La soledad de la Marcha por la Paz

La soledad de la Marcha por la Paz

Nadie puede negarlo, la herida sigue abierta, este país aún no recupera los niveles de tranquilidad que vivíamos antes de la llegada de Felipe Calderón al gobierno federal.

Las víctimas que surgen día con día se suman a las miles que se han acumulado a lo largo de estos años muchos de los cuales no han podido llegar al duelo porque permanecen en la fase de incertidumbre, sin saber si su ser querido se encuentra vivo o muerto, sin tener siquiera un cuerpo que sepultar, y con el corazón suspendido entre la vida y la muerte.

Hace una década el escritor Javier Sicilia se convirtió en un catalizador de los miles de dolores individuales para constituir un torrente de digna acción que en algún momento soñó con que hubiera algo de paz, justicia y esperanza.

Esa fuerza simbólica en la que participaban muchos otros activistas y movimientos se desdibujó pronto porque la indignación que los había hecho recorrer 3 mil kilómetros no supo traducirse en acción ni cuál era su destino. Todo terminó en nada, en unas cuantas reuniones catárticas donde abundaron los besos y nada más.

Casi diez años después viene el cobarde ataque a la familia Le Barón en la que murieron mujeres y niños. Vuelve entonces la voz de Sicilia y llama a reanudar la caminata, y a rechazar la estrategia de seguridad aunque ésta es inversamente opuesta a la que predominaba en su primer marcha.

La coyuntura demanda sin embargo que sea la familia Le Barón y no Javier Sicilia, el símbolo de este nuevo esfuerzo aglutinador de los lutos aislados.

Son ellos las víctimas emblemáticas más recientes en un hecho trágico que provocó el primer aviso de impaciencia de una sociedad que sabe que Roma no se hizo en un día.

Quizá por eso el aviso pronto amainó, y no se ha repetido la solidaridad nacional volcada al cobijo de está familia pese a su irrebatible posición de víctima.

Se señala al pejezombismo que le atribuyen a los simpatizantes del presidente como el culpable de que esto no suceda. A eso que unos consideran lealtad a toda prueba y otros consideran ceguera.
No obstante es posible enumerar varias razones que mantienen a la gente distante de esta nueva Marcha por la Paz que poco pueden relacionarse con el presidente.

Por principio, la familia Le Barón tiene cierto rechazo social pues se les acusa de apropiarse ilegitimamente del agua en tierras circunvecinas a las suyas, y pod provenir de una rama mormona que se negó a dejar la poligamia, lo cual no es bien recibido en esta cultura que considera más grave aceptar abiertamente esas ideas que practicarlas discretamente.

También se les crítica por su relación con Emiliano Salinas, y su cercanía con la secta Nxium.

Además de ello, hay un comprensible aunque mal enfocado resentimiento de quienes ven los reflectores concentrarse en estas familias medianamente privilegiadas mientras pasan como noticia fugaz la masacre de músicos indígenas, el lanzamiento de una granada a unos niños en una iglesia de Fresnillo, el ataque a un Casino en Nuevo León, o la matanza de todo un pueblo como Allende.

Esto podría haber sido intrascendente si la familia Le Barón hubiera logrado articular un discurso capaz de encontrar los vasos comunicantes del dolor que tristemente alcanza a miles de familias.

Es prudente enfatizado que nada los obligaba a ello, en una situación como la que vivían sería miserable exigirles convertirse en una fuerza social o política que no pidieron ser, pero de alguna manera la reaparición y nueva movilización de Javier Sicilia a raíz de lo ocurrido con ellos los convirtió en eso.

Lejos de ese papel el discurso de Adrian Le Barón partió de sus particularidades, de lo que a ellos como familia podría resultar les positivo.

Teniendo doble ciudadanía, llamaron por ejemplo a Estados Unidos a declarar como terroristas a los cárteles del narcotráfico, sin reparar en las implicaciones legales que esto tendría.

Con la misma ligereza, luego llamaron a los migrantes en el vecino del norte a dejar de enviar remesas a sus familias como medida de presión para el gobierno mexicano, sin dimensionar lo que significaría hacer caso de ese llamado -que cayó en vacío- para millones de familias mexicanas.

Aunado esto a la deambulación errática de Javier Sicilia entre el rechazo a los abrazos y no balazos, pero la predicación de los besos, entre la redención espiritual a Calderón, y la prisa a López Obrador, se explica la Soledad de un movimiento que por lo demás, merece toda atención y solidaridad.

Entender está circunstancias alejaría cualquier tentación de convertir en antagónicos al movimiento con el presidente, algo incoveniente para ambos. ■

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