Edgar Keret es hombre bala

Edgar Keret es hombre bala

Veamos: “Penúltima vez que fui hombre bala” (Sexto Piso 2019), de Etgar Keret. Ingenioso libro de cuentos con la narrativa a la que ya nos tiene acostumbrados este autor que desde hace unos años viene dando mucho de que hablar. Hay algunos puntos que vale la pena destacar. ¿A qué se va a enfrentar el lector? A personajes cuya transición narrativa supone, necesariamente, el encuentro con otro personaje cuya apariencia puede parecer, en una primera instancia, secundaria, para, conforme avanza la trama, disparar una anécdota distinta de la que como lectores habíamos concebido como principal al inicio de la lectura del cuento.

¿Les suena complicado? No lo es. Para fortuna nuestra, Keret es de los pocos autores de cuentos que se deja leer, no busca tramas complicadísimas que investiguen el origen de de la humanidad. No. Y este punto es una advertencia para los jóvenes cuentistas. En especial para los jóvenes cuentistas mexicanos. Aquellos que antes de aprender a narrar y a contar buenas y sencillas historias, pretenden escribir cuentos a partir de aburridísimos tratados mitológicos, a partir de prosas que ni son poéticas ni son prosas, o bien a partir de conceptos filosóficos que mal copian de Borges y que lo único que consiguen son remedios infalibles contra el insomnio.

Otro punto en “Penúltima vez que fui hombre bala”: hay cuentos que parten de situaciones verosímiles que, sin embargo, se ven atravesadas por un espectro metafórico donde el hombre no deja de enfrentarse a su condición miserable, como en el caso del primer cuento, donde el hombre bala no sólo vuela una vez que ha sido disparado del cañón sino que además lo hace a través de lo qué ha sido su pasado, y he aquí el espectro metafórico al que me refiero.

Keret nos ofrece, además, distintos registros narrativos. Así, por ejemplo, en uno de los cuentos de “Penúltima vez que fui hombre bala” prevalece un tono policíaco donde dos amigos se aventuran a conseguir cannabis medicinal con un abogado, tan sólo para que uno de ellos consiga obtener una sonrisa de una chica, a cambio de la propuesta novelesca del litigante, quien les condiciona el cannabis, lo que da por resultado un final absolutamente irónico y disparatado, tan recurrentes en la prosa de Etgar Keret y tan presentes en este libro.

Aunque el libro pasa de las cien páginas se puede leer, se los aseguro, en menos de dos días, pues la prosa de Keret es entretenida, amena, sabe llevar al lector de la mano, y no por ello significa que dude de la inteligencia de sus lectores, sino que, como ya lo he dicho, Keret es un autor que no le interesa otra cosa más que contar; y si bien sus personajes a primera vista parecen comunes y corrientes, son de una demoledora precisión psicológica. Por ejemplo, hay un cuento donde un hombre le pide a un amigo escritor (el narrador) que le escriba, a su vez, un cuento que le ayude a llevarse mujeres a la cama. Lo que se desarrolla a continuación ocurre en medio de un proceso metatextual que muestra, por así decirlo, las vicisitudes perennes entre la narrativa “sencilla” o simple y la narrativa “compleja” o complicada.

Todo en “Penúltima vez que fui hombre bala” es territorio de posibilidades. Se trata de esos túneles oscuros donde se encuentra lo que aún no ocurre o lo que nunca ocurrirá y que, sin embargo, se consigue acariciar como probabilidad dentro de los limites de la imaginación: que habría pasado si…

A mí, por ejemplo, muchos de los narradores de “Penúltima vez que fui hombre bala” me recordaron a algunas voces narrativas de Julio Cortázar, de hecho, uno de los cuentos es muy, muy cercano a “Cartas a una señorita en París”, o del narrador catalán Quim Monzó (no sé por qué hoy tan en el olvido) en cuanto al ingenio, la destreza en el arte de contar la historia, de armar el entramado, lo humano y lo cercano que se encuentran con lo que se cuenta, como ocurre con una madre que entre tantos sueños, sueña con encontrar una cura para la tristeza humana. También vamos a encontrar en “Penúltima vez que fui hombre bala” cuentos cuya temática nos remite inmediatamente, al menos conmigo ocurrió, a las mejores tramas de la serie televisiva “Black Mirror”, en lo que a mi juicio es uno de los mejores cuentos del libro: “Ventanas”; hay otro cuento, por ejemplo, en el que Keret nos presenta los hechos de forma seccionada y a manera de correo electrónico, y tal efecto provoca en un primer momento romperte el ritmo de la lectura, sin embargo, también te exige un ejercicio de memoria que se debe cosechar aparte del resto de los cuentos.
Muchas de las situaciones que nos presenta Keret son realmente absurdas, pero no por ello ilegibles. Sabe dominarlas con maestría, darles el revés adecuado, como ocurre en el cuento “Mañana, la caja”; también hay desenlaces que no deberían ser felices sino desgraciados, muy desgraciados, los más desgraciados posibles, como de capítulo de novela rusa, y que Keret consigue presentarlos de otra forma, quizás no felices, quizás no dichosos, pero… al estilo muy suyo, muy hombre bala, muy Keret.

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