¡Próspero año 2020!

¡Próspero año 2020!

Ya se viene el arribo del año que amalgama las expectativas de mucha gente en el mundo, el 2020, el veinte veinte. Afortunadamente sin alguna cábala o premonición oculta o algo que tenga que ver con el pensamiento mágico mafufítico de los agoreros de la mala leche y los designios de los predictores de tanta calamidad como ha venido ocurriendo en todas las épocas. La más reciente, en el 2012, en la que, según los intérpretes de las escrituras mayas, al mundo se lo iba a llevar la… tía de las muchachas. Afortunadamente, todo quedó en una película de corte apocalíptico en la que, otra vez, afortunadamente y como siempre, aunque todo vestigio de vida conocida desapareció de la faz de la tierra, un grupo de estadounidenses diseñaron unas navesotas de alta tecnología donde salvaron la vida de la élite de los más ricachones del mundo y, también, un grupúsculo de colados clasemedieros y pobretones que tuvieron a bien estar en el lugar exacto en el momento exacto.

El año que comienza, para quien esto escribe, significa un montón de asuntos que tienen que ver con aquella vieja máxima sesentera derivada del uso del teléfono público cuando este se tardaba en dar línea para hacer la llamada; “a ver si ahora ya nos cae el veinte”. Todos los años viejos, la gente se dedica a hacer su listado de buenos propósitos para que, ahora sí, el año próximo puedan llevar a cabo los tipos de comportamiento que son incapaces de ejecutar en condiciones normales y que no ejecutan porque viven en ambientes no propicios para llevar a cabo una vida sana, por pertenecer a familias disfuncionales, por ignorancia o por lo que se ha dado por llamar falta de voluntad.

Pero ahora sí, a ver si ya se vuelve generalizada esa forma de actuar que conduzca a este país a horizontes que tengan que ver con el bienestar colectivo. Todos esperan que la Cuarta Transformación se lleve a cabo por obra y gracia de los esfuerzos del actual mandatario y sin que nadie mueva un dedo para apoyarlo. Cuando Kennedy andaba en campaña hace aproximadamente cincuenta años, la gente le preguntaba que haría por el país y el joven aspirante les respondió con una sabiduría poco usual para un político norteamericano, “¿qué harían ustedes, ciudadanos, por su país?”.

Para los mexicanos, desde este punto de vista, la respuesta es bien simple, hay que ponerse las pilas y abandonar de una vez por todas y para siempre la apatía, es decir, hay que ponerse las pilas, o, con la máxima que comenzó este escrito, hay que permitir “que nos caiga el veinte”. No puede esperarse que el país cambie tan solo porque el calendario marca un inespecífico lugar en la contaduría del tiempo. Si los ciudadanos no cambian su esencia, pues, como dijo uno de mis hijos una ocasión en que las circunstancias no eran propicias, “ya bailó Bertha”.

La transformación debe ser individual y colectiva y no sólo desde los esquemas de la conciencia; si no se aprende a actuar y a comportarse adecuadamente en torno a un proyecto de país, podrán transcurrir otros quinientos años y la puerca seguirá torciendo el rabo, dirían los abuelos. Es muy fácil ser “críticos” y peor aún, criticones, como lo demuestra la guerra de bots en las redes sociales; cómo se sufre con los descarados chayoteros y lamepiés de todas las tendencias políticas; con la apatía de los hidalgos que, sin hacer nada, solo estiran la mano a ver que les cae mientras destrozan la vida y los proyectos de las personas que se la rifan para aportar algo bueno que ayude a sacar el buey de la barranca; en fin, de todos aquellos que buscan el “cambio” y que todo siga igual. Cuando Fox el Breve promovió un supuesto cambio, este escritero, reviró diciendo que la caída al vacío también constituía un cambio.

Para no hacerla tanto de emoción, si los ciudadanos no se transforman y amplían sus miras, no habrá milagro alguno para cambiar el rumbo del país hacía esquemas de progreso verdadero, de armonía colectiva y de convivencia civilizada. No hay que ser mago para asegurar que la oposición al proyecto político del Presidente de la República, seguirá haciendo todas las acciones de baja ralea para confundir a la gente y demeritar, o tratar al menos, hacer intentos soeces encaminados en esta dirección. El problema no es el enemigo externo, sino el interno, el yo de cada ciudadano que ayudó a esta propuesta política a llegar al poder y el de todos aquellos que se aprovechan de este fenómeno, para seguir llevando agua a su molino.

Ya ocurrieron dos de los grandes milagros que esperaban todos los mexicanos: que se le ganara a Alemania en el mundial de fútbol, el segundo es que la izquierda, aunque “light” ganara una contienda presidencial, el tercero es que cambie la manera de hacer política de nuestros grillazos y de los ciudadanos. De otra manera, va a ser más fácil que ocurra el otro milagro esperado, que se aparezca la virgencita de Guadalumpen. Y eso, querido lector, está complicadísimo. El mejor milagro que puede ocurrir es que todos cambiemos un muchito, para bien.

Desde aquí, aprovecho para saludar a todos mis amigos y seres queridos. En especial a la única asociación en Zacatecas que se la ha rifado en aceptar lo que parte de todo el mundo demerita de su servilleta y me aceptó sin cortapisas, La Reserva Nacional de Talentos (RENATA).

Feliz año nuevo. El 2020.

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