Prolegómenos

Prolegómenos

En el universo de las publicaciones científicas existen unas pocas casas editoras que concentran todo el prestigio. Springer-Verlag, Elsevier, World Scientific, American Institute of Physics, Institute of Physics, Wiley, Pergamon, son algunos de los nombres de esas compañías que mantienen un negocio “asombrosamente provechoso” (Véase S. Buranyi “Is the staggeringly profitable bussines ofscientific publishing bad for science?” The Guardian 27/06/17). Esa ganancia, que supera lo que ganan los dueños de Amazon o Google, se construye con un método directo y sencillo de reducción de costos descrito por Buranyi de la siguiente manera: por un lado, el pago de los científicos que contribuyen a las revistas lo realizan las universidades o industrias que los contratan, por el otro, se paga un editor que comisiona la revisión del contenido de los artículos a miembros de la comunidad científica que deseen hacer trabajo voluntario. Los resultados de este proceso, llevado a cabo por los mismos científicos casi en su totalidad, se venden a universidades, fundaciones y gobiernos, que son los que pagaron la investigación en primer lugar, y a todos los individuos que quieran pagar los 40 dólares, promedio, por artículo descargable de la red. Parece una estafa convenida entre todos. Los científicos aceptan ceder su trabajo a cambio de verlo impreso en una revista de “alto impacto”, mientras que los publicistas aceptan quedarse con la ganancia. Quizá este estilo de hacer negocios sea el más ilustrativo ejemplo de los poderes de la ideología o, tal vez, si dejamos los arcanos de la terminología marxistoide, sea uno de los más notables inventos de la oficina británica de inteligencia, la que tuvo a bien creer que, de verdad, la ciencia es una actividad provechosa para un país. Por eso crearon la industria de la producción de artículos a escala internacional, una en la que el gobierno proveía de abundantes fondos a las universidades para financiar proyectos de investigación, pagar científicos y comprar suscripciones, mientras que los publicistas convencían a los científicos que sus “nuevas ideas” merecían una revista y un editor, lo de menos era el contenido. Con estos elementos comenzó la construcción de una maquina de hacer dinero a escala global que, también, tenía poder sobre las vidas de los científicos, al dictar la dirección de sus intereses cognitivos. Hoy día es mucho muy difícil hacer ciencia al estilo de Albert Einstein, quien publicó sus mejores investigaciones en revistas sin “revisión de pares” ni circulación internacional. Notemos que es el financiamiento público la base inicial de las fortunas de las casas editoriales de ciencia, por lo que si los gobiernos tienen grandes proyectos en ese sentido (viajes a la luna, erradicación de enfermedades, lucha contra la pobreza), y existe crecimiento económico, se puede mantener el negocio, la “explotación” sistemática del asalariado de la ciencia, diría un marxista. Una vez en funciones la máquina del dinero, debía darse un paso más: controlar la ciencia a través de los editores, y controlar la ciencia significa que el trabajo y prestigio de un científico dependa de que publique o no en una revista determinada. “Cell” fue la meca de los biólogos moleculares en los 1970 tanto como “The Physical Review” lo ha sido de los físicos. Hoy día es generalizada la necesidad de publicar en revistas de “alto impacto” para lograr los niveles del SNI, lo que redunda en los indicadores de calidad de las universidades públicas mexicanas y, por tanto, en la cantidad de recursos que pueden gestionar para algunos de sus proyectos. Variasuniversidades mexicanas en crisis son tan mediocres que no pueden ni justificar los recursos que solicitan. Este sistema es corrupto, y no se requiere citar autoridades para saberlo, bastan años de trabajo en las universidades para descubrir las mil triquiñuelas que perpetran los científicos para hacerse de dinero, prestigio y poder. Pero esto no es nada: la fusión de Pergamon Press con Elsevier hizo del control del 40% de la producción científica a un único grupo editorial, colocándolo en posición monopólica en la industria. ¿Qué universidad de la Ivy League podría rechazar las suscripciones de Elsevier si eso implica perder contacto con una colosal montaña de información? Al parecer sólo las universidades del “tercer mundo” pueden vivir en las tinieblas de la deuda y la ignorancia. Desde la UAZ la discusión acerca de la ciencia y sus poderes se limita a las peticiones de ciertos grupos de investigadores por mantener sus privilegios, lo que indica una actitud poco crítica respecto de los problemas globales. Oponerse a la “industria de la ciencia” es imposible para una universidad que quiera figurar en las grandes ligas de la ciencia internacional, mucho más lo es para un individuo que quiera hacer carrera científica. Contratos de financiamiento, posiciones de trabajo, dirección de grupos, elevados salarios, prestigio, todo esto depende de la producción de artículos para la industria de la ciencia, lo que confirma el poder de los editores de las revistas de alto impacto. ¿Y la calidad de la ciencia? Parecería que depende de los mismos científicos, pero no es así: el valor de mercado de un artículo depende del grupo editorial. Esto sí es un ejemplo del proceso de valorización desigual que resulta del sistema capitalista.

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