Sin miedo a las reformas

Sin miedo a las reformas

Hace ya varias décadas se encendieron las alarmas en el sistema pensionario mexicano, siguiendo una tendencia mundial. La pensión, una de las banderas de mayor orgullo del Estado de Bienestar poco a poco fue abatida en diferentes países, incluso en los llamados ricos.

El objetivo de que los trabajadores llegaran a una etapa de descanso con bienestar, al final de su carrera laboral en la que contribuyeron a generar riqueza, a veces no pudo cumplirse cabalmente. Pocos alcanzaron el bienestar planeado y en otros, como México, solo algunas generaciones conocieron esa etapa en la que la seguridad social pudo proteger más o menos bien a quienes se desempeñaban en el sector público o en empresas privadas.

Aquella planeación no consideró el aumento en la esperanza de vida de la gente, lo que incrementó abrumadoramente la población en edad de jubilación. Hoy, cuando en México las expectativas de vida son de 76 años para los hombres y de 79 para las mujeres, se produce un lógico desequilibrio entre la base cotizante y quienes ejercen su derecho a la pensión o jubilación.

Recordemos que México, cuando comenzaba a sentar las bases para un fuerte desarrollo económico, a mediados del siglo pasado, entró a un sistema pensionario obligatorio y contributivo. Entonces no se avizoraron los problemas que surgirían y de circunstancias económicas desfavorables para la implementación de beneficios sociales propios de países con fuertes y sólidas economías.

Paradójicamente, al mejorar la salud pública de los mexicanos, la longevidad aumentó al mismo tiempo que el número de jubilados y pensionados, pero a la vez, disminuyó, por diferentes razones y necesidades, la masa laboral que cotiza en los sistemas federales o estatales de seguridad social.
Aunque el estado de Zacatecas se montó apenas en 1987 al tren de las pensiones, el envejecimiento demográfico lo alcanzó pronto por una deficiente previsión. Se esperaba que las primeras jubilaciones comenzaran a pagarse en 2017, pero como se reconocieron antigüedades anteriores al surgimiento del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales para los Trabajadores del Estado (Issstezac), para 2017 se debieron pagar 3 mil 558. La primera pensión debió pagarse en 2003, cuando en realidad ya se pagaban 869 pensiones y jubilaciones. Desde entonces comenzó la descapitalización.

En el año 2000, se requerían las aportaciones de 18.6 trabajadores para pagar a un pensionado y para 2019 ya solo había 4.8 trabajadores por pensionado. El gran déficit es evidente y crecerá conforme pase el tiempo y se eleve el número de trabajadores con derecho a pensiones y jubilaciones.

Los siguientes datos ilustran con claridad la magnitud del problema: al asumir Alejandro Tello Cristerna la gubernatura del estado, la base de jubilados era de 2 mil 833. Hoy son 4 mil 243, o sea, mil 410 más. Para cuando finalice la actual gubernatura, en 2021, el número habrá ascendido a 5 mil 274 jubilados. De ese tamaño es el reto que ahora enfrenta el Issstezac.

En general, los sistemas pensionarios en todo el mundo enfrentan problemas similares, aun cuando los abordajes son distintos. Sin embargo, como un valor universal deben preservarse las pensiones y jubilaciones, porque es justo que después de una vida laboral productiva, en mayor o menor grado, cada individuo pueda ser remunerado por su empeño para producir riqueza, ya sea en bienes o servicios, para el Estado o para empresas o para sí mismos.

Debe tomarse en cuenta que, al menos en Occidente, la vida casi siempre está enfocada al trabajo remunerado, como forma de existencia. Se estudia un promedio de 18 años para tener alguna carrera técnica o profesional y luego, en el mejor de los casos, se trabaja un mínimo de 30-35 años para lograr una jubilación y después se pasa a retiro, cuando ya se agotaron más o menos dos tercios de vida. Justo es que el último tercio, según las actuales esperanzas de vida, sea para descansar o producir, según los deseos y posibilidades de cada persona.

Por estas razones los sistemas de pensiones y jubilaciones deben reestructurarse, ser reformados con coherencia y actualizados conforme a los nuevos tiempos y modalidades sociales. Todo ha cambiado sustancialmente, varias transformaciones se han dado en todos los ámbitos de la vida humana y en las sociedades. No hay motivos para mantener hoy, a rajatabla, lo que hace más de medio siglo funcionó bien. Las realidades son tan diferentes que los humanos también hemos evolucionado y hoy, por ejemplo, ya tenemos más y mejores expectativas de vida. ■

*Director del Issstezac.

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