Tiempos precisos

Tiempos precisos

Cuento una anécdota: cada año, desde el 2005, elijo una región o un país para empaparme de su cultura, principalmente la literaria. Este juego me ha permitido conocer regiones y artistas poco leídos o conocidos, al menos en Zacatecas, y, si bien el año inicial lo dediqué a los austriacos, tomando como punto de partida a Elfriede Jelinek, y resultó un fracaso —no demerito a todo un país, sino más bien el experimento no dio los resultados esperados y, en parte, se debió a que no sentía un real interés y por ignorancia a esa edad—, el 2006 fue cuando descubrí a Orhan Pamuk, mi actual escritor de cabecera. La primera novela de él que leí fue Nieve (España: Alfaguara, 2005), narra la ola de suicidios de mujeres a quienes les han prohibido cubrirse la cabeza al asistir a la universidad y el posible triunfo en las elecciones locales de los islamistas, y me pareció brillante, desde los contrastes para abordar un conflicto político hasta las bellas descripciones de Kars y Estambul. En cierto modo, la obra atiende la violencia de un sistema, o una sociedad conservadora, que se niega a las transformaciones culturales: para Occidente, éstas son señales de la democracia y la libertad, en particular la de las mujeres —aunque, en principio, es una prohibición—; para Medio Oriente, prohibir a las mujeres cubrirse la cabeza es un gesto contra la las tradiciones, la religión y la moral y un movimiento agresivo para occidentalizar, en este caso, Kars. Esto es, el ejercicio de la violencia es un medio para llegar a dos fines: introducir nuevas ideas para estimular las transformaciones culturales y la resistencia a éstas para conservar ciertas ideas, que defienden a la tradición. La novela es un ejercicio literario que compara Oriente con Occidente, uno de los temas del autor turco, así como una serie de fotografías de las mujeres, la provincia y las ciudades fronterizas turcas. Los suicidios de féminas son interpretadas como manifestaciones, resistencia y, a falta de un vocablo más apropiado y menos propio de las lecturas occidentales, actos terroristas.

Entonces, es imposible no realizar la comparación entre éstas y las manifestaciones actuales de las mujeres y feministas. En estos tiempos, tan precisos y convulsos, han habido movilizaciones para exigir tanto la solución de casos como estrategias para combatir y disminuir los feminicidios, así como el abuso, las desigualdades y el acoso sexual vividos por las mujeres. A ellas, recientemente, se unieron, al menos en lo local, los estudiantes de al menos siete universidades públicas y privadas de Puebla que se expresaron en contra la violencia —a raíz del asesinato de estudiantes de medicina—; el paro de algunas facultades, tales como Ciencias de la conducta, Humanidades, Ciencias políticas y Artes, de la Universidad Autónoma del Estado de México para que las autoridades universitarias resuelvan los casos de acoso y abuso de profesores, administrativos e incluso de otros estudiantes a las mujeres; y las de médicos, pacientes con cáncer y seropositivos y sus familiares para exigir soluciones para el desabasto de medicamentos. Son tiempos precisos y confusos, el movimiento feminista es la punta del iceberg de todas las circunstancias políticas y sociales de México: ¿hacia dónde vamos? En efecto, hay descontento y cansancio de varios sectores de la sociedad mexicana: los distintos despertares contra la violencia, en sus distintas variaciones. Son, en cierto modo, sus “suicidios” para estimular las transformaciones pertinentes en pro de la paz, a partir de un reconocer los problemas del tejido social. Al contrastar éstos con el discurso del presidente, el combate contra la corrupción y el interés por generar paz, que en realidad está última es la motivación real para cada una de sus acciones, se evidencia que, si bien ha habido avances, no han sido suficientes.

La novela plantea un movimiento de conservadores y la narrativa de estas manifestaciones es, en general, el establecimiento de paz y la búsqueda de certezas para las mujeres (en este caso, detener el feminicidio y el reconocimiento de sus derechos humanos y civiles) y pacientes (la continuación de sus tratamientos). Entonces, al ponerlos en perspectiva, hay variaciones importantes en ellos, originando por supuesto confrontaciones con otros sectores sociales: no nos es ajeno los distintos nombres y comentarios en contra de los manifestantes, que no valen la pena traer a colación, aunque sí sus fines: desprestigiarlos, a través de la burla y, en muchos casos, hasta insultos. Con estas expresiones contrarias y burlesca a las manifestaciones, se evidencia el choque de distintas narrativas — por ejemplo, unas completamente conservadoras, otras ignorantes y unas oportunistas. Lo anterior, el choque de distintas fuerzas, es común y tiene injerencia en el rumbo de las protestas. Una novela, El tren pasa primero (México: Alfaguara, 2005), y una crónica polémica, La noche de Tlaltelolco (México: Era, 2012 [edición especial]), ambas de Elena Poniatowska, narran distintas manifestaciones, una de los ferrocarrileros y la otra de los estudiantes, que terminaron en represión y encarcelamiento de los líderes por el Gobierno.

Estos tiempos precisos, consecuencias del pasado cercano, son relevantes para comprender el presente y, en el mejor de los casos, estimular las acciones futuras de los distintos órganos de gobierno en pro de la paz. ■

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