El poder (que gobierna), la ciencia y las universidades públicas

El poder (que gobierna), la ciencia y las universidades públicas

La ciencia, en realidad, nació cuando Galileo le dejó de interesar la autoridad de grandes hombres y fue detrás de evidencia de la cosa misma. Cuando no le importó qué decía el gran Aristóteles o lo que habían decretado las autoridades divinizadas en el Vaticano, sino que intentó observar lo que la realidad mostraba. Así, lo que hizo nacer a la ciencia no fue un tipo de conocimiento o un descubrimiento o una magnífica intuición, sino una actitud: atenerse a las cosas mismas. Esto generó su virtud angular: la crítica. Una voluntad de verdad por encima de intereses del poder político o económico o las tradiciones del pueblo que fuera. No la verdad, sino la voluntad de verdad. Por eso la ciencia se opone necesariamente a todo fanatismo. Los fanáticos (del color que sean) creen que tienen ya la verdad y cierran los ojos a todo pensamiento distinto. El hombre de ciencia no tiene certezas, tiene preguntas. La ciencia es una voluntad de búsqueda: preguntar es buscar. Y hacerlo con el mayor rigor posible. Eso no siempre coincide con la lógica del poder, que también es una voluntad, pero de control y dominio.

Así las cosas, brota una pregunta como flor en medio del pantano: ¿pueden los gobiernos basar sus decisiones en lo que les diga la ciencia? En otras palabras: ¿puede el poder político orientar su gobierno por los dictados de la voluntad de verdad? La respuesta es muy clara: no. Lo que hacen generalmente es un uso instrumental de la ciencia: toman lo que les sirve y desechan el resto. La decisión del político está sentada en una estrategia de hegemonía. Por ejemplo: las ciencias ambientales y económicas, juntas, concluyen que la minería a cielo abierto es una pésima inversión, pero los gobiernos las mantienen (en la pandemia se declaró prioritaria a la minería); que es absurdo abatir mantos freáticos en un contexto de crisis climática y convertirlos en cerveza y coca cola; que es una idiotez tolerar el consumo de comida chatarra en las escuelas de educación básica porque toda la evidencia concluye que no hay ningún beneficio de la población, y sin embargo continúan. En todos los casos, hay medidas técnicas para resolver esos problemas, al igual que los problemas de seguridad o salud. Pero la lógica de los gobiernos no se orienta por la evidencia científica o las rutas técnicas, sino por el poder fáctico de los grupos de interés.

Sin embargo, las soluciones aportadas por las ciencias y las humanidades dan legitimidad a los gobiernos, porque les permite aproximarse a la efectividad de sus acciones. Un fruto de la ciencia y las humanidades (sabias) es la efectividad de la acción. Y esto último es oro puro para los políticos. Así, los políticos se mueven en dos paradojas: entre aquellas que oponen verdad e interés, y la necesidad de conseguir legitimidad. Pues bien, les damos un hallazgo: la ciencia se produce (fundamentalmente) en las universidades públicas. Si no se apoya a éstas, estamos científicamente fritos, en la ruina, el deterioro. Sin las universidades públicas iremos al abismo (nuestro pueblo lo dice de otra manera). Quedamos con una idea: la (voluntad de) verdad nos hace libres.

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