Covid 19: contra el azar y la desigualdad

Covid 19: contra el azar y la desigualdad

Haciendo eco de Demócrito, quien dijo que todo lo que existe es fruto del azar y la necesidad, leyendo a Laura Spinney en El jinete pálido. 1918: la epidemia que cambió el mundo, y lo sucedido en la actualidad mientras nos enfrentamos a la pandemia del covid-19, me atrevo a sugerir que el mundo en el que nos enfrentamos a dicha calamidad está sujeto al azar y la desigualdad.

Como lo anunciaba Spinney: es inevitable que se produzca otra pandemia de gripe, pero que mate a diez millones o a cien millones de personas, dependerá del mundo en que surja. El contexto en el que ha surgido el covid-19 es uno en el que el mundo se encuentra más conectado que nunca a nivel social y económico, pero dividido políticamente como no se había visto quizá desde la caída del muro de Berlín, por nuevos muros resurgidos de los más primitivos miedos de nuestras comunidades: los nacionalismos y la xenofobia, aquél, una emoción política promovida desde los liderazgos populistas y ésta como una respuesta a una cada vez más insoportable desigualdad. En lo inmediato, poco podemos hacer para cambiar este peligroso rumbo al que nos hemos encaminado, y por esto mismo, no nos queda sino tomar decisiones responsables con nuestra salud y la de nuestras familias, prevenirnos lo más posible del azar y la desigualdad.

Si bien nos enfrentamos a la difícil tarea de dominar en muchos sentidos al azar, debemos reconocer que el avance en ciencias como la medicina y la estadística hoy nos dan más elementos para defendernos del que ya es el peor mal que ha aquejado a nuestra generación. También podemos utilizar el conocimiento generado por otras desgracias de esta naturaleza. Retomar el texto de Laura Spinney, me parece, es una forma de lograrlo.

Debemos empezar por entender que sí los alcances de Estados de derecho mucho más fortalecidos y capaces se han visto limitados, el mexicano ha tenido que enfrentarse a sus históricas deficiencias con lo que a todas luces pareciera un deterioro reciente en materia de financiación al sector salud (no pongamos fechas y evitemos el debate, dejémoslo para después). Frente a esta realidad y el juego cruel que representa el azar, unido a la profunda desigualdad que arrastramos, las notas de Spinney puede servir para la única defensa más o menos certera que tenemos: nuestras propias decisiones y nuestros propios esfuerzos precautorios.

Si hasta hace unas semanas los encargados del manejo de la pandemia en México no reconocían la eficacia del uso de mascarillas como mecanismo de prevención, los datos de la autora no permiten mucho debate al respecto, cito textual: Un estudio de 2007 mostraba que medidas de salud pública como la prohibición de los actos multitudinarios y la obligatoriedad de llevar mascarilla redujeron la cifra de muertos en algunas ciudades de Estados Unidos hasta en un 50 por ciento. Si, por otro lado, queremos abordar la cuestionable decisión de “concluir la jornada nacional de sana distancia”, Spinney continúa: Sin embargo, el momento de adaptación de las medidas era decisivo. Había que adoptarlas pronto y mantenerlas en vigor hasta después de que hubiera pasado el peligro. Si se suspendían demasiado pronto, el virus se encontraba con un nuevo reservorio de huéspedes inmunológicamente incautos y la ciudad sufría un segundo pico de muertes. Es posible, y parece entenderse así, que el Estado mexicano, incapaz de hacer valer sus propias medidas y enfrentándose a una economía mayoritariamente informal y con tan pocas posibilidades de supervivencia a un sistema de bienestar más bien inexistente, haya decidido culminar con la jornada nacional de sana distancia para permitir un respiro económico, a sabiendas que tarde o temprano se tendrán que retornar a la cuarentena. Sin embargo, la estrategia ha resultado en el peor de los mundos, desde este análisis: sí las medidas de cuarentena (iniciada en marzo y concluida en junio) se cumplieron a medias y en zonas enteras del país ni siquiera se cumplieron, haberlas culminado públicamente y no contar con una lógica regional, ha dado al traste con todo el esfuerzo de más de noventa días y ha causado que a la incapacidad del Estado por obligar al distanciamiento social, se haya unido la renuncia a pretender influir en esto. Parece que toda su estrategia está basada en la garantía de ofrecer una cama de hospital para quién la vaya necesitando, garantía que al ritmo que vamos, terminará agotándose tarde o temprano.
Mejor acostumbrémonos al uso de las mascarillas y pospongamos los actos multitudinarios.

@CarlosETorres_

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