El miedo a los niños

El miedo a los niños

El trágico incidente ocurrido en el Colegio Cervantes de Torreón, Coahuila nos dejará varias semanas discutiendo verdades de Perogrullo y verdades parciales como si fueran totales.

En los análisis posteriores a las noticias de este tipo llueven las explicaciones de “expertos” muchas veces contradictorias entre sí, en parte porque la discusión científica del tema no está cerrada, y en parte también porque estos sucesos sirven de ocasión para llevar a la fama al especialista que se tenga más cerca, pero no necesariamente al más calificado o conocedor del asunto.

En este semillero de clichés e hipótesis baratas el más esperado es el que culpa a los videojuegos violentos por lo que hacen algunos cuantos de sus aficionados que quizá ano llegan ni al 1 por ciento.

Vendrán pues los argumentos de que los videojuegos exaltan y promueven la violencia, y luego vendrán también quienes digan que éstos sirven como válvula de escape para desahogar por esa vía inocua una pulsión de agresividad inherente a la condición humana.

Otros culparán al internet, espacio donde muy probablemente aprendió el pequeño Jose Ángel sobre Eric Harris, el autor del tiroteo en Columbine hace más de 20 años, una década antes de que siquiera naciera el protagonista de lo sucedido en el Colegio Cervantes.

En defensa de la red habrá discursos que enfaticen que a través de ella pudo haber encontrado grupos de ayuda, amigos, alguien con quién hablar.

Volverá a discusión la “operación mochila”, los padres que la rechazan por ser una invasión de la privacidad, y los que asumen que sus hijos juegan con potenciales enemigos.

Vuelve a cobrar fuerza el rechazo a los narco corridos, al ensalzamiento de lo que los estereotipos nos han enseñado como traducción de delincuente: la música de banda, los sombreros, las botas caras, y todo lo que parezca norteño. Porque así son -así nos han enseñado- los narcos.

Entonces las miradas se centrarán en la familia, en los abuelos que se hacían cargo de él, y en el padre que vivía lejos. En ellos se piensa cuando se busca saber ¿Qué veía en internet?, ¿Qué juegos jugaba? ¿Dónde obtuvo las armas? ¿Cómo aprendió a usarlas?

Con ello, quizá hasta de forma involuntaria viene la culpabilización de la familia. ¿Dónde estaban? ¿Por qué no se dieron cuenta? Lógicas preguntas de una sociedad enojada, pero inútiles también porque en el fondo se regresa a la individualización de los problemas y con ello de las responsabilidades.

Es la ideología de “no es mi hijo, no es mi problema”.

Porque esa es la constante, el hijo del otro es el peligro. Por eso al otro hay que negarle acceso a la educación, hay que revisarle la mochila, excluirlo del grupo, dejarlo fuera donde no lo vea, no lo oiga, no le tema. Al menos hasta que la vida vuelva a ponérmelo de frente del otro lado de la pistola.

Lo sucedido en el Colegio Cervantes nos duele a todos porque aunque es obvio que nadie tendría que matar, menos tendría que hacerlo un niño. Porque los niños no tienen porqué morir así y tampoco tendrían porqué atestiguar algo así.

Pero lejos de las instalaciones del colegio privado y la atención pública hoy hay niños reclutados para trabajar en la prostitución forzada, en el tráfico de drogas, o en las muchas caras de la delincuencia organizada, que ven muerte, la huelen, la generan y la sufren.

Unos días antes de lo ocurrido en Torreón era detenido el hijo de un delincuente conocido como el Ojos, por secuestro, tiene tan solo 14 años de edad.

Hace unos años cimbró a Zacatecas la llamada banda del Pañal, en la que varios adolescentes asaltaron y asesinaron a adultos en varios municipios. Tenían entre 12 y 17 años de edad a excepción de uno de 21 a quien se le consideró el líder.

Pero ellos están lejos, no van al colegio, no conviven con nuestros hijos, ni atemorizan a nuestros maestros. Las discusiones sobre us conducta no se tratan sobre los videojuegos, el internet, o las malas influencias. Sino sobre las adicciones, la pobreza y la desintegración familiar.

En uno y otro caso lo que importa es encontrar al responsable inmediato, al cercano que no estuvo ahí, o bien traducir esa responsabilidad en algo tan abstracto que se diluya en todos nosotros. ■

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