El Padrón Nacional de Posgrados de Calidad: ¿el fin de las maestrías en el posgrado de excelencia?

El Padrón Nacional de Posgrados de Calidad: ¿el fin  de las maestrías en el posgrado de excelencia?

La publicación de la convocatoria 2020 emitida por el Programa Nacional de Posgrados de Calidad (PNPC) para la renovación y seguimiento de programas presenciales presenta serias deficiencias que de inmediato producen preocupación y suscitan reflexión. Son reacciones que no es conveniente reprimir. En beneficio del posgrado nacional, el asunto merece ser discutido.

Las debilidades de la Convocatoria cruzan vertical y horizontalmente el contenido de la misma. Se pulverizan conceptos básicos y, en su lugar se ofrecen soluciones que solo buscan administrar las carencias. Iniciaremos sacando a la luz problemas “secundarios”, es decir situaciones derivadas de deficiencias profundas.

El PNPC clasifica los programas de posgrado con arreglo a diversos criterios: según el grado, se reconocen programas de especialidad, maestría y doctorado; según su orientación los programas son profesionales o de investigación, y, de acuerdo a los niveles definidos por el PNPC, tenemos programas de nuevo ingreso, en consolidación, consolidados y de competencia internacional. Más allá del criterio de la orientación, las otras clasificaciones informan de una jerarquía que, a su vez, da cuenta de las fases en el desarrollo tanto de estudiantes (avanzando en grados) como de programas (a través de niveles PNPC). En nuestro caso nos interesa el área de programas de investigación.

Se entiende que en el momento de determinar reconocimientos a los programas cada uno de ellos será evaluado conforme al grado que otorgan, el nivel desde cual solicitan ser considerados y aquel al cual aspiran. Los niveles no identifican un grado específico, pero no debieran otorgarse sin tener en cuenta el grado. No es lo mismo un doctorado que una maestría, aun cuando ambos estén considerados como de competencia internacional. Tampoco es lo mismo una maestría consolidada que un doctorado consolidado. La diferencia en el grado exige tratamientos distintos. Los distintos niveles describen la escala de movilidad de un mismo grado. El PNPC no se atiene a estos lineamientos, que son los suyos propios. Veamos.

1. El proceso de selección de estudiantes es abiertamente desprolijo. No atiende a diferencias de grado, ni tampoco especificidades de orientación o de niveles. Ya se trate de un programa de doctorado de competencia internacional o uno de nuevo ingreso, ambos están sujetos a los mismos requisitos. Además, sitúa en un mismo nivel requisitos como el curso propedéutico y otros como la entrevista, tal si fueran equivalentes. Dicho de paso, no se ofrece una definición del curso propedéutico.

2. La integración ideal del núcleo académico se define de acuerdo a la proporción de profesores incorporados al SNI. En cada nivel, las exigencias son las mismas para los programas de doctorado y maestría. Un doctorado de competencia internacional tiene las mismas exigencias que una maestría en ese nivel. Lo mismo para los programas consolidados y en desarrollo. Aquí, la Convocatoria ni siquiera se detiene en consideraciones respecto de la orientación de los doctorados, como si los programas profesionales demandaran el mismo número de investigadores en el SNI que aquellos dedicados a la investigación.

3. Las acciones de movilidad estudiantil y docente tampoco distinguen grados ni niveles. La maestría en consolidación es objeto del mismo trato en la evaluación que los doctorados de competencia internacional.

4. Tampoco se distinguen grados ni orientaciones en relación con los indicadores de graduación. Si lo anterior es grave, este punto lo es de manera particular. Si las exigencias son similares para cada grado, es simplemente porque no hemos podido definir la identidad de cada uno de ellos. La tesis y la titulación se atienen al perfil de egreso que se espera en cada grado. Homologar los requisitos de titulación informa de la carencia completa de una ruta para el desempeño del posgrado. Los grados dan cuenta de los distintos momentos del quehacer del posgrado y del proceso de formación del estudiante que aspira a lograr niveles de excelencia.

En el fondo, lo que la Convocatoria pone en evidencia es precisamente la ausencia de un marco conceptual con base en el cual abordar el análisis y la evaluación del posgrado nacional. Podemos ilustrar este crítico asunto desde el punto de vista de la relación que la Convocatoria establece (o no establece) entre el doctorado y la maestría en ciencias sociales, con orientación a la investigación, que es el área en la que estamos directamente involucrados.

El llamado Marco de Referencia (MR) de la Convocatoria está abrumadoramente dirigido a la atención conceptual del doctorado. Este grado es definido bajo más de una fórmula, pero no parece abusivo que esas referencias pudieran resumirse en estos términos: el programa de doctorado tiene por objeto la creación de conocimiento original.

La Convocatoria se refiere a esta misión del programa de diversos modos, no siempre precisos. Por ejemplo: se afirma que la “la tesis es un trabajo original de investigación” (MR, p.12). Esta fórmula no descarta que una investigación sobre un viejo tema pueda resultar en contribución de nuevo conocimiento. Sin embargo, no todo trabajo original de investigación resulta en contribuciones al conocimiento. Con todo, luego se corrige y, respecto de las tesis, se postula que debe aportar “una solución original a un problema de investigación”. Sin embargo, tratándose de nuevo conocimiento, no es necesario que la tesis aporte la solución; sino que basta con que aporte a una solución que hasta entonces no encontraba su ruta completa. Se debe tener en cuenta, además, que el proceso de investigación científica planeado de manera original, a menudo termina produciendo resultados inesperados que se traducen en nuevas contribuciones al conocimiento. El “trabajo original de investigación” ha fracasado, pero del mismo modo ha producido una contribución original, o sea, la investigación creativa ha cumplido su papel, porque además ha abierto nuevas opciones al proceso de la ciencia.

Existen en la convocatoria algunos elementos restrictivos del proceso de la ciencia que no es conveniente tomar muy en serio. El llamado a adoptar previsiones éticas y morales es necesario, y es deseable que los programas las adopten en sus procesos de formación. Sin embargo, ese llamado no tiene mayor eco en el plano de la ciencia básica; solo resultan claramente pertinentes en al plano de la ciencia aplicada. No se quiere decir con esto que la ciencia básica sea insensible a los usos de sus resultados, pero esto rara vez depende de la voluntad de sus agentes. Por otro lado, la moralidad, al igual que las nociones sobre el “interés del país” son campos de batalla siempre activos y dinámicos; son evocaciones indefinidas, en constante estado de ambigüedad como resultado de las igualmente permanentes luchas por el poder.

De cualquier manera, seguramente se puede lograr consenso en cuanto a definir la creación de conocimiento como la función específica del doctorado; de ello obtiene su identidad. Y, en cualquier caso, el PNPC ha realizado un esfuerzo serio por ofrecer una respuesta a esta cuestión crucial.

La maestría, en cambio, no recibe atención seria alguna en cuanto a dar cuenta de su especificidad. Más todavía, apenas puede encontrarse una referencia marginal, entre márgenes, no al grado como tal, sino al trabajo de tesis para obtenerlo. Se afirma que “Por lo general, la tesis de maestría y especialidad son el inicio metodológico de la investigación” y que “Las tesis de maestría y especialidad deberán mostrar evidencia que los estudiantes son aptos para continuar sus estudios de doctorado”. (MR, p.12) Esta despectiva alusión merece la calificación de una nota al pié de página, destinada no a avanzar definiciones sobre el grado de maestría, sino a reforzar las ideas que se están expresando sobre el doctorado. Y denota tres cosas: a) una cierta consciencia de que el grado de maestría constituye una fase del posgrado que prepara el doctorado, por lo que es una necesidad para éste; b) la ausencia de interés por abordar seriamente la identidad del programa de maestría, y c) la renuncia, por tanto, a la construcción (o reconstrucción) de una concepción global del posgrado.

El grado de maestría tiene por objeto la formación en los estudiantes de habilidades tanto para la investigación independiente como colectiva. La primera es la condición para una verdadera práctica del trabajo en grupos, el cual, a su vez, contribuirá a reforzar las habilidades individuales. El posgrado, en el plano de las ciencias sociales, enfatiza las habilidades individuales. Empero, en el grado de maestría, al estudiante no se le exige una contribución original al conocimiento. Solo se le exige que domine los requisitos elementales de la investigación. Su ingreso al programa incluye intuiciones muy vagas sobre algún problema que ha animado sus preocupaciones por algún tiempo. Luego aprende a identificarlo correctamente, y adquiere capacidades para formular un protocolo. Toma consciencia de la importancia de las hipótesis y de su carácter provisional, de donde percibe la flexibilidad de su camino. Revisa los conocimientos existentes al respecto, los asimila críticamente, aunque no puede escapar a la influencia de los paradigmas. Se apropia de enfoques y técnicas metodológicas, y logra percibir la importancia del trabajo colectivo en la solución de problemas del conocimiento, gracias a unas atinadas opciones didácticas. Al final del proceso ha logrado apropiarse de todo el material teórico y empírico relevante alrededor de sus preocupaciones temáticas, a tal punto que está ahora en condiciones de formularse preguntas para las cuales todavía no existen respuestas.

No está demás decir que el grado de maestría orientado a la investigación no solamente prepara al estudiante para la continuidad académica en esa formación. El desarrollo de habilidades críticas y creativas también les abre oportunidades para desempeñarse con excelencia en actividades educativas, de consultoría, formulación de proyectos, periodismo crítico y de investigación, movimientos sociales y políticos, etcétera.

Sea ésta o cualquier otra la definición del grado de maestría, lo único cierto es que es imprescindible contar con una. El imposible organizar su quehacer sin referencia a su identidad dentro del posgrado. No se puede definir el perfil del egresado y, por lo mismo, tampoco el entero plan de estudio con el que completará su formación. Se sigue que tampoco es posible una evaluación constructiva de su quehacer.

Pese a ello, el PNPC se apresta a emitir dictámenes sobre los programas de ese grado que son convocados para solicitar el reconocimiento que les permita obtener becas para sus estudiantes. Si carece de criterios para la evaluación, lo único que puede esperarse es la emisión de juicios de valor totalmente arbitrarios por parte de las comisiones encargadas de ello. Es allí donde encuentran su explicación los juicios carentes de fundamento que a menudo encontramos en las evaluaciones. En un contexto como el presente, toda aspiración de justicia y de objetividad es inevitablemente palabra hueca. El PNPC no tiene manera de ajustarse a sus propios postulados.

Un elemento todavía más perturbador se incorpora en la presente Convocatoria. A falta de criterios e indicadores de calidad específicos para el grado de maestría, el PNPC recurre a aquellos que corresponden al doctorado. La maestría es subsumida en ellos. De este modo, no sólo es borrada conceptualmente, sino además, como cabía esperar, también prácticamente de la Convocatoria. Carece de identidad, por lo que no existe especificidad que pueda atenderse. Al ser subsumida en los criterios del doctorado, se decreta automáticamente su incompetencia para ser acreditada y reconocida como posgrado de calidad, puesto que esos criterios no le son naturales. El dictamen subsecuente, o tal vez, preexistente, es que los estudiantes no contarán con apoyo para cursar maestrías de calidad donde experimentar su aventura como posgraduados.

La Convocatoria contiene una poco discreta revisión profunda del posgrado nacional. Está teniendo lugar de modo burocrático, aunque se afirma desde la Dirección del Posgrado que ello es tarea que corresponde a toda la comunidad académica. Es conveniente que la experiencia acumulada entre la enorme masa de profesores que se entregan cotidianamente a la formación de graduados hagan sentir el peso de su propia experiencia en relación a este problema crucial para la educación.

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