La Utopía en el Hogar (18): Política

La Utopía en el Hogar (18): Política

Se cumplen dieciocho semanas de aislamiento y no se ve para cuando cambien los elementos y circunstancias que tienen a la población responsable con el Jesús en la boca, por el disparo observado en la curva de contagios y de episodios letales. Ya se llegó y rebasó la incómoda cifra de 40,000 fallecidos y la otra parte de la población, la que se mueve reptando a ritmo de la inconsciencia, la irresponsabilidad y mala leche, a los que les vale que el ritmo de contagio siga creciendo. Lo peor del caso es que la recua de analfabetas funcionales son los que luego andan de chillones porque, según ellos, no son atendidos con prontitud y eficacia. Como ciudadanos, se ha fallado al proyecto de nación que intenta sacar al buey de la barranca, se ignoró el bienestar de familias y sociedad al idealizar criminales y seguir con la idea que todo lo que hagan las instituciones es deficiente y sin sentido. Por eso han vuelto a las calles el ejercito y la marina armada de México. Qué lamentable. La culpa no es del gobierno sino de la mala hechura que hoy día caracteriza a la sociedad. Si se hubiera hecho caso a las simples recomendaciones que nos dio la Secretaría de Salud, otro gallo nos cantara.

Pero como dicen, no tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre. El proyecto educativo nacional fue demolido por el gobierno después de los episodios lamentables y dramáticos de 1968. Todo con la complicidad de los jerarcas nacionales que nunca tuvieron éxito para sustituir aquel proyecto que iniciara Jaime Torres Bodet, el Plan de Once Años, y que nunca fue sustituido por un proyecto alterno que valiera la pena. Además, casualmente, desde esas fechas se empezó a correr la especie de que muchos personajes de elevada jerarquía gubernamental formaban parte de lo que se ha dado por llamar crimen organizado y que hoy día espantan a todos por su cinismo descarado en su trato con los presuntos delincuentes. Presuntos, porque está visto que el sistema judicial se adaptó para proteger a los malos y clavarles la garra a los contribuyentes.

Las revelaciones que se han estado mostrando las últimas semanas, muestran que no había error en las denuncias del actual presidente cuando era candidato junto a unos cuantos políticos de orientación de izquierda (los menos), unos cuantos patriotas, cuando se luchaba por obtener el poder político; lucha que se remonta a muchos años y que serán lo expertos quienes le saquen hebra a la madeja. Este escrito muestra su rotundo descontento con toda la fosa séptica que ha sido el gobierno de México desde que en 1929 se fundó el Partido Nacional Revolucionario con Plutarco Elías Calles y luego transformado en esa organización política llamada Partido Revolucionario Institucional (PRI) por el general Lázaro Cárdenas del Río. Desde entonces esta agrupación se volvió una especie de cedazo en el que se colaba a todos los que de algún modo mostraban inclinaciones a su desempeño gubernamental, casi siempre condicionada por la capacidad de abyección, por una parte, y por la propensión a la corrupción, por la otra.

Entonces, el concepto de ejercicio y participación en la política casi siempre se identificaba con las malas artes y la grilla desalmada. para muchos fue el vehículo en el que se podía transitar hacia la adquisición de bienes, vidas y haciendas por parte de los “picudos” y la creación de verdaderos imperios basados en la ignominia y la degradación humana. Bajo estas circunstancias, muchos han buscado la solución a este flagelo y casi siempre el resultado final de cualquier lucha de corte popular se embarra ante la inoperancia de los intereses creados de parte de aquellos que ejercen el poder. Algunos se han mantenido bajo los reflectores haciendo y deshaciendo estructuras que los conduzcan hacia grandes negocios particulares, con el consiguiente menosprecio hacia las necesidades de la gente común.

Las repetidas confrontaciones con los políticos hacen dudar no de unos cuantos, sino de todos aquellos que buscan hacerse de un cachito de poder sin importar los medios, casi siempre salpicados de ineficiencia, ignorancia y muchas veces de una estupidez supina, en la que han brillado con luz propia al menos los últimos nueve presidentes de la República Mexicana y sus respectivos gabinetes y equipos de seguidores.

Es obvio que no se puede prescindir del gobierno, porque luego se vuelve un merequetengue político dado el pavor que se tiene a las posturas anarquistas. Pero, evidentemente sí se puede prescindir de los políticos de carrera que tanto han aportado al deterioro de la vida pública. La humilde propuesta de esta columna, aprovechando la postura teórica que busca la construcción de utopías, consiste en un descarte muy simple: que en las elecciones de 2024 no contienda ningún grillo, o político, como usted quiera llamarlo, que haya ejercido un puesto de elección popular o de dirigencia partidista. Una limpieza adicional, sería la de impedir la contienda a familiares y socios cercanos. Entonces se puede aspirar a un fresco desarrollo de una nueva forma de hacer política, acabando para siempre con mafias y “famiglias” que desde sus respectivos nichos han destrozado la vida económica, política y ambiental del país.

¿Se imagina usted querido lector, librar al país de tanta lacra que siente que tiene derechos monárquicos para heredar cotos de poder? Esta posición permitiría que los partidos comiencen a crear los nuevos cuadros que, en el más onírico de los eventos, permitan el diseño de un futuro promisorio para nuestro apaleado país. Ya son quinientos años de desigualdad, hay que pensar en formas de vivir el presente en un modelo de armonía total.
Al tiempo.

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