Feminicidios: respetar, mejor que sobreproteger

Feminicidios: respetar, mejor que sobreproteger

Yo me encargo de lo que suceda dentro de mi casa y que el Estado se responsabilice de lo que a todos nos suceda en la calle, porque darnos orden, paz y seguridad es la máxima responsabilidad del Estado.
Palabras más, palabras menos, esto es lo que se escuchaba con gran frecuencia en pláticas en familia o entre amistades, hace algunas décadas, cuando las grandes ciudades del país comenzaban a ser inseguras.
Hoy, cuando ya en ningún lugar se puede tener la certeza de gozar de la protección necesaria para vivir bien, en paz y con tranquilidad, aquellas aseveraciones se mantienen casi sin cambio, aunque recientemente crece la tendencia a responsabilizar al Estado, la escuela, los medios de comunicación, la crisis económica y, de manera preponderante, a los gobiernos, desde el federal hasta los municipales.
¿Y la familia? ¿Alguien culpa a la familia? Pocos, realmente pocos la culpan. Cuando se nota esta omisión, queda claro que en la percepción del problema algo está mal, porque es ahí, en ese núcleo central de la sociedad, donde radica la esencia del problema.
El tópico público más fuerte de estas semanas y días, es justamente, la proliferación de feminicidios. En promedio, 10 cada día, y además, los asesinatos de niñas y niños, cuatro diariamente.
Hace dos años, la mayoría de los mexicanos tuvieron la esperanza de que la violencia terminaría cuando a la Presidencia de la República llegara Andrés Manuel López Obrador. Hoy la decepción es mayúscula. La violencia no fue contenida y tristemente, en semanas recientes, se enfila más hacia mujeres y menores de edad. Estos hechos son los que más trastornan diariamente la vida nacional.
Es cierto que en el entramado de la violencia y la criminalidad hay factores, como el narcotráfico y la lucha entre los cárteles de las mafias, que de manera ineludible determinan una irrefrenable violencia que diezma a gente involucrada con la delincuencia como a gente inocente y a miembros de las fuerzas armadas, militares o policiacas.
La mayor preocupación se centra en los feminicidios y el asesinato de niñas y niños, porque es algo que a la mayoría de la gente la conmueve, la indigna y la motiva a protestar contra una situación injusta y totalmente irracional. Sí, la violencia homicida y la criminalidad en general son un laberinto, pero no hay laberinto sin salida.
Desde este espacio nos unimos a la lucha de las mujeres, una lucha que no debe ser exclusiva de las feministas en las calles y plazas, sino de todos, porque finalmente no hay quien no haya tenido o tenga una esposa, una novia, una madre o hermana. Mujeres y hombres somos, casi a partes iguales quienes formamos el conglomerado humano, y lo que a unas u otros les suceda, se refleja en la otra parte.
No descarguemos toda la responsabilidad en el Estado, porque el más protervo delincuente, tenemos que verlo tal como es, se originó en una familia, y muy probablemente, la tiene. Es en las familias donde radica la mayor responsabilidad de la actual descomposición social y por tanto es ahí donde debemos hacer los mayores esfuerzos.
El Estado ha firmado tratados internacionales, ha hecho reformas constitucionales, a leyes secundarias, protocolos de actuación; ha creado y reforzado instituciones para proteger a las mujeres, alertas de género, etc. El marco legal quizás sea suficiente, pero… ¡No se aplica! El Estado mexicano también falla, no se puede dudar.
Mas las familias tampoco cumplen sus responsabilidades. ¿No los hijos están horas y horas sometidos a la violencia televisiva o de videojuegos? ¿No seguimos formando a los hijos como machos dominantes o campeones que nunca deben ser perdedores? ¿No seguimos educando a las niñas para que sean hacendosas, serviles, débiles y sumisas, mientras a los niños los educamos para competir, rivalizar, ser fuertes y violentos, “porque esa es su naturaleza”?
Seamos realistas y congruentes. La violencia machista o criminal surge en los hogares y lamentablemente en México tenemos un Estado que ha sido incapaz de contener los ímpetus irracionales y los afanes de tener poder de los malhechores, del mismo modo que ha sido incapaz de regularse a sí mismo y por eso se ha corrompido.
Frenar las tragedias cotidianas es tarea común. No responsabilicemos solo al Estado o a las mujeres que “provocan” a los malos. Cumplamos nuestras obligaciones, respetemos la ley y hagamos que los demás la respeten. Solo así lograremos que algún día niños, niñas, mujeres y hombres no necesitemos ninguna sobreprotección. Respetarnos cabalmente será nuestra mayor protección.

*Director General del Issstezac

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