No da para tanto

No da para tanto
amlo ■ foto: la jornada zacatecas

Sí el crecimiento electoral y renacimiento político de López Obrador confirmaba la tesis de que la dinámica del poder y la comunicación se habían transformado para siempre, sacando de los medios tradicionales el monopolio de la agenda en México, la culminación del proceso político que derivó en el triunfo del actual presidente, pareció darle la vuelta a dicha circunstancia. Desde su victoria electoral, el entonces presidente electo, se adueñó no solo de la agenda, sino del universo de la comunicación pública. A cada mañana no hay tema que se escape, desde tendencias en redes sociales, hasta las columnas de opinión más controvertidas, pasando por asuntos de la farándula, el presidente direcciona el sentido en el que nuestra conversación común habrá de caminar, hasta veinticuatro horas después, en el que confirme, rectifique o cambie el rumbo y volvamos a empezar. Sin embargo, ese modelo del monopolio presidencial de la agenda (a decir verdad, nunca antes visto, ni en las mejores épocas de la hegemonía posrevolucionaria) no solo se ha venido agotando, sino que ha caído en el vicio que pretendió curar: la anulación, desde el lejano poder, del descontento, ante la realidad que lastima y que, frente a ella, el discurso, la retórica o la mera ocurrencia, no hace sino parecer una irritante burla.

Así el presidente y su “ejercicio informativo” se han visto superados por cifras, hechos, reclamos y, en general, la realidad que pretenden desbancar con máximas morales, la falacia de “los otros datos” o dolosas acusaciones de “conservadurismo”, que en el mejor de los casos evidencian una percepción limitada de la realidad y en el peor, una maliciosa intención de polarizar, acusar y enjuiciar desde el pódium más poderoso del país. Los ejemplos más claros de esto han sido los temas, que justamente más duelen a los mexicanos: la corrupción, la violencia y el comportamiento de la economía. Así el presidente ha despertado un debate que no debiera ser, pues más allá de sus expresiones que buscan convertirse en dogmas, no hay pruebas de su éxito en ninguno de esos tres frentes. Ni la corrupción ha desparecido porque él voltee hacia el pasado y se indigne por lo que hoy ignora (o pretende ignorar), ni la violencia ha cesado de crecer, ni parece revertirse la tendencia que le heredaron, a más de un año de su gobierno; y finalmente, sus resultados en materia económica no dejan de ser objeto de debate entre especialistas, no quedando demostrado (por lo menos con el mismo nivel de argumentos) que aquello de no crecer pero redistribuir es el objetivo y se está cumpliendo.

Lo anterior ha venido a demostrar las limitaciones del gobierno para actuar como tal sin desprenderse de la legitimación que le dieron causas, banderas y luchas progresistas, hartas de sentirse ignoradas por gobiernos, que iban y venían. En las más recientes semanas el presidente y su equipo se han visto así mismo tan superados, como lo está todo el Estado mexicano, cada una de sus instituciones y una inmensa mayoría de sus operadores y actores políticos, en cuanto a un asunto que, de entrada, asumo ignorar en su dimensión: la violencia contra las mujeres. Una violencia tan interiorizada, tan normalizada, tan común y a su vez tan dolorosa, indignante y criminal, que hoy nos obliga a una catarsis social en todo ámbito, en todo espacio, en toda persona. Al presidente le ha hecho falta mucha humildad para entenderse parte del problema por el simple y sencillo hecho de no comprenderlo en su justa dimensión y ha encontrado en este, como en cada movimiento que no lo tenga a él en el centro, a un adversario.

Éste y otros reclamos se van acumulando, y ni su discurso, ni sus lugares comunes, ni sus regaños, ni sus mañaneras enteras, no dan para tanto presidente.

@CarlosETorres_

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