“Me decía que tenía que salir adelante por mis hijos”: Roberto Moreno

“Me decía que tenía que salir adelante por mis hijos”: Roberto Moreno
Roberto Moreno estuvo internado en Jerez y luego en la capital, en el Hospital General de Zona 1 del IMSS ■ foto: miguel ángel núñez

■ Tiene 38 años, reside en Jerez y se recuperó del Covid-19

■ Se contagió de manera comunitaria, pero ignora cómo, porque asegura en el trabajo cumplían medias de higiene, usaban cubreboca

 

El Día del Padre para Roberto Moreno no tuvo el mismo sabor que otros años. Hace más de dos meses y medio que no está físicamente con su esposa e hijos más pequeños, y no los ve más que por video llamada, pero al menos, el mayor de ellos ayer estuvo a su lado y además de regalarle un tímido abrazo en esta nueva realidad, le entregó un presente porque no solamente había que festejar la fecha movible del calendario, sino que había que celebrar también que Roberto, tras días de angustia, venció al Covid.

Hay días que merecen ser borrados de la memoria, pero por más que se le intente permanecen indelebles tiñendo de un tono grisáceo las biografías. El 15 de mayo de 2020 quizá sea uno de esos para la mente de Roberto, porque jamás imaginó que ese viernes sería trasladado del municipio de Jerez a la capital zacatecana encapsulado en una camilla y a bordo de una ambulancia para terminar en el Hospital General de Zona 1 del IMSS, donde en los siguientes días vería las horas más oscuras, pues el virus se había inoculado en su pecho. Tenía Covid.

Roberto tiene 38 años. No es diabético, ni hipertenso. Trabaja en una refaccionaria en el municipio que vio nacer a Ramón López Velarde y que en una primera etapa de la pandemia en la entidad fue el epicentro del Covid. A Roberto se le internó el día 15 de mayo, pero días atrás aparecieron los síntomas: “comencé con falta de aire, me dolía un poco la cabeza y sentía muy dormidas las yemas de los dedos”, recuerda acomodándose el cubreboca blanco que deja visibles sólo los ojos que se ensombrecen bajo la visera de una gorra Jordan de color rojo.

Roberto, narra que al sentir esos malestares fue a una farmacia cercana a su centro de trabajo y la doctora, al hacerle la revisión, le dijo que posiblemente eran síntomas de Covid, por lo que recomendó que acudiera a la Unidad Médica en el municipio de Jerez y después de eso, dice, sintió miedo, pero también incredulidad. Salió de la clínica y fue a otra en busca de una segunda opinión, la cual fue la misma: sintomatología de Coronavirus.

“Llegando a la Unidad Médica móvil de Jerez, los doctores que están ahí me mandan a hacer una radiografía de mi pecho y regreso con ellos y me preguntan que si fumo; la checan con la doctora de urgencias y es ella quien decide que me trasladen a Zacatecas porque traigo los pulmones muy inflamados. El día 15 de mayo, encapsulado, me mandan hacia acá, me reciben en la parte de urgencias y hacen todos los protocolos de aislarme; me reciben doctores completamente cubiertos, me ingresan, empiezan a checar y me hacen la prueba de Covid: dos muestras, una en la garganta y otra por la nariz y me suben a piso como caso sospechoso. Eso fue el 15 de mayo, viernes”.

“El sábado a mediodía sigo presentando los problemas de falta de aire; me ponen en aislamiento, me pasan de sospechosos a confirmados. Ahí permanezco sábado, domingo, y el lunes me empiezo a agravar. Mis pulmones se empiezan a hinchar bastante, la pérdida de oxígeno es bastante. Yo lo compararía, como en broma, como cuando te hacen bolita y quedas hasta mero abajo y jalas y jalas aire y no puedes respirar. En ese momento sentí bastante miedo. Los doctores muy buena onda te dejan tener tu celular para que estés comunicado con tus familiares, entonces cuando pasa eso, yo siento miedo de morir, de ya no estar. Trato de comunicarme con mis hermanos en video llamada y esperando lo peor, quiero que me vean una última vez”.

Fue a partir de ese aciago lunes 17 de mayo, otro día que lacerará la memoria, cuando Roberto comenzaría a vivir las horas más oscuras, pues al no poder respirar y dejar de oxigenar casi en un 50 por ciento, le colocaron una máscara que cada que respira uno, explica, inyecta una fuerte cantidad de oxígeno para hacer trabajar a los pulmones y se empiecen a desinflamar.

“Con ese aparato me quedé ocho horas boca abajo, porque al estar así ayuda mucho a que los pulmones estén trabajando. Me dejaron ocho horas con el riesgo de que si no reaccionaba me podían entubar. Gracias a Dios, las ocho horas las cumplí y ya me estuvieron controlando con medicamento. Pero salí de eso, ya después es pura recuperación”.

“No supe dónde pude
haberlo contraído”
El contagio de Roberto fue de manera comunitaria porque ignora cómo pudo infectarse si en el trabajo, asegura, usaban protección y acostumbraron a estarse lavando las manos, untarse gel antibacterial, utilizar cubrebocas y desinfectar los aparatos que utilizaban. “Sentía que yo tenía todas las precauciones para no poder contraerlo y aun así no supe dónde pude haberlo contraído”.

Fueron dos semanas que estuvo internado en el hospital, pero solamente fueron dos días los de mayor gravedad. Luego, un martes o un jueves, no recuerda con certeza porque la memoria traiciona o ignora fechas cuando el miedo ocupa el calendario, le hicieron una prueba nueva y le dicen que su estado de salud está mejor. “Y el mismo día que me dan de alta, no me acuerdo qué día, me dicen que mi prueba salió negativa”.

Roberto se sintió feliz, pues mucha gente, dice, no ha salido de ahí. Y cuenta que previo a su egreso, “a un chavo” sí lo intubaron y él sintió un miedo “tremendo”, pues temía recaer y tener que ser intubado. Lo único que sentía era eso: miedo. “Cuando me mandan a casa me hicieron la recomendación de que yo podía regresar por dos situaciones, que eran temperatura y falta de aire, de ahí en más me dijo el doctor que no me preocupara”.

Al cuidado de héroes anónimos
Roberto ingresó al hospital con 107 kilos de peso y egresó con casi cinco menos. Aparte del daño ocasionado por el virus, la dieta, cuenta, era normal y bien equilibrada debido a que su situación no era de tanta gravedad como la de otros pacientes. “Comía de todo: bistec, pescado, pollo, sopas; me daban gelatinas, leches, jugos. Una dieta buena. Y una cosa muy peculiar o muy agradable, era que te mandaban una notita dentro de la comida, de la charola, que decía échale ganas, pronto podrás salir de esta, sigue así´ y es algo motivante”.

“También cuando estás ahí, gracias a que te dejan el celular, recibes mucha buena vibra tanto de los familiares, amigos, gente que te conoce. Yo estoy en el ramo de la refaccionaria y muchos mecánicos me hablaban para decirme que no me agüite, que le eche ganas. Es una parte importante porque estando ahí, incomunicado y aislado, te deprimes y tu mente se echa a volar y lo único que piensas son puras tonterías: lo que te puede pasar o qué va a ser de tu familia después de que ya no estés. Porque estar ahí no es nada grato y lo único que puedes pensar es en lo peor. Y el estarte motivando, el estarte dando muy buena vibra es de mucha ayuda”.

“Los enfermeros se portaron conmigo muy bien, diario me preguntaban que cómo me sentía, que le echara ganas, que no me dejara decaer. No los conozco físicamente. Sí supe sus nombres, pero nada más sé su primer nombre. Físicamente, si me los topo en la calle no los voy a reconocer, y me hubiera gustado saber quiénes eran para agradecerles los cuidados que tuvieron conmigo. Porque en serio, mis respetos. Es una vocación muy linda y ellos me mostraron que lo hacen porque están enamorados de su trabajo. Yo no tengo nada que hablar mal de ellos, al contario, gracias. Y si alguno de ellos ve esto, y que ellos sí me puedan reconocer, les agradezco mucho su atención”.

Las secuelas físicas
y psicológicas
El estudio de pacientes curados de Covid-19 ha dejado entrever que las secuelas en el organismo son severas que incluso, la vida pudiera no ser la misma, aunque se busca ya la rehabilitación. En el caso de Roberto asegura que no siente tanta fatiga, lo único que ha notado es que en su respiración hay momentos en los que jala aire sin que él se proponga hacerlo. “No sé si se me vaya a quitar”. Y refiere que cuando corre no puede mantener tampoco el ritmo porque la respiración es deficiente.

Pero dice que la enfermedad le ha afectado más psicológicamente, porque ahora sus cuidados son más extremos y a cada instante se frota con gel antibacterial y a cada rato se lava las manos. “Sí es algo psicológico. Me han invitado a salir y prefiero no hacerlo y esperar un tiempo más”.

“Esto no es un juego. No es un chiste y no es una invención. Esto es real. Yo ya lo pasé y no quiero que nadie pase por esto, porque de verdad es algo muy feo. Te sientes mal, caes en depresión y tu cuerpo no es el mismo, y quien dice que no es cierto, yo estoy abierto a quien me pregunte lo que yo pasé, lo que sentí. Los que no creen, igual y no les pasa nada, pero ellos son culpables de que a alguien más le pueda pasar, no es algo bueno”, recalca Roberto.

Día del Padre en la
nueva normalidad
Cuando el municipio de Jerez comenzó a ser el punto rojo de la pandemia en el estado, Roberto se convirtió por tercera vez en papá. Habían pasado 20 días del nacimiento de su última hija cuando decidieron él y su esposa que ella se iría a casa de sus padres a una comunidad de Villa González Ortega para alejarlas de cualquier riesgo de contagio, ya que ambas pertenecían a un sector muy vulnerable. Pero han pasado ya dos meses y medio y aún no se han visto físicamente, sólo por video llamada, ya que ella continúa allá.

“Me decía que tenía que salir adelante por mis hijos, para que jugara con ellos, para que platicara con el más grande. Es algo motivante, pero a la vez era deprimente, porque cuando mientras tu esposa te recuerda a tus hijos y tú sientes que ya no vas a poder cuidarlos, sí te hace caer en una depresión o en un vacío que no sabes que va a pasar, que no te explicas cómo tu cuerpo va a reaccionar. Al no saber eso, caes en un vacío”.

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