La separación de los autores (I)

La separación de los autores (I)

Unos años atrás, escribí un cuento sobre un abogado y una hembrista. En realidad, la trama es sencilla: el primero es denunciado por acoso sexual por una de sus empleadas y, al enterarse del proceso en su contra, hace gala de una retórica, desenfadada, en donde afirma que las mujeres son, antes que nada y frente a Dios, máquinas para dar hijos, entes inferiores y dependiendes de los varones y quejumbrosas. Por supuesto, la denuncia le obliga confrontarse con otra mujer, la hembrista, quien le acusa de sus acciones y, al mismo tiempo, abusa de su poder para seccionar a varones, a quienes les acusa de ser una plaga y sólo pensar con sus genitales. Al parecer, ambos discuten sobre el papel de los distintos sexos, aunque al final terminar vituperéandose, a la manera de la falacia ad hominem. De todos modos, el cuento pone en balanza estos discursos y se concluye, o más bien el narrador, que en ellos hay un grado de violencia, ejercido contra un tercero.

El cuento jamás lo publiqué, a pesar de haber recibido una mención honorífica en un concurso internacional sobre derechos humanos. Compartí algunos fragmentos, pequeños párrafos, en mis redes sociales. ¡Grave error! Muchos de los contactos me tildaron de misógino, clasista y homofóbico —lo interesante es que muchas de esas etiquetas venían de personas progesistas. En ese ajetreo, terminé peleado, o mejor dicho cancelado por quienes me llamaron de una u otra manera, aunque la etiqueta que recuerdo más es la de hipócrita. Tales epítetos me sorprendieron, pues el texto en sí mismo no plantea mi forma de pensar, sino la de esos personajes insufribles, que son modelos: uno la misoginia y la otra la misandria. Esta comparación, a partir de ciertas figuras, muchas de ellas conducidas por la sátira, quizás malograda, que sintetizan la violencia y el desprecio al otro, por el motivo que sea. No pensé escribir alguna defensa exegética del cuento, el hacerlo implicaba darle importancia a las injurias y renunciar a mi texto, que abrió líneas para debatibles.

En estos días, lo destacable es la agresión contra J.K. Rowling, cuya saga más popular tuvo la virtud de acercar a toda una generación a la lectura. Hace unas semanas, escribió un tuit, en el cual ironizaba el concepto de “personas que menstrúan”, el cual tomó de un artículo que ella misma compartió. En éste se opinaba sobre el futuro de las personas transexuales, posterior a la pandemia del COVID19. Luego, le vinieron críticas y diatribas, incluso de actores que trabajaron en sus proyectos. En general, éstas le describían como una hipócrita y una TERF (Feminista radical trans-excluyente). En su página web, la autora comparte un ensayo exegético, en donde se posiciona política y socialmente, se defiende de los ataques, advierte sus acciones filantrópicas; así como recuerda la violencia y el abuso padecidos. Estos últimos traen a la mesa de discusión también las desigualdades del mundo editorial para las autoras: ella debió esconder su identidad al abreviar su nombre, por sugerencia de su editor.

Las opiniones evidentemente son sobre un tema controversial, el reconocimiento de las personas transexuales, que ha sido motivo, por un lado, de mofa y desprestigio y, porel otro, discutido por expertos y comentaristas, de distintas áreas. Entonces, era esperado que provocaran polémica, más tratándose de una autora con una fuerte presencia pública. Al tomarla como creadora de una saga infantil y juvenil, en donde sus personajes están relacionadas con valores positivos, tales como la hermandad, la amistad y, en un sentido general, el respeto a la vida, se espera que J.K. Rowling tenga una postura similar a los expuestos en líneas anteriores. Sin embargo, su desacuerdo con ciertos puntos no coincide con lo esperado y, en consecuencia, se la ha convertido en blanco de críticas y diatribas. Al analizar cada uno de sus argumentos, desde una visión externa, alejada de la polémica e incluso estableciendo una distancia, ella no ha desestimado, sino más bien evidenciado una discusión dentro del movimiento feminista: la inclusión en él de las mujeres transexuales y transgéneros. Quienes no las incluyen suelen sugerir que las primeras deben formar su propio movimiento para defender sus derechos humanos y su inclusión.

Por otro lado, los lectores y fans de Harry Potter y Animales fantásticos han visto a la autora como miran a estas sagas, razón por la cual no logran empatar la imagen que tienen con la realidad. El desánimo surgido tras la ruptura de la ilusión recuerda, en cierto modo, al proceso de enamoramiento, aunque esta analogía podría presentar sus fallas. Lo cierto es que no han podido o querido separar a la autora de su obra y las miden o han querido medir bajo unas ideas, que han generado esa ilusión.
En las próximas entradas, se abordará el asunto de la separación de los autores.

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