La consolidación de Morena requiere dirigentes comprometidos con la Cuarta Transformación

La consolidación de Morena requiere dirigentes comprometidos con la Cuarta Transformación

La elección federal de 2018 constituyó un parteaguas en la distribución de poder en México, lo que se demuestra facilmente si se analizan la estabilidad y cambio en los patrones de votación del último medio siglo, indicadores que permiten apreciar como se distribuye el poder entre los grupos políticos, proyectos políticos y desde luego visiones del mundo. Los resultados de la elección federal 2018 no dejan lugar a dudas, la contradicción principal de la contienda se dio entre el polo político del sistema (PAN, PRI, PRD) vs antisistema (Morena), y los proyectos políticos en pugna fueron la continuidad del neoliberalismo, con corrupción inseguridad y violencia vs el Estado garante de los derechos y rector del desarrollo, y el combate frontal a los vicios señalados. Los partidos del sistema decidieron que AMLO era el enemigo principal y contra él dirigieron sus baterias, mientras que el candidato de Morena mantenía su enesimo recorrido por los municipios del país, afinando su oferta política y fortaleciendo la voluntad de millones de llevarlo a la Presidencia de la República, lo cual ocurrió con una votación extraordinaria.

Ahora bien, si asumimos que una era política solamente se ve interrumpida por elecciones críticas donde las preferencias electorales se modifican de forma abrupta, rompiendo con la estabilidad del proyecto político que se venía ejecutando, el arreglo institucional y la clase política, otrora gobernante. Si esta elección inaugura un nuevo periodo de estabilidad en las preferencias electorales, da continuidad de largo plazo a su proyecto político y remplaza a la clase gobernante, se está en presencia de una nueva era política (Cuarta Transformación); si solamente constituyó un movimiento abrupto de las preferencias electorales, pero estas vuelven a su cause en la siguiente elección, entonces se le denominará elección atipica dentro de la misma era.

Es innegable que la elección 2018 fue una elección crítica, y que lo que está por verse es si Morena logra dar continuidad a su proyecto e inaugura una nueva era política en el país. El siguiente reto al que se enfrenta Morena es la muy próxima integración de sus estructuras dirigentes. Al parecer, la disyuntiva está entre el afianzamiento de su modelo de democracia indirecta diseñado en su estatuto o la definición improvizada de reglas para la ocasión, abriendo la puerta a la judicialización del proceso y a la configuración de escenarios propicios para el derrumbe prematuro de los avances en la implementación de la Cuarta Transformación. Morena debe contar con dirigentes comprometidos con el proyecto, incorruptibles y convencidos de que el partido debe ser una gran escuela formadora de ciudadanía, conciente de respaldar sin titubeos los esfuerzos de su gobierno.

El primer paso para hacer de Morena un instrumento para la formación de ciudadanos plenos es el compromiso de todos sus miembros y dirigentes con la celebración exitosa de las 300 asambleas distritales de afiliados incluidos en el padrón validado. Ello significa que la base reunida escoja sus delegados nacionales y estatales que fungirán como electores de los presidentes nacional y estatales, así como de los respectivos comités ejecutivos. 300 asambleas distritales exitosas serán los cimientos de una estructura dirigente legítima, capaz de conducir al partido en las tareas de respaldo a sus gobernantes y en los procesos electorales del año 2021.

Los nuevos dirigentes deben tener clara la composición diversa del partido y ser capaces de mantener su unidad. Deben asumir que hasta hoy el factor de cohesión casi único ha sido el apoyo incondicional a AMLO, y que hace falta mucho más para que el programa y los principios también sean elementos que fortalezcan la unidad, pero sobre todo, deben asumir el compromiso de alimentar todos los días el carácter de movimiento del partido.

Desde mi punto de vista, los nuevos dirigentes de Morena en Zacatecas deben elaborar una nueva política unitaria para las distintas izquierdas con presencia local. Deben tener claro que la política unitaria de las izquierdas, en su versión zacatecana, tuvo uno de sus mejores momentos en 1988 con las candidaturas de Heberto Castillo, primero, y después con la de Cuauhtémoc Cárdenas, a la presidencia de la república. La gran confluencia de fuerzas en la década siguiente logró una presencia electoral en Zacatecas cercana al 20 por ciento a fines de 1997. La ruptura de Ricardo Monreal con el PRI y su alianza con el PRD para dar origen a la alianza por la dignidad y la democracia en 1998, hizo posible la primera alternancia en el poder ejecutivo estatal al obtener la mayoría de los votos con un 43 por ciento. El mismo agrupamiento de fuerzas, con la candidatura de Amalia García, retuvo la gubernatura en 2004.

En la elección intermedia de 2007, la coalición ganadora sufrió su primera ruptura y llegaron derrotas dolorosas. Al acercarse la sucesión gubernamental del 2010 fracasaron otra vez los intentos de restaurar la Coalición ganadora, y lo mismo ocurrió en 2016, propiciando identicos resultados: sendas derrotas para las izquierdas. De lo anterior es fácil concluir que si las distintas fuerzas progresistas repiten el error de llegar divididos a la cita de julio de 2021 donde se elegirán diputados federales, gobernador, diputados locales y ayuntamientos, el resultado volverá a ser el mismo en las elecciones locales. ■

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