La muerte del Autor-Dios [Un breve acercamiento a la figura del autor]

La muerte del Autor-Dios [Un breve acercamiento a la figura del autor]

La Gualdra 415 / Literatura

 

 

Al pensar en una obra siempre la relacionamos con la persona que la escribió, pero el autor no es más que eso. A finales del siglo XVIII y a principios del XIX se instauraron reglas estrictas sobre los derechos de autor, cuando hubo un tiempo en el que los textos que hoy llamamos “literarios” eran puestos en circulación sin que se planteara la idea de su autor, su anonimato no planteaba dificultades, su antigüedad era una garantía suficiente.

A lo largo de los años se ha discutido lo que Barthes llama el “Imperio del autor”, ya que el lector rechaza el anonimato del autor, busca darle una identidad al texto. El uso del narrador omnisciente hace que el texto revele al autor como el dios que narra la historia o como poseedor de la verdad que la inspiró. El que lee insiste en asociar a un autor con su obra, pero el libro debe dar al lector suficiente información que le permita sostenerse por sí misma, de manera que se evite el hábito explicar el discurso relacionándolo con la vida del autor. Para comenzar a empequeñecer la figura del autor, debemos desistir de considerarlo como el referente de su obra, el autor es el que nutre al libro, sin necesidad de estar involucrada con la vida personal de quien la escribió.

El autor debe estar consciente de que al terminar su texto y publicarlo, la relación morirá, como un héroe griego quien ha aceptado morir y con su sacrificio ha pasado a la inmortalidad en las memorias de sus lectores. Lo único que queda del escritor es su ausencia, el escritor debe jugar el papel de muerto, es decir, el autor cumplió con su tarea de escribir y eso es todo; lo demás es tarea del lector. Hoy en día, sabemos que un texto no está constituido por una fila de palabras de las que se desprende un único sentido, teológico en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor­-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en el que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el lector, quien le dará vida al texto detrás de esas páginas, le proporcionará una identidad propia, “La crítica clásica no se ha ocupado nunca del lector, para ella no hay en la literatura otro hombre que quien la escribe. […] para devolverle su porvenir a la escritura hay que darle la vuelta al mito: el nacimiento del lector se paga con la muerte del autor”.[1]

Ya alejada la idea del autor como dios omnisciente disuelto en la obra literaria, se vuelve inútil el intento de descifrar un texto; este puede desentrañarse, recorrerse varias veces y repetir el proceso de lectura con el objetivo de que un texto que permanece idéntico a cuando salió de una biblioteca y de una librería y el lector se vio fascinado por aquello que aprendió de él y que lo conserva con afecto en su memoria y que sin vacilar recomendará a quien le pida un buen libro que leer.

 

 

* Unidad Académica de Letras, UAZ.

 

 

 

 

 

  • [1] Roland Barthes, El susurro del lenguaje, Paidós, Barcelona, 1987, p. 71.

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