Alfonso Reyes y la inteligencia michoacana

Alfonso Reyes y la inteligencia michoacana

La Gualdra 412 / Libros

 

Minerva Margarita Villarreal
In memoriam

 

 

El libro Alfonso Reyes y la inteligencia michoacana (1909-1959) de Alberto Enríquez Perea es producto de una investigación profunda, aderezada con un gran entusiasmo, sin el cual nunca hubieran salido las 700 páginas de esta fina y cuidada edición. He aquí una prueba de que el rigor metodológico no está peleado con un estilo ameno.

El autor acostumbra acercar al gran Alfonso Reyes (1889-1959) a cualquier lector porque cuenta, de otra forma, la biografía y las historias que hay alrededor del escritor y de muchos de sus contemporáneos. Se nota que sus fuentes directas e indirectas se olfatearon con placer. Brinda 50 años de la lucidez de un México que existió dentro y fuera de su territorio. Un México con presencia y personajes más que ilustres.

Enríquez Perea, (Izúcar de Matamoros, Puebla, 1954), es un investigador que va a fuentes directas: documentos, entrevistas, diarios, cartas. Con estas últimas reconstruye historias entre Reyes y sus amigos. En ellas se advierte el respeto que se le tenía al idioma español y al prójimo. Nunca perdían la elegancia no sólo en la letra sino, por supuesto, en el contenido. Así queda claro que la diplomacia existió y todavía en algunos casos, existe. No me imagino a Reyes ni a ninguno de sus contemporáneos diciendo “comes y te vas”.

La combinación poetas y diplomáticos es una bomba y, en esa época, una verdadera explosión. La diplomacia como una forma de sobrevivencia, la literatura como un placer indómito. Todo aunado a otras altas pasiones mencionadas de manera muy sutil, como la de la Negra o la Negrita, al parecer, un amorío del escritor, que a muchos les resulta sorprendente.

En Alfonso Reyes y la inteligencia michoacana se habla de amigos y de historias del país y del mundo. De la relación del regiomontano con michoacanos ilustres como el escritor y abogado Mariano Silva y Aceves (compañero de estudios); el gran cardiólogo y rector de la Universidad Michoacana y de la UNAM Ignacio Chávez; el poeta Tomás Rico Cano; el rector de la universidad michoacana Natalio Vázquez Pallares; del economista, editor y escritor Eduardo Villaseñor; del diputado constituyente Jesús Romero Flores; del diplomático Luis Padilla Nervo; del miembro de la Academia Mexicana de la Lengua Alfonso Méndez Plancarte; del también miembro de la misma, Porfirio Martínez Peñaloza; del filósofo Samuel Ramos; del constituyente y también gobernador de Michoacán Francisco J. Múgica; y de algunos políticos cercanos a él, como Pascual Ortiz Rubio y Lázaro Cárdenas, por mencionar a algunos. Y otros posteriores a su generación, como el moreliano Juan Hernández Luna (abogado, filósofo, escritor y alumno de Samuel Ramos) o como José Iriarte Guzmán, premio nacional de química.

La obra cuenta con una selección muy atinada de fotografías. Los retratos que tenemos de Reyes casi siempre remiten a un anciano. Por fortuna, este ejemplar regala imágenes –algunas prácticamente inéditas– de un Reyes joven, al igual que la mayoría de sus amigos de entonces. Unas seducen, otras sorprenden y otras emocionan por diversos motivos. Por ejemplo, la que guardó el instante de la develación de la placa de homenaje a Vasco de Quiroga, en el Colegio de San Nicolás, por el presidente Lázaro Cárdenas, acompañado del rector Natalio Vázquez Pallares, con un niño travieso que aparece ahí por casualidad subido en una ventana.

Jorge Luis Borges dijo que Reyes había escrito “la prosa más admirable de la lengua castellana”. Y Reyes, ese hombre infinito, en su cercanía con Morelia, dio dos discursos en el Colegio de San Nicolás, el primero en 1939 y el segundo en 1953. Asimismo, en 1940, dio cuatro conferencias sobre la “Ciencia de la literatura” que formaron parte de los cursos de la Universidad de Primavera “Vasco de Quiroga”.

Cómo no conmoverse al saber que don Alfonso fue orador, en la fiesta más importante de la Universidad Nicolaita, para celebrar el 186 aniversario del nacimiento de Miguel Hidalgo, el 8 de mayo. Llegó ahí acompañado de figuras como Daniel Cosío Villegas, Enrique Díez Canedo, Juan de la Encina y María Zambrano, entre otros. Sí, cómo no conmoverse cuando se tiene en la memoria la pasión que a los nicolaitas les genera oír la maravillosa porra, que hasta la fecha se grita: “Pispás, calís, calás, pispás, calis, calás, sssssssshhhhh, ¡pum! (en ese momento tronaba un gran cuete) ¡San Nicolás!”. Imposible olvidar que en el Panteón Municipal de Morelia una tumba tiene como epitafio la porra. Esto puede dar una idea del significado que El Colegio de San Nicolás tiene en el corazón de los michoacanos.

Cada 8 de mayo por la mañana había un acto cívico con la presencia del rector, el gobernador, los invitados, el presidente del Consejo Estudiantil, estudiantes y algunos funcionarios. Por la noche, con una orquesta contratada en la Ciudad de México, se llevaba a cabo el famoso “Baile del 8 de mayo”, en el patio posterior de la Universidad.

Este trabajo de Enríquez Perea genera inquietudes y nostalgias. Han de disculpar el intimismo, pero su lectura hizo que buscara el título de abogado de mi abuelo, para ver la fecha de su examen profesional, y recordar las mil historias que me contó sobre muchos personajes con los que él coincidió o anécdotas como la de Pedro Garfias y los cafés que tomaron. Cuando mi abuelo le habló con pasión inusitada sobre España, Garfias le preguntó: “¿cuántas veces ha estado en España, licenciado?” Él contestó: “Ninguna, don Pedro, pero la he leído”. Entonces el poeta tomó uno de sus libros y se lo regaló con una dedicatoria invaluable: “Para Luis Rivadeneyra, un mexicano español, de Pedro Garfias, un español mexicano”.

Con este libro he vuelto a acariciar con los ojos el título que la Facultad de Medicina otorgó a Gaspar, mi padre, como “Médico, cirujano y partero”, y he platicado con él –otra vez– por horas sobre “su” San Nicolás. También he vuelto a oír de la boca de un nicolaita nombres que conformaron parte del genio de esa universidad. Al calor de la charla, evocamos discursos inolvidables que escuchó, como uno de Lombardo Toledano. Presté oídos a su participación en movimientos estudiantiles, a su literal sobrevivencia de la novatada en dicha Facultad, una de las más violentas en los años cincuenta, y a muchos de sus gratos recuerdos.

Nací en Morelia y aunque no soy egresada de San Nicolás, sino de la UNAM, soy nieta, hija, sobrina, prima de nicolaitas, lo cual es una forma de sentir orgullo. Por eso, agradezco este libro y la luz que de él emana al recuperar la genialidad de Alfonso Reyes y de sus brillantes coetáneos michoacanos. Agradezco que su autor me haya invitado a presentarlo en la abrigadora Capilla Alfonsina, lugar mágico y terrenal. Sí, hay lujos en la vida.

 

 

Enríquez Perea, Alberto. Alfonso Reyes y la inteligencia michoacana (1909-1959). Hacia la universalidad de la ciencia y la cultura mexicanas. México, 2018. Instituto de Investigaciones Históricas UMSNH, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Cámara de Diputados-LXIII Legislatura. 700 pp.

 

 

 

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