La catástrofe y el consenso

La catástrofe y el consenso
Zacatecas se verá pronto sumergido en un proceso electoral que podría pasar de ser, además de histórico, parte del problema y no de la solución ■ foto: la jornada zacatecas

Con esta entrega son ocho las participaciones en las que habré de argumentar en el mismo sentido: la urgencia, en la emergencia, de un consenso mínimo, que descanse en la premisa de una necesidad transformada en virtud. Ése es el centro de mis reflexiones recientes, nacidas de una preocupación auténtica, que conforme avanzan las semanas, no hace sino confirmarse. El mundo atraviesa por la peor crisis de la que las generaciones vivas tengan memoria y México particularmente vive este contexto en un proceso político que se ha vuelto desgastante por la polarización de las élites que toman decisiones o inciden en éstas.

Zacatecas se verá pronto sumergido en un proceso electoral que podría pasar de ser, además de histórico, parte del problema y no de la solución. No podemos, ni debemos y menos aspiramos a renunciar a la vida democrática y sus procesos. El contraste nos es tan necesario como lo ha sido siempre, sin embargo, en este momento nuestro estado (el país, el mundo) requiere de una clase política que sepa leer la oportunidad que tiene enfrente para pasar a la historia más allá de la anécdota: sin renunciar a sus banderas, apropiarse todos de la bandera que todos compartimos.

Cualquier lectura de los medios, tanto internacionales, como locales, pasando por los nacionales, permiten urgir este apremio: requerimos de un consenso mínimo, basado en lo posible. Y lo posible es alcanzable a través de la política, en el diálogo, el entendimiento y la gestión de los conflictos, a partir del sentido común: retornar, ahora que no nos quedan muchos caminos, al primario, y éste necesariamente nos lleva a no desgastar más allá de lo exclusivamente requerido en una lucha electoral.

El proceso no carece de importancia, sin embargo, uno que polarice, que por su agresividad e innecesaria violencia mediática y verbal, en medio de un contexto de emergencia social, lleve al asqueamiento de la ciudadanía al punto de agotar su ya minada esperanza en el Estado, no conviene a nadie: menos a los que terminarán responsabilizándose, pero tampoco, por mucho, a los que resultaremos perdedores, pues seremos, lo apuesto, todos (incluidos los que más votos logren para su causa).

Tenemos que exigirnos a quiénes participamos de la vida pública sea en los medios, en los partidos, en la academia, en lo individual o en cualquier institución, redirigir todo el esfuerzo, todo el talento, a evitar que a la crisis de salud y económica se le unan otras crisis: la de las finanzas públicas, una ocasionada por la política, que se agrave la de seguridad y que termine por volverse en una inmanejable crisis social sin precedentes, que termine por complicarle la existencia no sólo al próximo gobierno, sino también a todas las instituciones democráticas, por su ineficacia en la razón misma de su existencia.

En este sentido, culmino con una propuesta: he venido contemplando la idea, apenas comentada con algunos amigos, de iniciar un ejercicio deliberativo que no repare en el proceso electoral y que, desde ya, comience a construir propuestas, proyectos, estrategias y políticas, sin más intención ni pretensión que la anunciada líneas arriba: poner todo lo que podemos aportar en la dirección que nos evite la conjunción de crisis. Estoy convencido de que antes de la catástrofe, podemos llegar al consenso. Apuesto.

@CarlosETorres_

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