Escribir entre muñecas. Entrevista a Maritza M. Buendía

Escribir entre muñecas. Entrevista a Maritza M. Buendía
Maritza M. Buendía. Foto de Ernesto Moreno

La Gualdra 438 / Entrevistas / Literatura

 

 

Desde la publicación de su tesis de doctorado Poética del voyeur, poética del amor (2013), ganadora del Premio Bellas Artes de Ensayo Literario, era evidente que la zacatecana Maritza M. Buendía estaba por convertirse en una de las autoras más prometedoras e impresionantes de las letras mexicanas. Hoy, años después de sus también galardonados libros En el jardín de los cautivos (2005) y Tangos para Barbie y Ken (2012), Maritza nos sigue sorprendiendo con las páginas de su más reciente novela, Jugaré contigo (2018), una obra en la que nuevamente el amor y el erotismo son eje del descubrimiento de sus complejos personajes, que desafían los límites y tradiciones en busca de sí mismos. Indudablemente, páginas imperdibles y también sin precedentes.

 

Michelle Guzmán: Maritza, ¿por qué has elegido el erotismo como centro de tu obra narrativa?

Maritza M. Buendía: Creo que el autor debe dejarse fluir por los temas que le resultan más auténticos, los temas que le resultan más cercanos. He llegado al erotismo y al amor en la literatura un poco por eliminación, porque no me veo trabajando otros temas. Solo me he dejado fluir.

 

MG:¿Cuáles han sido las dificultades para abrirte camino como autora en este país?

MMB: La resistencia es fundamental. Abrirme camino ha sido muy difícil, sobre todo porque vivo en Zacatecas, una ciudad que, si bien es cultural, aún se encuentra en desventaja porque muchas cosas siguen centralizadas en la Ciudad de México. A estas alturas podríamos creer que no es así, pero es falso, casi todo sigue centralizado.

 

MG: El asunto del juego y las muñecas es una constante que vertebra tu obra, ¿qué es lo que representan para ti?

MMB: El juego y las muñecas son muy importantes para mí; representan un espacio lúdico, onírico, simbólico, poético. Conforman una veta que aún se puede explorar desde muchas maneras y que quizá me gustaría seguir trabajando; obviamente, busco el cambio que me permita hablar de ellas siempre de forma diferente. Creo que son símbolos que no se agotan, están ahí y permiten representar el mundo de lo femenino desde toda su carga simbólica y poética. Una muñeca te permite plantear varios juegos. Dentro de mi literatura, me interesa abordar distintos planos, tanto narrativos, como estructurales y enunciativos. Las muñecas permiten acceder a esos distintos niveles que puede llegar a tener una misma historia.

Maritza M.Buendía. Foto de Bien chicles

Maritza M.Buendía. Foto de Bien chicles

 

MG:¿Cuál es la relación entre estos elementos aparentemente inocentes y el erotismo que trasmites con ellos?

MMB: Lo dices muy bien; hay una relación muy evidente entre la muñeca, que es un objeto, digamos, aparentemente inocente y el erotismo. El erotismo juega a construir su significado a partir de polos opuestos; une tanto la vida como la muerte, la guerra y la paz, la inocencia y la perversidad. Se basa en estas diferencias, las pone en tensión para ir elaborándose como el artificio que es. En ese sentido, una muñeca representa esa doble, triple o quíntuple cara que puede llegar a tener el erotismo.

 

MG: ¿De dónde proviene la inspiración para trazar personajes tan entrañables y complejos como Alondra, Susana, la Abuela y Levent?

MMB: Mis personajes de Jugaré contigo surgen un poco de todos lados. Hay en ellos mucho de mí, hay rasgos autobiográficos, pero solo rasgos, porque están ficcionalizados, trocados. En muchos sentidos yo desearía ser como Susana, pero también como Levent, como Alondra o como la abuela; me gustaría ser como cada uno de mis personajes, porque salen de mí, pero ellos se vuelven seres completamente autónomos y yo simplemente voy detrás de ellos.

 

MG: En tus obras futuras ¿seguiremos leyendo rostros conocidos?, ¿tienes la intención de construir un ciclo a través de esas apariciones recurrentes?

MMB: Sí, Michelle, efectivamente; me interesa seguir desarrollando las historias de mis personajes tanto aquí como allá; es decir, la historia de un personaje que no trabajé del todo dentro de alguna novela quizá luego sea materia para desarrollar en otra. Me interesa construir una especie de genealogía, una gran novela en la que se comuniquen todas mis novelas; que mi obra pueda leerse algún día como un mapa, una red o un tejido conformado por todos mis libros. Desde luego, sin que cada uno de ellos pierda su carácter autónomo y autosuficiente. Si alguien desea acercarse a un solo libro, puede hacerlo sin necesitar de los otros.

 

MG: ¿Qué obras o autores consideras referentes fundamentales para entender tu producción?, ¿qué has retomado de ellos y qué has buscado cambiar?

MMB: Tengo una serie de autores que me han ido acompañando a lo largo de los años. Una de las voces fundamentales para mí ha sido la de Marguerite Duras; esa escritura tan poética, eficaz, breve y contundente que ella tiene, ha sido para mí un ejemplo de prosa. No quiere decir que yo escriba como ella, pero sí es alguien que admiro muchísimo. También estoy acompañada de autores como Juan García Ponce e Inés Arredondo; y de filósofos, como Georges Bataille.

 

MG: ¿Cuál consideras que es el mayor desafío de las autoras mexicanas en la actualidad?

MMB: En este momento, cuando el movimiento feminista es tan importante, y es tan justo y necesario, hay que ubicarlo como la bandera de nuestros actos. Apuesto por una literatura escrita por mujeres sin miedo a las palabras, donde nos atrevamos a decir lo que tenemos qué decir con las palabras justas, sin que esto implique la ausencia del artificio literario. Ya no podemos seguir cargando con viejos tabús en la literatura, tenemos que decir las cosas como son. Como mujer escritora, estoy comprometida con eso. Probablemente uno de nuestros mayores desafíos dentro de la literatura sea el encontrar nuevas maneras de escribir el amor y el erotismo.

 

MG: ¿Tienes algún consejo para las nuevas generaciones de escritores?

MMB: Es difícil dar un consejo… en todo caso, solo puedo decir algo muy básico, que creo que ya todos sabemos: lo mejor es leer. Si queremos dedicarnos a la literatura, nuestra pasión debe ser la lectura y solo después la escritura.

 

 

 

 

JUGARÉ CONTIGO

[Fragmento]

Maritza M. Buendía

 

—Amanecí con los senos duros, como si estuvieran llenos de leche. Sí, fue así, tal y como te lo digo: algo en mi cuerpo cambió para siempre. Te digo que no lo sé. Al principio no lo identifiqué con exactitud, solo me dejé arrastrar por las sensaciones. ¿Qué otra cosa podía hacer? Cuando cayó la tarde, al salir del departamento y cerrar la puerta con llave, noté que algo iba a desencadenarse. Algo en el aire, algo en el ambiente era distinto. Como una tibia bofetada en mi mejilla o una suave llamada de atención, recibí de frente un aliento entrecortado. El viento aparecía y desaparecía, envolviendo mis tobillos y rodillas para esfumarse y volver, levantaba mi falda por arriba de los muslos o despeinaba mi cabello. El cielo abiertamente despejado era un desafiante mapa de constelaciones y estrellas. Era necesario abrazar ese cielo. Ni una sola nube enturbiaba el titilar de las estrellas. ¿Te das cuenta? Eso no era normal. Me detuve a contemplar lo redondo y luminoso de la luna. Ahí me quedé por varios minutos sin saber qué hacer ni a dónde ir. No sé cómo ni por qué sentí que me unía a esa luna. Si tuviera que explicarlo diría que esa noche la luna me besó: sujetó mi cintura con sus brazos blancos y con sus manos frías, con sus labios fríos, me besó. Tú lo dirás: quizá fue el viento, una sensación dudosa ocasionada por tanto té de manzana y ginebra. No fue así. Los rayos de luna resbalaban por mi rostro, las estrellas parpadeantes. El viento susurraba, me advertía. Lo cierto es que esa noche se fue la luz en la ciudad y la gente se refugió en casa más temprano que de costumbre. Llegué hasta el puerto con el crujir de los grillos anunciando una próxima tormenta. Era ilógico: a pesar del cielo despejado, advertí una ligera humedad en el ambiente. Mi cuerpo, por sí solo, se abrió camino entre la penumbra de las calles con la luz de luna en la banqueta. Algo quería decirme el viento. Prevenirme, tal vez. Cuando entré a la vitrina alerté los oídos y la mirada. Todo continuaba en su sitio: el secreter, el libro, el agua de la llave, las otras mujeres detrás de su vitrina, iluminadas por la luz de las velas o de los celulares. Me deshice de la falda y del suéter y me envolví en la caperuza negra que dejaste en el banco. Por enfrente, la capa se abría demasiado. Por atrás, la capa era larga, ridícula. La capucha me cubría casi toda la cara. Encima del secreter un antifaz de lechuza de plumas negras y grises. Vestida así, me senté a esperar, iluminada también por una vela. De cuando en cuando, alzaba la vista para observar el círculo de la luna llena que vino a instalarse junto a mí, al otro lado de la ventana. Ningún hombre entró a la vitrina: me observaban de reojo, agachaban la cabeza y continuaban su camino. Con su voz de mujer, la luna me sugirió que no leyera mi libro y yo seguí sus órdenes, perseguí mis instintos durante no sé cuántos minutos. El tiempo se volvió eterno y pegajoso. Mi cabeza se inclinó y me quedé dormida, pero una de las plumas del antifaz cosquilleó mi frente y abrí los ojos. Entonces me vi: era yo la que estaba parada al otro lado de la vitrina o era Alondra que se había apoderado de mi cuerpo. Primero creí que era mi reflejo, que una mala jugada de la luna transformaba el cristal en un espejo. Pronto me di cuenta de mi error: Alondra llevaba puesta la falda y el suéter que me había quitado al llegar. Paso a paso me deslicé hasta la vitrina y me detuve frente a Alondra, ante mí. Al verla, sentí que me veía a mí misma: las dos igual de altas, las cejas arqueadas y pobladas, los ojos negros y dilatados. ¿Qué hacía yo ahí a esas horas? Quise abrazarme, tomarme entre las manos. Apoyé mis dedos en el cristal y Alondra apoyó los suyos. Recargué la palma de mi otra mano y ella recargó su palma. Tocándonos, como si una sutil armonía nos sincronizara, aplasté mi cuerpo en contra del cristal. Del otro lado, Alondra hizo lo mismo. Empecé a besarla, con los labios húmedos y la boca abierta. Pegada a la vitrina, moví mi lengua, di vueltas en redondo para acariciar mis dientes y encías. Yo me besaba mientras Alondra imitaba con una imposible precisión cada uno de mis movimientos. Minutos después, sin soltarme, entreabrí los ojos y distinguí cómo me observaban algunos hombres curiosos. Estaba sola, pegada al vidrio. A lo lejos, me pareció escuchar la risa del viento. En un instante, el cielo se atestó de nubes y la luna se partió en cientos de luciérnagas que se estrellaron contra el piso. Comenzó a llover.

 

 

 

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