No vivimos del aplauso: sin arte y cultura somos estéril polvo del Sahara

No vivimos del aplauso: sin arte y cultura somos estéril polvo del Sahara

¿Qué tan importante es el cultivo de la cultura (valga la redundancia)? Sabemos que ‘cultura’ es toda la actividad humana: las formas de intercambio comercial o las prácticas políticas o las relaciones de parentesco son cultura. Sin embargo, hay una actividad humana específica que logra hacen una síntesis de la totalidad cultural; o en otras palabras: una parte que refleja al todo. Es el arte. El arte logra sintetizar la totalidad de la vida simbólica de la vida humana. Los artistas tienen la virtud de expresar el espíritu de los pueblos y de los tiempos. Por eso, no es casual que se identifique ‘gestión cultural’ con el cultivo de las artes (de todas las artes todas). Por ello, los trabajadores del arte lo son en automático, de la cultura.

El cultivo del arte es indispensable para hacer posible que los homínidos que deambulan las ciudades se conviertan en personas. Desde el arte popular que se gesta en los barrios, la actividad artística académica que indaga nuevos rumbos de creación, hasta el arte de élites que se democratiza en festivales, tiene una función no importante, sino vital, para hacernos personas: agentes capaces de crear y crear-se. Si el Estado no entiende esto, se convierte en un aparato simiocrático: que por omisión, provoca la conversión del hombre en mono (en el mal sentido de la frase). Omisión que causa la pérdida de capacidades creativas, de la imaginación y lo que nos hace humanos: las emociones formadoras de valores. Si el Estado no entiende esto, se convierte en un Estado-fosa.

Los ángeles de la cultura son trabajadores del arte: pintores, actores, escultores, músicos, titiriteros, saltimbanquis, escenografistas, tejedores, alfareros, ceramistas y todo tipo de artesanos. Pero todos, absolutamente todos comen frijoles, carne, verduras, visten, se trasladan y tienen familia: son ángeles con cuerpo y existen como toda persona que va al mandado. Por eso, no-pueden-vivir-del-aplauso. Los trabajadores del arte y la cultura necesitan que se respeten sus derechos laborales. Que se les contrate y se les pague. Se les respete, pues. El 90 por ciento de las actividades artísticas no son lucrativas. Por ello, es esencial que el Estado las asuma como lo que es: actividad prioritaria (no-lucrativa). En otras palabras, debe ser soportada por los presupuestos públicos.

Sin embargo, desde hace 5 años se han venido recortando los presupuestos a la cultura, y en los últimos tres, los recortes han sido miserables. Hay programas que han llegado a residuos del 70 por ciento en menos de 3 años. En el 2020, el presupuesto a la cultura fue de 13 mil 360 millones de pesos, y los fideicomisos se pusieron a temblar por la simple pluma de palacio de gobierno. Y si son 6 mil millones de nómina básica, verán que quedan migajas para financiar los festivales, los concursos de arte, la formación de talentos en municipios, las salas de cultura, etcétera. Por ejemplo, estuvo a punto de desaparecer ‘Alas y raíces’ uno de los programas de formación de públicos icónico, y le regresó el oxigeno gracias a la lucha y cohesión que han logrado los gremios de trabajadores de la cultura. Pero, en un gobierno progresista, ¿los artistas tienen que dar tremenda lucha para mantener un mínimo de existencia a su actividad? De no creerse. Desde aquí aplaudimos al movimiento ‘no vivimos del aplauso’ y hacemos votos para que crezca en la tierra colorada de López Velarde: que el amor enamorado de las parejas pares, incendie los corazones incendiados por los ángeles del arte: los trabajadores de la cultura.

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