia misma del dibujo artístico. Claro que en este, como en cualquier otro arte, el temperamento es inseparable de la obra, y ella resulta manifestación temperamental: el objeto interpretado presupone al intérprete, y toda imagen se tamiza a través del ojo. La obra artística, pues, denuncia al artista, y de grado o por fuerza ha de mostrarnos este la riqueza de su espíritu, por mucho que la escatime, avaro, o por mucho que que la disfrace, temeroso. La mera reproducción del objeto, con tal de no ser reproducción mecánica, sino reproducción en que una personalidad se revela ya por el procedimiento técnico, y por la afición de arrojar sobre el asunto pictórico luz de alegría, semiluz de ensueño, o bien sombra trágica -cosas todas que contribuyen a adornar el mundo con los atavíos de la mente-, la mera reproducción del objeto, en cuanto llena la condición citada, bastará a acusar, si bien con vaguedad inefable, la orientación de las sordas potencias psíquicas.

Mas hay patente diferencia entre revelar así el temperamento, por medio de la reproducción del objeto, y atacar de lleno el recinto de nuestro “yo” interior. Y vale advertir aquí, que en lo primero, el artista se descubre consciente o inconscientemente, al par que en lo segundo -es decir, cuando el artista no se aplica principalmente a retratar formas, sino que las retrata para combinarlas y sugerir una emoción del ánimo; cuando las formas no son para él la finalidad de su obra, sino el medio, el elemento que lo conduce a una sugestión inmaterial; cuando en vez de dibujar el rostro de un vicioso, dibuje, como Félicien Rops, “el vicio supremo”-, el artista se descubrirá siempre a sabiendas, ya que tal ha sido precisamente su empeño.

Quieren los ignaros que el dibujo se limite a la reproducción del mundo externo, y solo soportan la tendencia subjetiva cuando ella se manifiesta en las representaciones, harto mezquinas e indirectas por otra parte, con que los tipógrafos llenan el sobrante de las páginas: liras entretejidas con lauros, esferas astronómicas que descansan en libros abiertos y sauces que lloran sus hilos de verdura sobre las piedras tombales. Representaciones mezquinas e indirectas que sí podrán sustituir al dibujo subjetivo, pero en la misma proporción en que un signo alfabético, de uso convencional, puede sustituir, en estudios psicológicos, a la definición de un estado anímico.

Porque el dibujo subjetivo no se ha de fundar en convencionalismos, y porque requiere una escena o un individuo, y no un atributo aislado; algo afectivo, y no algo intelectual.

La intensidad subjetiva se amengua con el empleo de figuras convencionales y crece con la falta de ellas. Ellas abajan la altitud del concepto, matan de una vez el símbolo y transforman el arte en un lenguaje de jeroglíficos. (¿Qué valdría ya cualquier catafalco adornado con la cruz cristiana, la guadaña, el reloj de arena -todo convencional-, en parangón con el “Monumento a los muertos”, de Bartholomé, donde no hay un solo detalle inspirado en un convencionalismo de la Muerte y del Tiempo? Ni qué cualquier actitud convencional de ruego, junto a la estatua acéfala de Auguste Rodin. Pues menos intención tendría un dibujo de los instrumentos de tortura que la convulsión dolorosa de un “atormentado” del Spagnoletto; menos la presencia de un misal o de una hostia santa, que el espasmo de un ferviente que se desmaya por el suelo con una plegaria en el corazón). El Dibujo no puede ser convencional.

Y este Dibujo, que hace plástica de lo intangible, no tiene más que recurrir a procedimientos atrevidos; a audacias inusitadas -escándalo y descontento del público burgués-, fundiendo, como en nuevo crisol de mundos, las formas de las cosas y los seres; arrancando a aquellas sus secretos de meditación y de símbolo por el empleo de líneas bruscas, y a estos su dinámica vital por la acentuación, a veces monstruosa, de movimientos y actitudes. Y sucede con frecuencia, en tales dibujos, por transmutación prestigiosa, que los seres se tornen meros detalles decorativos, mientras que las cosas parece como que viven, y quiebran sus imperturbables contornos en un extraño gesto de autonomía y voluntad.

Observad en estos cuadros la vida latente que hay en las cosas; observad también cómo las figuras de los seres, que a menudo resucitan al monstruo mítico o evocan al héroe de leyenda, se denuncian habitantes del espíritu a causa de un vigor técnico, que no solo la actitud, pero también el esfuerzo de la actitud; a causa de cierta emoción inquietante que nos producen y que es muy otra que la emoción puramente estética; a causa de un simbolismo no preparado con personajes y asuntos convencionales, sino con la composición eficaz y experta; a causa de cierta exaltación de gestos, que viene a ser una caricatura hacia lo trágico -no hacia lo ridículo-, como el alto coturno de los actores antiguos que acrece la talla y con ello da majestad. Allí los rostros humanos tienen la elocuencia de una amenaza, y tras sus pupilas, igual que tras las pupilas reales, hay un alma oculta que espía.

Por condesar tales tendencias en sus dibujos y agua-fuertes, por haber dejado una obra de irrealidad material y porque en esa obra domina la tendencia a surgir emociones, es Julio Ruelas un subjetivo, y un subjetivo intenso.

Y no que haya escapado en absoluto al morbo del convencionalismo: él, a menudo hace gesticular un esqueleto ante el asombro de otras figuras de un agua-fuerte. Pero en tales casos no da la sugestión por el detalle convencional; no sugiere pánico por el esqueleto, sino por la expresión de los rostros que lo contemplan; o, al menos, no con el esqueleto en sí: con el ademán del esqueleto. Y logra, a veces, sorprendiendo la influencia extraña de la luz sobre su natural sensible, expresar el pánico hasta por la distribución atinada de luces y sombras. Lo cual no impide que se aminore el efecto emocional del dibujo, porque nunca igualan esas escenas -en las que por fuerza ha de emplear el signo jeroglífico “esqueleto” para representar la idea “muerte”-, a las otras en que los hombres desnudos se derrumban sobre campos de espinas, con testas desgreñadas, con angustia en los ojos, con un estremecimiento que, cuajado en las carnes y como latente, se adivina; o a las otras en que el martirio de la obsesión, de la idea fija y enloquecedora, y la tortura de la conciencia que a sabiendas se abruma con pecados mortales, con tanta sabiduría perversa fueron revelados por Julio Ruelas.

Quien advierta el tratamiento sencillo que Julio Ruelas da a los contornos, harto admirado se quedará de la intención de sus dibujos. Él, según el justo sentir de un crítico joven, no desequilibra proporciones, no alarga figuras. Tampoco desvanece el cuerpo en la obscuridad absoluta, para que el rostro, blanco e impávido, brille como un astro enorme. Y hasta cuando imagina monstruos, su sentido de las dimensiones, que parece molde de creador, lo guía seguro y los monstruos resultan, aunque absurdos por el hibridismo, mágicamente perfectos en la proporción.

Las cosas que la naturaleza crea sola, son nuestro modelo de proporción, y apenas la obra humana, modificando o bien imitando, desfigura las líneas, como en la escultura, como en la arquitectura; y en fuerza de desfigurarlas, el hombre va creando nuevos patrones, hasta que critica a la naturaleza y señala defectos al paisaje agreste. “La naturaleza humana, tal como su creador la hizo y la conserva, en tanto que se siguen sus leyes, es completamente armoniosa”, dice Ruskin.

Y bien: el arte, para ser subjetivo, no necesita romper con las proporciones naturales. Toda figura tiene intención para un ojo educado, sea ser o sea cosa; y toda figura natural, por el hecho mismo de serla, es un conjunto proporcionado y no carente de intención por cierto. Las cabezas de los antiguos mármoles, que son modelo de proporción, tienen expresiones clarísimas: sugieren tristeza o deleite, tortura violenta o placidez del ánima quieto -por mucho que los catedráticos de nuestras aulas no nos lo enseñen así-. Y Julio Ruelas comprendió que la virtud subjetiva de sus aguas-fuertes no requería contornos desproporcionados, y así, para lograrla, bastole su composición, que es su ejecutoria más grande de noble artista.

La obsesión, la muerte, el martirio, la lujuria dolorosa: todos los temores del pecado que han ido paulatinamente emponzoñando el espíritu del cristianismo plácido antes; todas las exaltaciones del pensamiento contemporáneo, a través de las cuales caminamos a una era de nuevo delirio, asfixiados ya por varios siglos de razón; y por sobre todo ello, y asombrándolo de pavorosa manera, las dos alas negras del terror, que acoge maternalmente y amamanta -como el diablo en La Tentación de San Antonio, de Flaubert-, a los siete pecados capitales; el misticismo sensual, el placer en el dolor, el miedo a la muerte, y la fantasía de los cuentos de íncubos y súcubos malignos, y el ambiente de las leyendas grotescas y de las satánicas, fundidos como otros tantos licores mágicos, cantan lúgubremente en el espíritu de Ruelas e informan sus inspiraciones de artista. ¡Y a todas las influye el terror! Y aunque Satán no está presente en las escenas de los cuadros, de lejos obra su química infernal; y las escenas están “poseídas”, y hay pánico en las miradas, y hasta las piedras cobran aspecto inteligente, y los troncos, al modo de los pechos, respiran; y mientras aúllan los canes, enflaquecidos de pavor, derrama la luna su influjo enigmático, se dibujan por el cielo horóscopos saturnianos, y la propia cruz, también como al Santo de la Tebaida, nos aparece proyectando, repentinamente, sobre el suelo, la sombra de dos cuernos enormes!

Julio Ruelas es un torturado. Es satánico, como Baudelaire, y es, como él, aunque de menor intensidad, cristiano negativo. Es lascivo, porque la lascivia es pecado, que si no, sería un amante. No sabe, como el amante, del goce de la fecundidad: su amor es doloroso y estéril: sus sátiros y sus faunos nada tienen de la fuerza primitiva, son meros recursos de ornamentación. Lo que menos hay en Ruelas, es espíritu clásico y temperamento de amante. Julio Ruelas es un torturado y pudo haber dicho, al igual de la Ellida ibseniana -la Dama del Mar-, “horrible es lo que juntamente espanta y atrae”.

 

 

* Este artículo fue publicado originalmente en septiembre de 1908, en el número especial de la Revista Moderna de México [Ciudad de México. Dir. Jesús Valenzuela. Consultor artístico: Jesús Urueta, pp. 12-15] para conmemorar el primer aniversario luctuoso de Julio Ruelas. Actualmente la revista se encuentra en el repositorio de la Biblioteca de México / Secretaría de Cultura].

Julio Ruelas nació en Zacatecas el 21 de junio de 1870 y falleció en París el 16 de septiembre de 1907. El 2020 fue nombrado, por el Congreso del Estado de Zacatecas, como “Año de Julio Ruelas” por el 150 aniversario de su nacimiento.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_447

 

 

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