Descarrancear a México: democracia y justicia social

Descarrancear a México: democracia y justicia social

En el siglo 20 México ha esperado su hora de la justicia. Al término del porfiriato se cierra el siglo 19 con la conformación de la nación: desde la independencia, la elaboración de dos proyectos constitucionales, la pérdida de la mitad del territorio que heredó de la Colonia y la estructuración de los poderes políticos que hicieron posible un solo Estado para, desde ahí, aspirar a la unidad nacional. El porfiriato dio la estabilidad política que hizo posible la consolidación del Estado mexicano. Pero las élites se adueñaron de las riquezas del país conformando una reducida nata de latifundistas mediante la forma productiva de las Haciendas. Los centros urbanos eran reducidos y la población se concentraba en enclaves de producción agropecuaria donde un dueño tenía en propiedad enormes extensiones de tierra con los trabajadores agrícolas atados en formas cuasi-modernas de esclavitud atados por deudas. Se afirma que el porfiriato ‘trajo la modernización’ al país por las obras ferroviarias y algunas fábricas, pero en realidad, el ferrocarril era una manera eficiente de sacar las materias primas al puerto de Veracruz y hacer más eficaz el despojo. Esos medios de traslado de mercancías nunca se tradujeron en la mejora del nivel o calidad de vida de las masas campesinas o pobres urbanos. Así las cosas, tuvimos un Estado nacional, pero en situación interna de brutal injusticia.

La muerte de Madero (que incumplió sus promesas de justicia social) desató una guerra que marcó la derrota del dictador (Huerta) que subió a la presidencia por golpe de Estado, el cual fue derrotado en 1914 en Zacatecas. Después de ese año (con la Convención de Aguascalientes) la Revolución se divide en dos expresiones políticas: el carrancismo, que prometía modernidad; y el sector popular que clamaba justicia social. Este último se conformaba por la estupenda alianza del Villismo y el Zapatismo. La pelea entre las dos fracciones se definió relativamente pronto: las batallas en el Bajío (1915) entre Obregón y Villa sellaron el destino del país. Con estado de fuerza muy pareja, la victoria de Obregón sobre Villa fue producto de contingencias. De haber ganado Villa y puesto en la presidencia a Felipe Ángeles, un destino muy diferente hubiéramos tenido. Sin embargo, ganaron las fuerzas herederas del carrancismo, que poco interés tenían en las demandas más hondas del pueblo profundo de México. Aun cuando no pudieron detener la edificación de los mejores artículos de la Constitución de 1917, como el 3°, 27° y 130°, ‘pateaban el bote’ de su cumplimiento. Por ejemplo, el reparto agrario tuvo que esperar hasta Cárdenas, que desterró al carrancismo a través de la expulsión del país de su Jefe Máximo. Pero la infección carrancista quedó inoculada en el sistema político mexicano: ‘Carrancear’ era sinónimo de robar los bienes públicos o tranzar o arrebatar el poder. En una palabra: corrupción.

Como podemos observar, para que el país progrese en justicia social, deben ocurrir dos cosas: des-carrancear el poder político en México y retomar la agenda del sector popular de la revolución. Lo primero implica eliminar la corrupción y el arrebato del poder, y poner en su lugar formas democráticas auténticas de regular el poder; y lo segundo, un Estado comprometido con la justicia social que haga de México un país igualitario y sin pobreza. Esa justamente es la agenda que debemos tener ahora mismo: democracia radical y justicia social.

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