Un año concentrando el poder

Un año concentrando el poder

Los politólogos tenemos una ventaja sobre los estudiosos de las demás ciencias sociales: nuestro santo patrono fue un realista. Me refiero al laico, a Maquiavelo, aunque contra lo que se cree Tomás Moro no se quedó muy atrás. Don Nicolás teorizó desde las profundidades del realismo y nos enseñó que, para elevar la cosa pública, la teoría ha de volar a ras de suelo, siempre con la praxis a cuestas. Gracias a él sabemos que nada daña más a la sociedad políticamente organizada que la desconexión entre los paradigmas y la realidad, y es él quien nos recuerda la esterilidad del esteticismo académico cada vez que especulamos o “empirizamos” al margen de la condición humana.

He dicho muchas veces que el poder, por su naturaleza, no es comedido, es expansivo. Quien manda no quiere obstáculos: quiere apoyos, facilidades para lograr sus objetivos. Si la ley no castiga sus abusos, el poderoso tiende a expandir su voluntad hasta el capricho. Y Andrés Manuel López Obrador no es la excepción a la regla. A un año de haber asumido la Presidencia de la República sigue acopiando fuerza para sacar adelante la 4T, y sigue señalando que todo aquel que no la suscriba a cabalidad es un conservador moralmente derrotado. Por todo ello sorprende que se sorprendan de la insistencia de AMLO en gobernar desde un centralismo exacerbado, que quite fondos a instituciones que deberían contribuir al equilibrio o ponga incondicionales en ellas, y sorprende que no se sorprendan de que nuestras normas sean incapaces de impedirlo.

Para corroborar su autoritarismo centralista basta analizar el reciente decreto presupuestal. Un presupuesto es ideología en datos duros, es doctrina cuantificada. Cuando se asignan recursos finitos a programas y políticas públicas se apaga la pirotecnia demagógica de los discursos y se prende la luz de la objetividad. Es en la cantidad de dinero destinada a cada actividad donde se aprecian diáfanamente, sin margen para trucos de spin, las verdaderas prioridades de un gobierno. Y en el PEF 2020 mexicano está tan claro el afán de control y de centralización de AMLO como su vocación social. La secretaría de Bienestar gana y las instancias que no le reportan a él pierden. La restauración autoritaria emprendida por el priñanietismo continúa por otros medios. También lo he dicho en este espacio: si Peña Nieto enriquecía a sus contrapesos para cooptarlos, AMLO los empobrece para debilitarlos.

Se vale usar las mayorías legislativas y se vale que los mandatarios impulsen por esa vía a juzgadores afines. Lo que no es válido es que el poder judicial se mimetice con el ejecutivo. Hay que reconocer que varios de los perfiles para la Suprema Corte que AMLO ha enviado al Senado son de primera, de González Alcántara a las mujeres de la nueva terna. Pero yo no conozco un caso en Estados Unidos, por ejemplo, de un Chief Justice que “se la juegue” con un presidente, adopte su lenguaje y posturas partidarias y apueste por su proyecto político ideológico. Por otro lado, tampoco se vale disfrazar de compatibilización ideológica y de austeridad una estrategia para violar autonomías, sacar a quienes discrepan y dejar a esos órganos en la inanición, al igual que a los gobiernos estatales y municipales. Una cosa es repudiar el neoliberalismo y procurar la simplificación administrativa en torno a organismos que, coincido, proliferaron innecesariamente, y otra llevarlos al borde de la irrelevancia o la extinción. México no es la ínsula Barataria ni vive aquí Sancho para gobernar solo y a golpes de discrecionalidad y sentido común.

Por lo demás, están en el horizonte dos iniciativas muy preocupantes por su carácter antidemocrático. Una es la de aumentar el número de ministros para que AMLO construya en la Corte una alianza mayoritaria –algo que ni siquiera un líder tan popular como Franklin D. Roosevelt pudo lograr en tiempos de excepción– y la otra es la de recortar el periodo de la Presidencia del Instituto Nacional Electoral. Cierto, en el pasado ambas instituciones fueron vulneradas por el dictado presidencial, pero ¿y la cuarta transformación? Con todos sus defectos, y a diferencia del impresentable Tribunal Electoral, el IFE/INE ha sido puntal de la democratización mexicana, y en 2000 y en 2018 –sí, en la elección de AMLO– estuvo a la altura de las exigencias de alternancia. Si la 4T lo convierte en un órgano a modo quizá sus representantes puedan hablar de justicia social pero nunca de democracia, y menos de ser distintos a quienes les precedieron.

Me limito a señalar los efectos que en un año ha tenido una pulsión autoritaria que solo se ha detenido ante Trump. Este es, dicho sea de paso y si se me permite la expresión coloquial, el sapo gringo que AMLO ha decidido tragarse (y que acaso se vea obligado a escupir si se cataloga a los cárteles como terroristas). También fue Maquiavelo quien nos advirtió de la inevitabilidad de que el príncipe tome decisiones repulsivas. Eso sí, hay un error que el presidente puede corregir fácilmente, y es dejar de confundirse de enemigos. No va a recibir a Sicilia porque no quiere sentarse en el banquillo de los acusados, pero en este México violento la silla del águila es inevitablemente algo muy parecido. Se trata de una víctima, de un hombre honesto que no necesita que le engorden caldos que no tiene intención de probar. Al cerrarle las puertas AMLO pierde un diálogo franco, inteligente e incluso espiritual que puede enriquecer la defensa de los derechos humanos. ¿No fue eso, el haber padecido la violencia en su propia familia, lo que AMLO valoró en Piedra Ibarra para apurar su desaseada ­elección? ■

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