Neolengua, doblepiensa

Neolengua, doblepiensa

El mejor de los temas para ejercitar la fantasía es el futuro. Esa terra incognia que aparenta eludir cualquier previsión matemática es contra la que definen sus promesas los políticos de toda laya. Aseverar poder reducir la pobreza, igualar a los distintos, generar riqueza o hermanar a los enemigos son, antes que promesas, profecías. Se les torna verosímiles con la fuerza del verbo, el carisma de los ademanes, la contundencia de la mirada o el estrabismo de los escuchas, rara vez con los números proveídos por un modelo matemático. Ante el arrojo de un mesías ¿qué pueden importar las aburridas expresiones algebraicas? Incluso el sol se vuelve más cálido cuando el líder sonríe. Un modelo de dirigente esclarecido, nato aunque inexistente, es el “Gran Hermano” de Orwell. Calcado a imagen de Stalin, al igual que Emmanuel Goldstein a la de Trotski, el “gran hermano” y su neolengua son auténticos paradigmas de la alienación política y social que se ama a sí misma. O más bien, ofrece una “solución” a la cuestión de la disidencia: convencerlos de la imposibilidad de cualquier salida distinta a la de amar la palabra iluminada de aquel que comanda las riendas de la patria. Pero esto no sin retruécanos y circunvoluciones: el amor nunca es fácil. Winston Smith puede tener fantasías liberadoras mientras cohabita con Julia, imaginar la gran revolución redentora y al sujeto histórico que la hará posible (cap. 10, página 276 de la edición Lumen (2017)), para ser capturado y reeducado en el Ministerio del Amor poco después. Cierto, Smith es sometido a un lavado de cerebro, “ante el dolor no hay héroes, no hay héroes”, cuyo objetivo es destruir su capacidad de razonar y argumentar para que desarrolle el amor necesario hacia su prójimo. La poderosa maquinaría del Estado no reconoce más razón que la suya, ni acepta argumento alguno. Todas las transiciones políticas en América del Sur, ese impreciso territorio que inicia en el Río Bravo y concluye en algún glaciar de la Patagonia chilena, se caracterizaron por construir, o proponer la construcción, de instituciones autónomas del Estado para vigilar su actuar. O mejor dicho, para permitir a las personas la creación de razones y argumentos contrarios a la “verdad histórica” de los gobiernos. Esto significa construir la memoria de los agravios y las penas, ahogadas bajo la estridencia de la unidad absoluta del líder supremo. Winston Smith debe dudar de sí mismo, de su memoria: todo pasado es territorio del partido, el presente es el partido y si hay futuro, será del partido. Por eso la crítica se acalla, la ciencia se liquida, el pueblo, ese pueblo que es el supremo comandante, decide lo mejor desde la atalaya de su visión histórica inapelable. Notemos que “1984” es una novela, si se quiere una novela mediocre. Se desenvuelve en el universo de la ficción, de lo “no operatorio”, de eso que carece de impronta en lo real. Proyectarla sobre el fino tapiz histórico bordado por los historiadores es un error categorial, garrafal, una falacia. Cualquier auténtico líder se abstendrá de manipular los hechos históricos a su conveniencia frente a un público informado. ¿Qué partido político serio expone, en libros y panfletos, una historia teleológica cuya cúspide sea su arribo al poder? Tal manipulación artera de la verdad histórica es impensable en una democracia de ciudadanos informados, conocedores de su pasado y sabedores de las falacias de las especulaciones desbordadas. Orwell agregó un apéndice a su ficción, quizá para darle aires de verosimilitud. Expone en ese apartado la “neolengua”, un dispositivo tecnológico del partido para obstruir cualquier pensamiento. Hay en esta propuesta dos ideas centrales: se concibe el idioma como una tecnología de comunicación, y se identifican lenguaje y pensamiento. Objetivo final de la neolengua es imponer una visión particular y unitaria del mundo así como disminuir la capacidad de imaginar alternativas. Por eso en tal lenguaje se empobrece el léxico, se introducen palabras reiterativas de las mismas concepciones, se modifica el mecanismo de la flexión para constreñirlo a generar sólo palabras proclives a la visión del partido. ¿Acaso Orwell creía que con eso dotaba de credibilidad a su historia? No lo logró, la educación ha incrementado las habilidades lingüísticas e imaginativas de la población, se ha enriquecido el léxico por la mucha lectura y el razonamiento por las abundantes matemáticas. Si concebimos la literatura como una actividad que produce obras que nos retan a pensar de otra manera, podemos desechar sin temor “1984” porque lo que propone es impracticable, una exageración y muestra poca previsión respecto a los avances de las libertades en las democracias contemporáneas. Ya no se tortura a la gente, los gobernantes son prudentes y evitan la propaganda, se abstienen de mentir porque se les revertiría en su contra ese proceder. Ofrecen datos, atienden la evidencia científica, rectifican y aprenden de los errores debido a que existen instituciones autónomas que los supervisan. “No has querido aceptar que el precio de la cordura es la sumisión. Has preferido ser un loco, una minoría de uno solo. Solo la mente disciplinada puede ver la realidad” Sí, solo la mente del militante convencido puede ver la realidad.

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