La otra convivencia civilizada: la familia

La otra convivencia civilizada: la familia

Hace una semana se habló en esta columna sobre las peripecias de los contendientes de alto nivel en la esfera política del estado, los del partido de color serio guinda que se reunieron a fumar algunas pipas de la paz en el congreso del Frente Popular de Zacatecas y desde aquí se dio la retroalimentación necesaria para que las futuras contiendas se sigan dando en este tenor y los ciudadanos que apoyen a cualquiera de los pretendientes lo hagan sin presión alguna y sin llevarlo a los terrenos de la bronca. Hubo un poco antes un evento de la socialité de funcionarios que hizo concurrir a casi toda la feroz dinosauriza a la “fiesta de cumpleaños” del aparentemente ungido por lo que todavía funciona del pricolor, que pueda mantener las glorias del otrora invencible partidazo.

En ambos casos quedó demostrado que, si se quiere llegar lejos y en paz hay que llevar la fiesta con concordia, prudencia y más que nada, decencia. Lo ideal sería que toda la trayectoria electoral se dé en estos términos. Como familia funcional. Aunque luego, a propósito de familias, hay una que reclama el poder cual si fuera una estirpe a la que hay que celebrar y caravanear como si hubieran sido designados y diseñados por los mismísimos dioses del Olimpo. Recato, por favor. Morena no se hizo en un día y esta agrupación política se originó por el tesón de quien ahora es el presidente de la República Mexicana. Lo peor que le puede suceder a la auto denominada izquierda mexicana, es la resurrección de las tribus o las famiglias. Todo es cuestión de rescatar valores.

Y es a propósito del rescate de los valores conceptuales de la familia de lo que esta breve perorata previa quiere rescatar: antes que nada, la familia mexicana se ha venido deteriorando poco a poco, pero irreversiblemente, por el frenético afán de los jefes de familia (y no solamente los varones) por incrementar sus ingresos, y este delirio se antepone a la funcionalidad de la familia. Con el pretexto de aportar más recursos materiales al hogar, se sacrifica la mayor riqueza posible por lograr cuando se hace el contrato matrimonial, la estabilidad emocional de los cónyuges y la educación de los mismos y de sus hijos. Y es difícil tomar esa decisión: familia o fortuna. A la larga, esa es una mala apuesta, sacrificar familia por fortuna. Si no se atiende y educa a los hijos, por cualquiera que sea el pretexto, las consecuencias a largo plazo son nefastas. A los hijos mal cuidados luego hay que estarlos metiendo en centros de rehabilitación o sacando de la cárcel por faltas de todo tipo, además de que a la larga resultan unos auténticos buenos para nada, parte de las estadísticas socio económicas más negativas de la sociedad, para decir algo amable.

Luego, el susodicho “sueño americano”, millones de familias se han desintegrado por el mezquino objeto de ganar unos cuántos dólares, no solo del jefe de familia sino de la pareja, dejando a los niños al garete, tanto si los dejan en México al cuidado de familiares que poco ven por ellos o si los llevan consigo en su aventura migrante. Es triste saber la suerte de los niños que cruzan la frontera enfrentados a un destino incierto, tanto si son capturados por la migra o cuando tienen que vivir a salto de mata en los enclaves estadounidenses, pasando largos períodos de tiempo encerrados en lugares inhóspitos sin guía educativa alguna.

Desde luego, no todo es tan dramático ni tiene los tintes negativos que aquí se describen. Hay muchos casos afortunados que equilibran las circunstancias de este fenómeno. Pero la familia mexicana y su sólida estructura funcional ha desaparecido casi por completo. Las remesas derivadas del fenómeno migratorio no justifican la desaparición de la familia, base fundamental de los períodos de paz y armonía que llegaron a vivirse en México todavía hace pocos años a pesar de la dictadura blandita que ejercía el partido de cuyo nombre ya muchos ni se acuerdan.

Entonces, un buen gobierno es la base garante de una sociedad progresista y progresiva. Quién pueda garantizarlo estará propiciando tanto la estabilidad y seguridad pública como la capacidad social de diseñar y vivir modos de convivencia pacífica y armónica. Si se logran establecer estas condiciones se asegurará una cotidianidad salpicada de felicidad y lo mejor de todo, se podrán vivir largas épocas históricas sin violencia o conflictos. El estado y el país ya merecen tiempos de amor y paz, de vino y rosas. Nos lo merecemos.

La reconstrucción del tejido social no es algo imposible, pero se requiere para ello algo más que buenas intenciones. La familia mexicana necesita sentir que su presente no se tambalea, si esto llega a ocurrir, entonces no habrá necesidad de rifarse la vida en espacios poco propicios para la estabilidad socio emocional y la seguridad social.

Las condiciones para lograr lo anterior demandan como prerrequisito, que la familia política se ponga las pilas y empiece a educarse, educarse, sí, como genios de la construcción de procesos armónicos y civilizados. De otra manera, se seguirán padeciendo incidencias de baja ralea y la sociedad seguirá padeciendo episodios que conducen al único lugar posible: el abismo.

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