Amo la rareza de tocarte

Amo la rareza de tocarte

La Gualdra 443 / Río de palabras

 

 

Cogí un libro de la estantería y luego me refugié en un cubículo. Quería sobrellevar la tarde, afuera llovía y no estaba dispuesto a mojarme. Calculé que la lluvia duraría un par de horas, si es que replicaba la de los días anteriores. Pensé en dormir y también en acercarme a alguien para charlar, pero ninguna cara me era familiar. Garabateé sobre una hoja de papel que llevaba en la mano y que en el anverso presentaba una suerte de propaganda de una pequeña cocina que se encontraba si no mal entendía a espaldas de la universidad. Era universitario en aquel entonces y todavía me sentía poeta. Los garabatos exponían alguna idea sobre la soledad y la conjura. Pensé que no podría sacar ningún verso de aquello, pero que no tendría que descartar la consigna si es que la aprovechaba para el discurso en alguna de mis clases de la semana siguiente. Era jueves y mis labores estudiantiles se reanudaban el lunes. Había desayunado muy temprano y el flyer me comenzó a parecer hasta poético. Mi estómago reclamaba un bocado; el soporte casual de mi escritura no me servía más que para construir imaginariamente el menú de la poslluvia siempre y cuando alcanzara las horas hábiles de aquella fonda que se anunciaba como un bistro barato. Bajé la mirada al libro, lo abrí y me di cuenta que no podía explicarme nada: El violín se estremecía, imploraba, / y sollozó de súbito, / tan infantil / que el tambor no se contuvo /. Levanté la cabeza y estiré los brazos hasta alcanzar tus manos del otro lado de la barra. O lo hiciste tú primero y yo reaccioné como si te trataras de un imán. Respondí entonces a tu fuerza y algo nervioso, como el violín, así tus manos a las mías después de tantos años de solo imaginarte. Dijiste que era raro, tocarnos, y asentí. Yo amaba esa rareza, desde la vez que rocé tu aliento y tus ojos de ocurre diciembre se posaron en los míos. No parecía el fin del mundo y sin embargo la prensa lo estaba anunciando como si se tratara de la última novedad en ordenadores. Luego subiste a la bici y me enseñaste tu nombre. ¡Me levanté! / Tambaleando pasé entre las notas / ante el agachado horror de los pupitres /. Volví a coger tus manos, antes de que nos escurriéramos como humo a través de las letras de un viejo poema. Yo sabía que no te podía soltar, que no quería separarme de ti pero no me salieron palabras para decírtelo. También supe que las palabras ya no fueron necesarias porque lo intuiste. Me arrancaste desde la absorta soledad, pedaleaste mientras te miraba, volviste una vez más la cabeza para decirme que nunca te olvidara. Cerré el libro de poemas. Lo devolví a la estantería y salí a la lluvia, porque ningún fin del mundo iba a evitar que te tocara.

 

 

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