Arde, infierno, arde

Arde, infierno, arde

Este inicio de año de corte apocalíptico tiene que ver con un episodio brutal que afecta al ya de por sí desahuciado planeta Tierra. Los incendios se siguen repitiendo en forma alarmante en todas partes del mundo y no parece haber explicaciones pertinentes que ayuden a prevenir tales eventos. A nivel doméstico se han tenido que sufrir infinidad de siniestros, registrándose en la temporada del mes de mayo del año anterior, por lo menos, 144 incendios en 21 entidades. La Comisión Nacional Forestal informó que, más de la mitad, 74, permanecieron activos durante más tiempo del prudente; el resto, fueron controlados no sin antes dejar daños mayúsculos. Los estados más afectados fueron Oaxaca, Guerrero y Veracruz, donde, durante semanas, se registraron la mayoría de los incendios forestales. Otros estados severamente dañados por las llamas fueron: Morelos, Puebla, Estado de México, Hidalgo, Michoacán y Guanajuato. Muchos de ellos ocurrieron en áreas naturales protegidas y la mayoría sin una explicación justificable. Los ambientalistas sugieren, aunque nadie les hace caso, que tales eventos lamentables fueron provocados, y no por gente ignorante, como se sugiere, sino por personas que buscan obtener algún beneficio inconfesable.

La mayoría de las acusaciones se centra hacia aquellos que quieren moverle el tapete al presidente y a las fuerzas armadas encargadas de los planes de contingencia en el país. Otras apuntan hacia las grandes compañías destructoras que insisten en abrir nuevos asentamientos o carreteras donde no es factible o los malos de las películas de los últimos años, los consorcios mineros. No es descabellado pensar en las malas artes de los mencionados y otros de cuyos oficios más vale ni acordarse.

California no cantó mal las rancheras. Octubre y noviembre del pasado 2019 fueron una auténtica pesadilla para sus habitantes, tanto en el área de Los Ángeles como en el centro del estado a la altura de Napa y Sonoma. Los daños, para variar, fueron incalculables y afectó tanto a zonas residenciales en el sur como en las zonas altas del centro del estado donde se encuentran los viñedos más ricos del país. Ni qué decir de la gran cantidad de paisanos que viven por esos rumbos, así que la angustia de nuestros conciudadanos estuvo siempre a flor de piel. Hubo cientos de miles de damnificados y números parecidos de evacuados hacia los albergues. Tratándose de uno de los estados más ricos de la Unión Americana, se utilizó todo tipo de tácticas anti incendios habidas y por haber y el daño se controló antes de llegar a consecuencias devastadoras.

La Amazonia vivió tal vez la peor pesadilla de su historia desde la llegada de los europeos. Incendios descomunales en y desde el corazón de la selva, principal pulmón del planeta y que abarca territorios de la mayoría de los países del cono sur. Después de Brasil; Perú, Bolivia, Paraguay, Ecuador y Colombia comparten territorios amazónicos. Después de la deforestación criminal e irracional y la invasión de las grandes compañías madereras y mineras, no es habilidad de profetas predecir que cada vez más, las circunstancias negativas seguirán apareciendo con mayor frecuencia. No en balde, casi todos los ambientalistas del mundo levantaron la voz ante la precaria capacidad intelectual y operativa del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ante tal circunstancia. Dando honor a quien honor merece, el señor Evo Morales fue el único presidente sudamericano, en su caso de Bolivia, que intentó acciones serias y oportunas, antes de la canallada de la santería ultraderechista que le diseñó un golpe de estado, con las consecuencias que todos saben.

Pero el que no se midió fue Scott Morrison, primer ministro conservador australiano, quien irresponsablemente se fue de vacaciones mientras Australia era consumida por un fuego voraz que afectó grandes superficies boscosas, arrasó con asentamientos, vías de comunicación y sobre todo costó la vida y lo sigue haciendo, de una cantidad terroríficamente incalculable de criaturas calcinadas, muchas en peligro de extinción. Su omisión dio como resultado una tardía intervención de quienes debieron haber tomado cartas en el asunto cuando el siniestro comenzaba. Tocado también de una postura mojigata, pone a pensar si no será esta una conjura mundial para afectar irreversiblemente la biodiversidad mundial que provocará en muy corto plazo una hambruna de dimensiones nunca antes vividas.

Quizá sea el momento de voltear las ideas hacia los despreciados poetas y profetas altermundistas de esta tierra que buscan que, al menos, el daño al planeta no siga creciendo para que se beneficien unos pocos.

Pero ahí viene el Australian Open. Hay que preparar las hieleras para que se diviertan los pirrurris del mundo.

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