La natación en la literatura, algunos apuntes

La natación en la literatura, algunos apuntes

La semana pasada tuve una competencia de natación, nadie se enteró –¿acaso importa mi vida personal si, en efecto, son acciones y decisiones propias? —: nadar es otra de esas pasiones, muy pocos lo saben. Por supuesto, fue una comparecencia de fuerzas amistosa, no era vencer al otro, sino a uno mismo: al igual que otros deportes, en particular el box, se necesita una alta concentración y cada movimiento define el resultado. La última vez que competí fue a mar abierto, después de un episodio epiléptico que me mantuvo en reposo absoluto durante tres semanas: quedé en quinto lugar, un resultado bastante bueno si se cuenta la cantidad de participantes y los asuntos de salud. Sin embargo, qué significa nadar si no un despliegue de violencia, simbólica, en donde estás tu contra el agua, que si te detienes el líquido te atrapará hasta asfixiarte. A diferencia de la anterior, mi participación fue cuestionable: tenía todo para ganar y perdí, no obtuve ni siquiera el quinto, sino el último lugar: no me concentré y detuve el movimiento.

En los deportes, hay una dinámica de fuerza, una hace resistencia y la otra busca romperla: en el fútbol, tanto el soccer como el americano, el balón es el objetivo y los jugadores aplican fuerza para resistir y vencer al otro, aunque uno es notoriamente menos agresivo que el otro; en el box, se quiebra al enemigo mediante golpes, claro que también hay una estrategia; en el golf, por muchos considerados un deporte de ricos, el ambiente resiste ante la fuerza aplicada sobre la pelotilla; y en natación, el cuerpo del deportista aplica fuerza para romper el elemento líquido, que hace resistencia, para avanzar. Por supuesto, no se trata sólo de aplicación y resistencia, sino también de la preparación y concentración, esto último fue mi carencia.

Años atrás, no recuerdo cómo llegué a ella, vi Peaceful Warrior (Dir. Víctor Salva, 2006), una película controversia no por la trama sino por el director, quien fuera juzgado por abusar sexualmente a un joven actor en 1988. La historia, bastante típica y orientada más a la superación personal, trata sobre la falta de concentración de un joven nadador, así como el viaje espiritual para ser mejor atleta. Si bien es genérica, menor y sin una propuesta madura que le avale, la película podría ser inspiradora para muchos, pues evidencia los problemas que cualquiera podría enfrentar al momento de cumplir una meta, en este caso, deportiva. Esta obra es la adaptación de una literaria, Way of The Peaceful Warrior (Dan Millman, Estados Unidos: Hj Kramer: 2006), que conozco más por referencia.

De un tiempo para acá, quise documentarme sobre libros literarios que hablen sobre el deporte, en particular la natación, pues sé de la existencia de cuentos y novelas que hablan sobre el fútbol —Juan Villoro tiene textos sobre este deporte, así como Roberto Fontanarrosa y Tryno Maldonado, aunque no estoy seguro si este último escribe con frecuencia sobre el tema: el fragmento que le conozco es un capítulo, si mi memoria no me falla, de Teoría de las catástrofes. En cuanto al tema en cuestión, leí Corazón de escamas (Rafael Clavijo, España: Maidhisa, 2017), que por alguna razón confundo el título con Las escamas del corazón (Faik Hussein, Provincia: 1972) y Corazón de mar (Mariel Hawley, México: PyDESA, 2018): el primero un bello poemario, difícil de encontrar en estos tiempos, y el segundo la autobiografía de la primer mexicana que nadó por el Canal de la Mancha: esta confusión quizás genere tensión en muchos lectores, más al sugerir una comparación absurda. La novela de Rafael Clavijo es sobre la relación de un nadador y un monstruo, así como las exigencias de su padre para ser mejor y vencer las metas —para ser honesto, la obra, a pesar de ser una de las más vendidas en su momento, no es buena: parte de lugares comunes, el vivir las presiones del deporte y la renuncia, para unirse a la idea de un monstruo que lo asecha en sueños, que ciertamente ha sido comparada, al menos por idea, con La forma del agua. Por el contrario, la obra autobiográfica de Mariel cuenta con mayor honestidad y ofrece un producto poco conocido, para quienes inician con la natación, aunque no es la gran pieza literaria que se espera. Frente a estas dos obras, sin duda, hay otras que deseo resaltar: Los nadadores (Joaquín Pérez Azaustre, España: Anagrama, 2012) y El nadador (John Cheever). En el primero, Jonás es un nadador cuyos padres están divorciados y la madre desaparece, el hijo se da a la tarea de buscarle y a la par descubre no sólo los secretos de familia, sino también los suyos; la novela, con un tono majestuoso y casi onírico, como si fueran brazadas contra una piscina, recorre los distintos cambios del personaje y sus distintas emociones. El segundo, más interesante, relata la historia de un hombre que nada en las piscinas del vecindario, antes de enfrentar el desmoronamiento de su familia, su ser y su casa.

Estas obras son una probada en los labios de la natación en la literatura, aunque considero que es significativo volver, en otra ocasión, sobre el último cuento. ■

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